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Acorralando científicamente la noción de consciencia

La elusiva naturaleza de la consciencia (Werens)

La consciencia es una de las grandes incógnitas de la biología moderna. Durante mucho tiempo, al menos en las culturas europeas, se supuso que la consciencia era un atributo distintivo de los seres humanos, carente de base material. Un don divino. Si bien este postulado se ha ido relajando con el tiempo, en muchos sectores de la población queda la duda sobre la especificidad humana de la consciencia. Hasta tal punto que, el 7 de julio de 2012, un grupo de científicos reunidos en Cambridge con motivo de la  Francis Crick Memorial Conference sobre “Consciencia en animales humanos y no humanos” proclamó la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia.

Esta declaración mantiene que la consciencia no es un atributo específicamente humano. O, más precisamente, que “la evidencia indica que los humanos no son únicos en poseer el sustrato neurológico que genera la consciencia.” Entre los animales que poseen sustratos homólogos, y que por tanto podrían ser conscientes, están todos los mamíferos y las aves.

Durante la presentación de la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia su redactor, Philip Low, explicó que era evidente para todos los que estaban allí reunidos que los animales tenían consciencia. La Declaración de Cambridge, sin embargo, no afirma eso. Se limita a constatar que muchas especies de animales no humanos tienen el mismo sustrato neurológico que genera la consciencia en humanos. Pero ¿qué es la consciencia? ¿Qué mecanismo la genera?

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Al Gobierno no le interesa la ciencia

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Gobierno y ciencia

Si preguntamos a un político, del color que sea, sobre los pilares de la sociedad y los motores de la economía mencionará sin duda la salud, la educación y la investigación. No serán los únicos, pero éstos no faltarán en la respuesta. Sin embargo, en tiempos de crisis son estos motores de riqueza y bienestar los primeros que sufren los hachazos de los recortes.

El motivo por el que la investigación no recibe sino las sobras de los presupuestos, migajas que se reparte con otros sectores como educación y sanidad, es que nuestros gobernantes no creen realmente que la investigación sea el motor de la economía (con la educación y sanidad el tema es distinto: no ven la necesidad de que estén al alcance de todos). Para convencerse de esta dura realidad basta con escuchar la carrera de obstáculos en que se ha convertido la reforma del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de los labios de alguien nada sospechoso de buscar la confrontación con el gobierno actual:  Emilio Lora-Tamayo, actual presidente del CSIC. En su intervención en la reunión de directores de centros que se celebró en junio de este año – y que puede encontrarse en la página  institucional del CSIC o a través de YouTube– Lora-Tamayo relata el vía crucis que supone cambiar la estructura de uno de los principales pilares de la investigación española sin contar con el interés de sus responsables políticos.

Uno de los puntos principales tratados en esta reunión fue el tema del “contrato de gestión” del CSIC. Para entender la relevancia de este punto, es preciso explicar al lector de qué se trata. Con más de 100 centros de investigación, unos 10.500 empleados (15.000 antes de la crisis) y alrededor del 20% de la productividad científica nacional, el CSIC es una pieza clave en la I+D española. Sin embargo, como hemos explicado en  varios  artículos anteriores, sufre severos lastres organizativos y administrativos que dificultan su buen funcionamiento.

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La experiencia Volvo y la sorpresa electoral

La Ilusión de PPonzo, por Les

La información es clave para nuestras vidas. La utilizamos continuamente para tomar decisiones importantes para nuestra alimentación, salud, trabajo, nuestra educación o la de nuestros hijos, o para elegir a nuestros representantes políticos. Sin embargo, la omnipresente disponibilidad de información puede llegar a dificultar esas decisiones, tal como explica Daniel Levitin en su reciente libro La Mente Organizada.

Para explicar este efecto, Levitin se refiere a lo que su profesor de psicología en Stanford, Amos Tversky, llamaba la experiencia Volvo ("the Volvo story"). Se refiere a la historia de un colega suyo que hizo una rigurosa búsqueda de información para decidir qué coche comprarse. En aquellos años, varios estudios publicados en revistas especializadas sugerían que Volvo tenía los modelos más fiables y robustos; y varias encuestas de satisfacción realizadas a miles de consumidores indicaban que los compradores de Volvo se contaban entre los más satisfechos por su decisión unos años después de realizar esa compra. La amplitud de ambos tipos de estudios era suficiente para eliminar la influencia de sesgos o anomalías individuales – como un vehículo concreto que fuera excepcionalmente bueno o malo. En pocas palabras, parecía el mejor criterio en que apoyar su decisión. Sin embargo, ese colega acabó comprando otro modelo, peor valorado en todos esos estudios. El motivo: su cuñado tuvo un Volvo y “estaba siempre en el taller”.

