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El anhelo de independencia y el pulpo como animal de compañía

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No me desagradaría que Cataluña fuese un Estado independiente, otra cosa es que me parezca prioritario o indispensable. Casi todo en esta vida -la colectiva y la individual— consiste en un equilibrio variable entre el grado de dependencia y el de libertad, un tira y afloja permanente entre intereses relativamente diferentes. La definición básica de democracia es el gobierno de la mayoría por encima de la brutalidad de la ley del más fuerte y los intereses particulares de las elites. Se puede llegar a admitir la palabra “pulpo” como definición de animal de compañía, pero la flexibilidad del concepto de democracia tiene límites que estos últimos años se han visto rebasados con descaro, a raíz del salvamento de los poderes financieros con dinero público a cambio de recortes sociales de todo tipo y de una ausencia clamorosa de liderazgo político para superar la crisis con las lecciones aprendidas sobre las desviaciones vividas.

España no ha conseguido a lo largo de los siglos asimilar a Cataluña, diluir su identidad en otra más amplia y ventajosa para todos, aunque eso no deba atribuirse al carácter atrasado “por naturaleza” del Estado español. Tampoco lo ha conseguido el avanzado Estado británico con respecto a Escocia, Irlanda o Gales. Cualquier Estado es uniformizador, burocrático y centralizador, otra cosa es que uniformice en beneficio de la mayoría y que esta compruebe las ventajas por encima de los inconvenientes a lo largo del tiempo.

La patria que todos amamos (cada uno la suya) no tiene ninguna otra esencia que el bienestar de sus miembros y contribuyentes ni ninguna otra función más importante que la gestión de la riqueza disponible, en beneficio de la mayoría o bien de unas élites. Este objetivo primordial se ha visto manoseado y mitificado. Los poderosos de allá y de aquí han hecho trampa impunemente, la mayoría social de allá y de aquí está pagando los platos rotos.

La necesidad de salir de la desoladora crisis actual no ha llevado a que surja de los partidos parlamentarios españoles ni catalanes un plan que convenza a los ciudadanos sobre la eficacia de su liderazgo, una política creíble y transversal para que los poderes financieros causantes de la situación asuman su parte de responsabilidad y contribución al esfuerzo de todos. Frente a ello, despiertan una clara desconfianza otras políticas “transversales” que pretenden juntar a grupos sociales que se han revelado con intereses diferentes para enfrentarlos a los mismos grupos sociales sumados del país de al lado.

Los nacionalismos no son inocentes, esgrimen el espantajo del enemigo externo para tapar la agresión interna, la responsabilidad de los demás por encima de la propia. Cataluña no es una sociedad de un solo bloque, sinó una sociedad libre, plural y con intereses distintos según el grupo social en que cada uno se encuentre. El anhelo de independencia no debe sepultar –pero lo ha hecho—la depuración de responsabilidades externas e internas sobre la actual situación de salvamento de los poderes establecidos a costa de los derechos de los ciudadanos.

Desde la época de la Mancomunidad, por no remontarnos más lejos, la reivindicación de autogobierno se basó en la convicción de que nos podíamos gobernar más eficazmente desde Cataluña. Después de cuatro décadas de autonomía, el gobierno catalán no se ha distinguido como ejemplo de eficiencia respecto al de España. Las clases dirigentes democráticas –la española y la catalana- han caído en idénticos vicios, han protagonizado la misma crisis y la misma política para enmascararla. Divergen sobre la estructura territorial del Estado, no sobre la política de ese Estado, estructurado de una forma u otra, como si solo se tratase de cambiar de hamaca mientras se hunde el Titanic del concepto de democracia.

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