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Actividad universitaria e ingresos económicos

Actividad universitaria e ingresos económicos

Atendemos a una reunión en un prestigioso bufete de abogados situado en una de las zonas más exclusivas de Madrid. Nos han pedido nuestra participación como especialistas para apoyar con conocimiento técnico a los responsables de la toma de decisiones en el contexto de un problema de gestión del territorio. Lo relevante para este post es que, en la presentación, el abogado nos informa que es catedrático de derecho administrativo de una universidad pública madrileña. Le preguntamos si lo es a tiempo parcial y nos contesta con rotundidad que no. A nosotros, catedráticos de ecología, no se nos ocurrió nunca abrir bufete ni oficina alguna pues nuestra labor docente e investigadora no nos deja ni un minuto libre. Eso sin pensar en posibles incompatibilidades formales, legales o administrativas.

Éste es un ejemplo paradigmático de la enorme diversidad de situaciones laborales que hay bajo el heterogéneo paraguas de la actividad universitaria. Durante mucho tiempo nos hemos convencido de que la actividad docente y la investigadora son las bases sobre la que se sitúa toda esta diversidad y que no hay mucho más, salvo, en su caso, la gestión universitaria. Hemos discutido hasta la saciedad como evaluar estas dos actividades universitarias clave, la docente y la investigadora y, sobre todo, cómo valorarlas con retribuciones adicionales. El contexto es simple, lo que deseamos todos es que se reconozca debidamente el esfuerzo y el desempeño individual y que nuestra remuneración se ajuste a dicha actividad de una manera realista. El debate se ha centrado, casi exclusivamente, en cómo evaluar la actividad investigadora, en general más fácil de cuantificar, y ha pasado con frecuencia de lo pasional a una excesiva acritud. En paralelo se están llevado a cabo esfuerzos para evaluar la actividad docente, como los del programa Docentia que siguen la estela de las universidades anglosajonas (en EEUU o en RU).

Buena parte de este debate acalorado se ha centrado en saber si las reglas utilizadas en el ámbito de las ciencias son exportables al de las humanidades. En realidad, y pese a lo que pueda parecer, ambas áreas están mucho más cerca de lo que se percibe y tal exportación no es nada compleja. Las diferencias importantes en el ámbito universitario no están entre los que investigamos y enseñamos en áreas muy distintas, con las diferentes reglas fruto de su propia historia, si no que radican en los profesores que, como nuestro catedrático de derecho y como muchos ingenieros o biotecnólogos (por mencionar algunos ejemplos), tienen acceso directo y habitual a actividades laborales adicionales con importantes retribuciones complementarias. Cuando hablamos de evaluar la actividad individual simplemente pretendemos reconocer el esfuerzo de cada uno de nosotros y retribuir en consecuencia. Pero, ¿cómo abordar el problema si lo que llegan a ganar los profesores de categorías similares puede ser radicalmente diferente? 

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Ciudades futuras para el presente

Muchos de nosotros cuando éramos niños imaginamos que las ciudades del siglo XXI serían más inteligentes y estarían en total harmonía con el medio ambiente. La realidad es que aún estamos muy lejos de ello, con una continua expansión de las ciudades a costa de la destrucción de zonas naturales y un incremento alarmante de la contaminación del aire y del agua a causa de unos estilos de vida incentivados por una economía y políticas poco sostenibles.

Hasta ahora, las economías predominantemente basadas en una explotación ilimitada de los recursos naturales, y el uso de combustibles fósiles en sistemas de producción se han ido justificando en términos de productividad y rentabilidad. No obstante, debido a un incremento en el conocimiento del funcionamiento de sistemas naturales y el desarrollo de nuevas tecnologías son más los adeptos que abogan por un cambio hacia modelos económicos que disminuyan el impacto de nuestras actividades sobre el medio ambiente.