Desde un punto de vista lógico, la decisión no podía ser más irracional: la experiencia de su cuñado era tan solo un punto entre decenas de miles de buenas experiencias, una inusual excepción. Pero los humanos somos animales sociales, y eso nos hace fácilmente influenciables por los testimonios de primera mano y la narración de experiencias individuales. Esta forma de actuar es estadísticamente incorrecta y deberíamos cuidarnos de corregir este sesgo, pero la mayoría de nosotros no lo hacemos. Los publicista los saben, y por eso utilizan continuamente los testimonios de primera mano en los anuncios: “con esta dieta, perdí 30 kilos en un mes ¡y sin esfuerzo!”, “este yogur me hace estar estupenda por fuera y por dentro”… Como Levitin enfatiza, nuestro cerebro registra mucho mejor los relatos vívidos y sociales que los aburridos sumarios estadísticos.

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Ciencia, programas y promesas electorales: ¿hablamos de lo que importa?

Programas electorales de I+D+i

Durante esta campaña electoral todos los candidatos han reiterado su apuesta por la ciencia y la innovación. Han insistido en que la I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) es un sector clave para recuperar la economía española, cambiar el modelo económico y dejar atrás la crisis para siempre. Así lo reconocen los programas electorales de todos los partidos  con representación parlamentaria. Sin embargo, las ideas que cada partido tiene sobre cómo, cuánto y cuándo invertir en I+D+i han estado ausentes en los debates a tres, a cuatro o a siete que tanta expectación como desilusión han generado. Por ejemplo, la ciencia se mencionó sólo dos veces, y de forma pasajera, en el único debate entre los cuatro candidatos presidenciales de los partidos mayoritarios.

Dada la gran cantidad de talento investigador desaprovechado (o, directamente, emigrado) tras el periodo de fuerte desinversión que ha caracterizado a la legislatura pasada, un esfuerzo bien planificado en investigación básica y aplicada es sin duda imprescindible (aunque no suficiente) para renovar un modelo productivo arcaico centrado en el pelotazo urbanístico, la producción agraria y el turismo. Es por ello que todos los partidos coinciden en mencionar la investigación y la innovación en su propaganda electoral. Sin embargo, sus programas, discursos y debates se limitan muchas veces a declaraciones genéricas de buenas intenciones, que no se concretan en una apuesta real por  el I+D+i español. En este post complementamos la información proporcionada por los análisis de Ciencia con Futuro para las elecciones del pasado  20 de Diciembre y la convocatoria del  26 de Junio con una revisión de algunos de los aspectos clave de las propuestas de los principales partidos.

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Agricultura ecológica versus convencional: la necesidad de integrar lo mejor de ambos mundos

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Agricultura ecológica versus agricultura convencional - Fernando Valladares

Todas las actividades humanas tienen un impacto ambiental y la agricultura, sea ecológica o convencional, no es ninguna excepción. La agricultura representa la principal amenaza para la biodiversidad, como consecuencia de la destrucción directa de áreas naturales. Los lugares más fértiles y ricos en biodiversidad son los primeros que se deforestan y acondicionan para ser cultivados. La destrucción de los bosques tropicales, que tanto nos preocupa en la actualidad, no es sino la extensión a otras regiones del proceso de deforestación con fines agrícolas que ya ocurrió en siglos pasados en las regiones más pobladas del planeta. El ejemplo más extremo lo tenemos en los bosques de Malasia e Indonesia, donde se tala el equivalente a 300 campos de fútbol por hora para plantar la palma Elaeis guineensis y extraer el controvertido aceite de palma.

El concepto de agricultura ecológica surge a inicios del siglo XX como consecuencia de la creciente preocupación por la calidad alimentaria y la conservación medioambiental, cada vez más amenazada por la industrialización de la agricultura. Se asume que la agricultura ecológica tiene un impacto ambiental menor que la convencional . ¿Pero, es realmente así? ¿Tenemos datos científicos para decir algo concreto y significativo al respecto? En realidad sí, y los análisis globales que revisan cientos de trabajos y artículos científicos (conocidos como meta-análisis) ofrecen una perspectiva sólida sobre el impacto ambiental de los distintos tipos de agricultura. Estos meta-análisis nos permiten comparar con bastantes garantías el impacto de la agricultura ecológica con el de la convencional. Y ambas tienen ventajas e inconvenientes.

