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CATALUNYA

Viajes sin retorno

Este modelo turístico genera impactos ambientales, sociales y económicos devastadores en la población y el territorio de acogida: precariedad laboral, explotación y privatización de recursos naturales, modificación de los disparos culturales, folclorización de las tradiciones para el goce del turista, etc.

En estos viajes los protagonistas no son quienes se mueven y cogen el avión, sino los que son visitados, quienes sufren una situación de desigualdad injusta provocada por nuestro sistema capitalista pero también quienes luchan para defender la vida con toda la dignidad

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Camp de Solidaritat de Setem a Padre de las Casas (República Dominana)

Campamento de Solidaridad en Padre de las Casas (República Dominicana) SETEM

Todo un año de trabajo, de estrés y de prisas, de papeles y de oficinas. Todo un año de trabajo, de tráfico y de atascos. De agotamiento y de cansancio. Pero por fin llega el calor. Y con él, los meses de verano: llegan las vacaciones. Y con las vacaciones, los viajes. Y con los viajes, los turistas... ¿O quizás los viajeros?

En el pasado las personas efectuaban viajes por diferentes motivos concretos: visitar a parientes o amistades, por razones médicas, para aprender nuevos idiomas y costumbres o para conseguir un nuevo trabajo. El concepto de vacaciones ya existía, pero no incluía dentro de sus variables la tendencia actual de visualizarlas como una necesidad compulsiva.

Un fenómeno más reciente lo conforma el hecho de viajar para no hacer nada, sólo descansar o hacerlo sin tener una idea clara de lo que se quiere realizar. El concepto «Turismo» surgió en este contexto y se ha desarrollado hasta nuestros días. En la actualidad, gran parte de los habitantes del mundo occidental dedicamos tres o cuatro semanas al año a hacer vacaciones. Seguramente la mayoría de nosotros no concebimos nuestras vidas sin unas periódicas y largas vacaciones, las cuales han adquirido un carácter casi sagrado en contraposición a personas de otros países para quienes las vacaciones, más que una necesidad, son un lujo.

Con el fin de satisfacer el rápido crecimiento de las nuevas tendencias y patrones de consumo de los turistas, el mundo occidental ha implementado una enorme red de transporte terrestre, aéreo y marítimo así como la construcción de complejos hoteleros a los lugares de destino. Este modelo de grandes inversiones ha contado con la complicidad de grandes empresas multinacionales y operadoras de viajes (la industria turística) que ha convertido los turistas en sus clientes. Mientras que en el pasado los viajeros aceptaban los destinos tal y como eran, hoy en día la industria turística insiste en adaptarlos a los intereses y gustos del cliente. De este modo los turistas sienten que son clientes y exigen y esperan que las circunstancias se ajusten a sus necesidades. El turista ve las diferentes partes de su viaje como elementos individuales que él mismo ha seleccionado, por el que acepta más fácilmente las condiciones y naturaleza del destino a visitar.

Este modelo turístico genera impactos ambientales, sociales y económicos devastadores en la población y el territorio de acogida: precariedad laboral, explotación y privatización de recursos naturales, modificación de los disparos culturales,  folclorización de las tradiciones para el goce del turista, etc.

En este contexto, el Turismo Solidario nace en contraposición a este modelo. Nace como un movimiento social a favor de la sostenibilidad del fenómeno turístico, es decir, es un modelo que tiene en cuenta las variables sociales, culturales, económicas y medioambientales, denuncia los impactos negativos que el turismo puede suponer a las sociedades anfitrionas y reclama la responsabilidad de los turistas, empresas, anfitriones e instituciones públicas a la hora de favorecer modelos turísticos sostenibles.

Pero hay gente que no viaja por el atractivo turístico que pueda tener un destino, ni para descansar ni para no hacer nada. Hay gente que viaja escapando de toda lógica clientelar de la industria. Hay gente que se emociona preparando una mochila, que tiembla cuando se despide de la familia y que siente mariposas en el estómago cuando sube al avión. Gente que quiere conocer a las personas que están al otro lado, empaparse de su realidad cotidiana, ser consciente de cuáles son sus carencias y dificultades pero, sobre todo, gente que quiere aprender otras formas de vivir y de organizarse. Gente que participa de Campos de Solidaridad, del Movimiento de Brigadistas, de Campos de Trabajo o de tantas otras experiencias que ofrecen muchas entidades catalanas.

En estos viajes los protagonistas no son quienes se mueven y cogen el avión, sino los que son visitados, quienes sufren una situación de desigualdad injusta provocada por nuestro sistema capitalista pero también quienes luchan para defender la vida con toda la dignidad. Y en este sentido, los viajeros hace falta que se desprendan de la mirada colonial del hombre blanco sobre las alteridades. Porque la solidaridad es la ternura de los pueblos. Hará falta, pues, ponernos a la misma altura, no dar lecciones, abandonar el sentimiento de la pena paternalista y no repartir caramelos. Hará falta que nos miremos a los ojos, que tengamos todo el tiempo del mundo para los ratos del café, el té o lo mato, para tener conversaciones largas y profundas con la gente que nos acogerá que nos ayuden a comprender las causas estructurales que están generando esta situación de desigualdad, para reflexionar sobre nuestros trenes de vida. Hará falta desaprender para volver a aprender.

Y serán estos momentos los que generarán aires de cambio en nuestra manera de ser y de pensar. Serán las personas que hemos conocido las que nos enfocarán hacia donde tenemos que mirar después del viaje. Las que nos harán darnos cuenta de los privilegios inherentes a ser blancos y occidentales. Las que darán sentido a la lucha por un mundo más justo y solidario y esta será la manera de cuidarnos a pesar de la distancia. Así, lucharemos desde aquí contra el mundo que hemos visto y no nos gusta, el que nos parece injusto, el que no queremos ser. Las personas que habremos conocido nos darán la fuerza, el empujón y todo el entusiasmo para redirigir nuestras acciones cotidianas hacia la construcción de un mundo en que valga la pena vivir.

El turista mira y no ve nada. El viajero mira, ve, se indigna, admira, vuelve a casa y lucha. Viajar para no volver. ¿De que sirven los viajes, sino?

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