Ejemplos de estos nuevos modelos económicos incluyen la economía circular, una economía basada principalmente en un avance en el diseño de productos y servicios para minimizar la generación de residuos, incluyendo un incremento de uso de energías renovables, así como del reciclaje de materiales. Otra filosofía adaptada al desarrollo de una economía y sociedad más sostenible es la implementación de soluciones basadas en la naturaleza (traducción del concepto en inglés de ‘nature-based solutions’) - SbN. Este enfoque intenta conciliar la economía y bienestar público con el medio ambiente, adoptando un modelo de producción, así como de planificación de urbanismo inspirados en los procesos observados en la naturaleza y que garanticen una protección del medio ambiente y de sus recursos a largo plazo.

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'Bréxito': la salida de Reino Unido de la UE puede ser una oportunidad para los estudios superiores en otros países

El parlamento británico y el Big Ben son vistos tras una densa niebla en Londres, Reino Unido.

La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea (UE) aprobada por un escaso margen en el referéndum del 23 de junio del 2016 atizó a gran parte de los europeos, así como a una gran parte de la sociedad británica que está en total desacuerdo con ella. La palabra que mejor define en estos momentos el Brexit, el término que se acuñó para definir el proceso de rescisión de la UE, es ‘incertidumbre’. Incertidumbre sobre las consecuencias que acarreará para el funcionamiento y prosperidad del país, e incertidumbre sobre la situación de los más de tres millones de ciudadanos de la UE que residen en Reino Unido y la de casi un millón de ciudadanos británicos residentes en otros países de la UE.

Una de las preocupaciones derivadas del Brexit es los efectos que una política más restrictiva de inmigración, y la expansión global de una percepción de país poco acogedor a extranjeros, acarrearán al negocio de la enseñanza superior en Reino Unido. Un reciente informe encargado por el comité de educación de la Cámara de los Comunes ilustra muy bien las preocupaciones del sector de la enseñanza superior a las consecuencias del Brexit: principalmente, una menor demanda de plazas universitarias por estudiantes extranjeros (tanto europeos como extracomunitarios) y una reducción severa de los fondos disponibles para investigación, derivada de la interrupción del acceso a fondos de investigación de la UE.

La calidad de la enseñanza superior e investigación científica del Reino Unido ha sido y es apreciada globalmente, con universidades británicas encabezando la lista de las mejores universidades del mundo. En términos económicos, la enseñanza superior representa un importante pilar de la economía británica. Cifras del 2011-2012, reportadas en el informe de la Cámara de los Comunes, suman £73 billones de producción anual, representando el 2.8% del producto interior bruto del país. Después de EEUU, el Reino Unido es el país de preferencia para cursar estudios universitarios fuera del país de origen, con 127.440 estudiantes de la UE y 310.575 extracomunitarios registrados en universidades británicas en el curso académico 2015-2016. Estas dos cifras representaron el 5.6% y 13.6%, respectivamente, de la población total de estudiantes universitarios en el Reino Unido. Es decir, casi uno de cada cinco estudiantes en las universidades británicas es extranjero.

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La ignorancia de Trump condena a su país a la intrascendencia y al resto a hacer mejor aún los deberes

Trump saca a EE.UU. del acuerdo de Paris

Llevaba avisándolo desde hace tiempo, tanto durante su campaña electoral como tras ser elegido presidente. Avisándolo y justificándolo con “ hechos alternativos”, una colección de medias verdades y falsedades abiertas salpicadas de teorías de la conspiración sobre las causas y consecuencias del cambio climático. De hecho, los recortes en la observación del clima llevada a cabo por la NASA,  seguidos de los realizados en  los presupuestos federales de 2018 suponen, en la práctica, desmontar en gran medida la investigación sobre el cambio climático liderada con gran eficiencia por EEUU en las últimas décadas.