Los estudios disponibles indican que la agricultura ecológica favorece la conservación de la biodiversidad, aunque este efecto se manifiesta sobre todo en grandes extensiones agrícolas, no siendo tan visible en paisajes más diversos o que incluyan pequeñas áreas de hábitat natural. El origen de este beneficio reside en un conjunto de buenas prácticas (como el menor uso de pesticidas químicos y fertilizantes inorgánicos o la preservación de hábitats no cultivados) que son típicas, aunque no exclusivas, de la agricultura ecológica.

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La universidad neoliberal y la futilidad de las clasificaciones simplistas

La excelencia académica está por encima de la falsa dicotomía investigación docencia - F. Valladares

Uno puede pensar que los que nos consideramos progresistas tenemos visiones parecidas de la realidad, de la ciencia, de la universidad. Pero no es tan sencillo. La simplificación de la complejidad a la que nos someten los medios de comunicación o nuestros referentes intelectuales reducen lo complejo a una distribución binomial de blancos y negros, de buenos y malos . Ah, tú eres de los míos, o simplemente, tú eres de los otros. Sin embargo, la realidad es mucho más diversa y polifacética.

 

Hace unos días leíamos en este diario una entrevista al colectivo de profesores y alumnos Indocentia sobre la transformación neoliberal que ha sufrido la Universidad. Y aunque podemos estar de acuerdo en muchas de las cosas que allí se plantean,  la propuesta de este colectivo está en la antípodas de lo que nosotros entendemos que debe ser la Universidad. Por favor, permitid que discrepemos y que discutamos algunos de sus planteamientos, y entendamos la discusión no como un enfrentamiento encaminado a imponer nuestra visión por encima de la del oponente, sino como una puesta en contexto y un contraste de ideas para hacer emerger nuevas y más ricas perspectivas.

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Pactad, pactad, malditos

Esta semana encaramos la fase crítica de las negociaciones para formar gobierno a partir del parlamento multipolar electo el 20D. En este contexto diverso, existe sin embargo  un acuerdo bastante general en que la ciencia es un sector clave para que la recuperación vaya acompañada de un cambio real que mejore la sociedad, la economía y el bienestar de los españoles a medio y largo plazo.

Un esfuerzo inteligente en renovar tanto la estructura como la gobernanza del sistema científico español puede significar un cambio cualitativo para la sociedad y la economía españolas. Esta renovación es posible si se aprovecha el elevado potencial de los miembros que todavía integran este sistema y se revierte la sangría de investigadores muy preparados que llevan un lustro migrando a otros países. Pero estos recursos humanos de primera calidad sólo se aprovecharán si se desarrolla un sistema de I+D+i eficiente, ágil, temáticamente diverso, bien enraizado en producir ciencia de base de calidad y capaz al mismo tiempo de conectarla con la innovación tecnológica. Además, solo tendrá un futuro estable si se garantizan partidas presupuestarias consensuadas a largo plazo, independientes de vaivenes políticos.

No parece necesario volver a repasar los problemas seculares que lastran la eficiencia del sistema científico español, y que no se limitan a la escasez de fondos. Multitud de posts de Ciencia Crítica y otros blogs que se ocupan de la  ciencia y la política científica han discutido en profundidad las razones que explican por qué la eficiencia en la inversión en I+D española, tanto pública como privada, está lastrada por factores como: la falta de agilidad de gestión; la ausencia de rendición de cuentas ligada a los resultados; el excesivo e ineficiente control del gasto; las estructuras burocratizadas y excesivamente centralizadas de organización y control de recursos; el reparto arbitrario de inversiones entre temas y disciplinas (en base a criterios políticos ajenos a la necesaria planificación estratégica a largo plazo); y la limitada capacidad de las empresas españolas para rentabilizar la inversión en investigación. A ellas se suma la falta de interés de los sucesivos gobiernos por potenciar un sistema científico público moderno, potente y eficiente que funcione de manera independiente a sus respectivas ideológicas y color político.

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El empate de la CUP y la incultura estadística

La reciente votación de la CUP, que se saldó con un empate a 1515 votos sobre un total de 3030 votantes, dio lugar a un río de artículos en los medios que no hicieron sino demostrar que una gran mayoría de periodistas, desafortunadamente, apenas entienden la estadística. Esto es algo muy preocupante cuando no parecen tener ningún rubor en utilizarla para arrimar el ascua a su sardina.

Se trataba, en este caso, de argumentar que dado que dicho empate era un evento rayano en lo imposible, tan solo podía ser fruto de una conspiración o una astracanada – o ambas cosas a la vez. Así, se llegó a decir que la votación “arrojó un resultado que, consultados los matemáticos más expertos, sólo puede producirse si todos los planetas se alinean, Jesucristo vuelve a resucitar y las ranas echan pelo” ( Julio Llamazares en El País), o que “la probabilidad de empatar dado que queremos empatar y vamos a empatar es uno” (tuit del economista  Manuel Ale. Hidalgo que recogió Montse Baraza en El Periódico).

Estos comentarios estaban basados en los cálculos aportados por varios “expertos”, como el catedrático de Matemática Aplicada de la Universidad de Sevilla Mario Bilbao, o el sociólogo y doctor en Ciencias Económicas Salvador Cardús, que razonaban que el empate era un único resultado de 3031 resultados posibles, lo que elevaría la probabilidad de que no se produjera a “3030/3031 = 0.99967, un suceso seguro al 99.967%”. Es decir, el empate sería solo posible en un 0.00033014 de los casos.

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El fin de una legislatura perdida para la ciencia

Saturno devorando a su hijo - metáfora del tratamiento que el gobierno de España ha dado a la I+D

Las elecciones de hoy marcarán el fin del período más negro para la ciencia española desde el inicio de la democracia. En ese período, el enorme esfuerzo hecho por los científicos y las instituciones para elevar nuestro país al nivel investigador que le corresponde por su nivel socio-económico y cultural ha sido revertido por una batería de contrarreformas basadas en la premisa de que la ciencia es uno de tantos lujos que los españoles no podemos permitirnos en tiempos de crisis.

En la década que precedió al inicio de la crisis, España había aproximado lentamente su inversión en I+D a la media europea, llegando a ser tan solo un 26% inferior a ésta. Desde entonces, el gobierno desanduvo este camino, y para 2013 nuestra inversión ya era un 35% menos que la media europea. El efecto fue más dramático para el personal investigador, que en 2008 era prácticamente igual a la media europea (tan solo un 2% menos) y en 2013 ya era un 10% inferior a ésta. ¿El motivo? Entre 2010 y 2013, España redujo su inversión anual en I+D en 1700 millones y permitió que perdiéramos más de 10.000 investigadores. La mayoría de esos investigadores han abandonado la actividad científica para siempre o han salido del país, aunque los altos cargos del gobierno desprecien estas cifras calificándolas de “ leyenda urbana”. Un esfuerzo titánico para formar a este capital humano dilapidado o simplemente regalado a nuestros países vecinos.

Estos recortes se produjeron a pesar de la elevada eficiencia de nuestra I+D. Los bajos salarios, bipolaridad laboral (largos periodos de precariedad seguidos de estabilidad sin rendición de cuentas), escasez e impredecibilidad en la financiación, falta de planificación en la creación y desarrollo de las universidades y centros públicos de investigación, asfixiante burocracia, escaso interés empresarial y ausencia de políticas efectivas de fomento de la I+D privada, no impidieron que la producción científica y tecnológica española se midiera en clave de igualdad con las de los países de nuestro entorno socioeconómico. Además, nuestra actividad científica y tecnológica mostraba, al igual que la de otros PIIGS, niveles de eficiencia (productividad/euro) iguales o superiores a los de los países del G8.

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Repensando la ciencia a partir del caso de la agricultura ecológica

Cultivos ¿Eco-logicos? - Kike Villar

Como el lector habrá podido comprobar, este blog de Ciencia Crítica ha estado muy silencioso durante los últimos meses. Eso no significa ni que la ciencia haya estado aburrida ni que los autores hayamos estado quietos durante este tiempo. Ha sido el resultado de un cúmulo de circunstancias que queríamos compartir abiertamente con quienes tengan a bien seguir leyéndonos. Por un lado nos envenenamos un poco tras escribir tantos posts sobre lo mal que va la ciencia en nuestro País, la falta de financiación, la burocratización y el nepotismo crecientes, el exilio de los jóvenes investigadores, el desconcierto o la ignorancia de nuestros gobernantes (porque son nuestros gobernantes, aunque no nos gusten). Por otro lado porque el verano impuso su ley de desconectar, en algunos casos para desarrollar nuestro trabajo de campo en lugares remotos, y descuidamos un poco la reconexión al regreso.

 

Pero también, y eso quizá pueda interesar más al lector, nuestro silencio se debe a que estuvimos enzarzados en discusiones sobre el método científico, sobre cómo funciona y como debería funcionar la ciencia, sobre la validez de las publicaciones científicas, sobre lo que se sabe y lo que no interesa que se sepa. Y en esas refriegas entre los autores que conformamos el equipo de Ciencia Crítica dimos un poco la espalda al lector y nos crujimos unos a otros con densos mensajes electrónicos. Hemos salido renovados de la experiencia, aunque con algunas heridas causadas por el cuestionamiento profundo de las cosas en las que uno vive, y no solo de las verdades en las que uno cree, como distinguía Ortega y Gasset. Y aquí es donde hemos pensado en compartir estas reflexiones con vosotros.

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