La decisión tomada por Trump parece apoyarse en la ignorancia y en la soberbia. En la ignorancia, por negar u obviar la abundante evidencia científica sobre nuestra injerencia en el clima del Planeta, sobre como los cambios en el clima están teniendo efectos devastadores en muchas regiones y sobre la elevada probabilidad de que los escenarios más pesimistas se alcancen incluso antes de lo previsto. En la soberbia, por pensar que EEUU aislado del resto del mundo podrá no solo permanecer ajeno a los impactos del cambio climático sino incluso mejorar su economía generando empleo y riqueza. Pero lo mas probable es que sea, sencillamente, una defensa de los intereses de los lobbies ligados a la industria de los combustible fósiles, que han financiado generosamente su campaña, y un intento de recuperar los menguantes apoyos del Partido Republicano que tanto necesita para mantenerse al frente de su administración.

El interés de la administración Trump y los medios  de comunicación que la apoyan en negar la evidencia objetiva y circunscribir el debate político a un intercambio de opiniones refleja su incapacidad para defender con hechos sus políticas. Los ejemplos de esta política de hechos alternativos se multiplican a diario, pero alcanzan su punto álgido en su negacionismo ante el efecto de la contaminación industrial, el fenómeno de la evolución biológica y el cambio climático.

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Cinco razones para Marchar por la Ciencia

Marcha por la Ciencia

La evidencia y método científico están siendo atacados en todo el mundo. Y eso a pesar de que vivimos en una sociedad altamente tecnificada, gracias a los innumerables avances que la ciencia ha proporcionado a la humanidad. Este ataque fue, al principio, producto de los intereses de pequeños grupos de opinión, a veces basados en la ignorancia y el fanatismo; pero están siendo manipulados de manera interesada por élites económicas y políticas que pretenden sacar partido de su mayor capacidad de acceder a los avances científicos y tecnológicos cuando estos son pocos y están muy controlados.

Este sábado todos los ciudadanos comprometidos con la búsqueda de una sociedad mejor estamos convocados a las marchas por la ciencia. Estas marchas comienzan este sábado coincidiendo con el Día de la Tierra, y se repetirán a partir de ahora en defensa de un mundo en el que el progreso de la humanidad y la investigación científica vayan de la mano.

Esta iniciativa nace en Estados Unidos como respuesta a los masivos recortes y restricciones que el Gobierno de Donald Trump pretende aplicar a sectores clave de la investigación, como el cambio climático, la protección del ambiente y la sanidad. Pero se ha convertido en global debido a los ataques que están sufriendo también, en muchos otros países, tanto el conocimiento científico como los responsables de su generación.

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¿Tiene la ciencia de la ecología algo que aportar a la ciencia médica?

Lycosa hispanica foto de Eva De Mas

Como en muchos otros campos de la ciencia, los ecólogos formulamos hipótesis para explicar los patrones observados en la naturaleza. Sin embargo, para probar la existencia de dichos patrones es necesario recolectar datos. Para conseguir este fin lo que normalmente se hace es salir al campo y medir parámetros como abundancias de animales y plantas, diversidad de especies, dimensiones de dichos organismos, comportamiento, o fisiología. A veces, incluso la simple experiencia de campo nos hace intuir que existen ciertos patrones, de manera análoga a cuando tenemos una corazonada de que una terapia nos ha sido beneficiosa.

Sin embargo, sea una hipótesis o sea una corazonada, no podremos averiguar si dichos patrones son reales y no simple intuición hasta que utilizamos las herramientas estadísticas. Por ejemplo,  los nidos de las tarántulas pueden parecernos equidistantes en el campo (una indicación de que posiblemente estén defendiendo territorios alrededor de sus nidos, excluyendo a otras arañas), pero sin medir las coordenadas de los nidos y sin hacer un análisis estadístico de la distribución espacial de éstos no podemos saber si existe realmente un patrón de distribución regular con nidos equidistantes.

Por tanto, la única manera de comunicarnos objetivamente entre los científicos, y por tanto la única manera de que los humanos tenemos de saber si los patrones existen realmente, es la estadística, lo que hace de ésta una herramienta universal. La estadística es pues muy potente, dado que incluso a veces, no solo no se apoya el patrón intuido, sino que los datos pueden revelar un patrón muy diferente al que nosotros intuíamos (por ejemplo, una distribución de nidos totalmente aleatoria). Que los patrones apoyados por la estadística sean diferentes al de nuestra intuición (o impresión de campo) puede pasar porque a veces prestamos más atención a los datos que confirman nuestras expectativas (por ejemplo, si nos fijamos más en los grupos de nidos que parecen estar más equidistantes), que al resto de datos.

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¿Por qué no penalizamos la mentira?

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Keep Silent by Hermann Ittermann (Germany)

La sociedad de la que todos formamos parte no deja de sorprendernos con sus profundas contradicciones. Se valoran aspectos como la honradez, la honestidad, la sinceridad y la transparencia, pero el éxito social, o al menos el económico, lo alcanzan con mucha frecuencia los tramposos, los mentirosos y los egoístas. Diseñamos un complejo entramado de leyes para impartir justicia y luego nos las saltamos. Decimos, orgullosos, que las leyes son iguales para todos y luego permitimos que el que tiene dinero, pertenece a la Casa Real o es un alto cargo civil o eclesiástico se libre de una cárcel y unas sanciones que nos hubieran caído sin ninguna duda a cualquier otro miembro de la sociedad.

Pero últimamente estamos alcanzando límites históricos de cinismo social: elegimos democráticamente a políticos que han mentido y no hacemos nada para destituirlos cuando nos siguen mintiendo. Como es bien sabido, se ha incluso acuñado un término nuevo para justificar la mentira. Lo llamamos ahora posverdad. Es el término que refleja esa tendencia creciente según la cual la gente está dispuesta a dar más crédito a las emociones y creencias personales que a los hechos objetivos. Como apuntó Javier Gallego en su programa de radio ‘Carne Cruda’, esto es newspeak en toda regla: cambiar los significados de las palabras para manipular, tal y como George Orwell predijo en su obra maestra 1984.

Sorprendentemente, la sociedad de la posverdad es la que más se apoya en la tecnología, los hallazgos y los hechos que la ciencia aporta o demuestra. Cuando escribimos en medios como este, lo hacemos con la motivación de contribuir a una sociedad cada día más capaz de hacer análisis objetivos de la evidencia, y de tomar decisiones sobre la base del conocimiento. El esfuerzo de hacerlo se ve más que compensado con el saludable debate que se genera. Pero cuando vemos que un político dice blanco y luego negro sin que los hechos objetivos hayan cambiado, y que eso no acarrea dimisiones ni pérdida de apoyo o credibilidad, el científico que escribe en estos medios no sabe si cortarse las venas o dejárselas largas.

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¡Qué fácil es cuestionar el conocimiento científico!

Circo o ciencia Ilustración de Yoana Novoa. Febrero de 2017

Por definición y por modus operandi, la ciencia rara vez hace afirmaciones tajantes o rotundas ya que se aproxima al conocimiento de forma gradual, admitiendo de forma explícita la existencia de lagunas e incertidumbres a lo largo de todo el proceso. Cuanto más compleja y multidisciplinar es una cuestión, mayor es la imprecisión con que podemos responder la pregunta o estimar las consecuencias. Esto es algo inevitable, por más que a todos nos gustaría que la ciencia pudiera dar respuestas precisas y completas a todas nuestras preguntas.

La falta de certidumbre es, de hecho, una parte integral de la estadística, un componente central de la forma de explorar el mundo a nuestro alrededor que tenemos los científicos. El método científico consiste en interrogar la realidad y comprobar con datos empíricos si las predicciones derivadas de la hipótesis de trabajo se cumplen o no. Lo hacemos igual cuando observamos la materia oscura, cuando comprobamos la existencia del cambio climático, cuando verificamos si la violencia ha aumentado o disminuido a lo largo de la historia, cuando arreglamos un motor de explosión o una lavadora, o cuando decidimos si Dios o Papa Noel existen.

La duda y la incertidumbre son por lo tanto una parte consustancial del conocimiento científico. De hecho, la dialéctica entre los científicos y la sociedad se basa o se debería basar en el reconocimiento de este hecho. Una sociedad madura e informada no debería pedirle a los científicos ni soluciones imposibles ni simplificaciones espurias; por tanto, no debería esperar nunca respuestas sencillas y precisas a preguntas sobre problemas muy complejos, más aún si conciernen investigaciones recientes o aún en curso. Los científicos entramos con cierta timidez en el campo de lo público porque somos conscientes de que no tenemos respuestas rotundas para todas las inquietudes de la sociedad. Pero eso no significa que no sepamos nada. Más bien significa que, parafraseando a Carl Sagan, preferimos vivir reconociendo que no conocemos la verdad a hacerlo tomando por verdad una mentira.

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Mujeres en la ciencia: no hay peor ciego que el que no quiere ver

Lynn Margulis, Isabelle Olivieri, Georgina Mace y May Berenbaum

Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Que las Naciones Unidas elijan un día para conmemorar el papel de las mujeres científicas se debe a la necesidad de visibilizar un elemento del mundo cuya relevancia no está suficientemente reconocida en la actualidad, como ocurre con el medio ambiente o los refugiados. Pero, ¿es necesario visibilizar el papel de la mujer en la ciencia? De hecho, cualquiera que se dé paseo por un centro de investigación (por ejemplo este en el Museo Nacional de Ciencias Naturales) encontrará los despachos, laboratorios y salas de reuniones llenos de mujeres científicas, al menos en la mayor parte de los países desarrollados y en vías de desarrollo.

Sin embargo, cuando se observa con más detalle vemos que la proporción de mujeres desciende según avanzamos hacia niveles profesionales superiores de la carrera científica, como podemos ver en un gráfico de esta entrevista a Adela Muñoz. Las posiciones de dirección en institutos de investigación y la lideranza de grandes proyectos internacionales recaen en mucha mayor medida en hombres. Y lo mismo ocurre con posiciones intermedias de responsabilidad. Hasta el punto de que la aplicación de políticas de paridad en tribunales de plazas y comisiones de evaluación tiene el efecto perverso de sobrecargar de trabajo a muchas mujeres, ya que la razón de sexos es tan sesgada en los estadios superiores de la carrera investigadora que ellas tienen que participar en dos o tres veces más comisiones que ellos para alcanzar la paridad.

Cuando uno  se pone las gafas violeta el mundo de la investigación muestra tanta discriminación de género como cualquier otro de los ámbitos de la sociedad en los que la discriminación está mal vista. Muchos no la ven, o cuando la ven no la reconocen, pero sigue allí. Lejos del idílico sentimiento de igualdad en la intelectualidad que profesamos los investigadores, la realidad es que las mujeres son discriminadas, de manera muchas veces inadvertida.

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La paja en el Trump ajeno

La paja en el Trump ajeno

Con la investidura de Trump, las redes sociales han explotado. En los EEUU, los ciudadanos se han movilizado para expresar su preocupación desde el primer día, y las denuncias y críticas han inundado los medios de comunicación y sociales (incluyendo, claro está, los medios españoles).

La exhibición de racismo, misoginia, xenofobia y populismo, y la desinhibición con que tanto el presidente como su gabinete alardean de su falta de preparación y modales propician estas críticas. Pero uno no puede sino preguntarse dos cosas.

¿Irá tanta actividad en los medios sociales seguida del correspondiente despliegue de compromiso y activismo, o será tan solo un placebo que sustituirá a ese? Cierto es que el último siglo de historia de EEUU nos demuestran que marchas y movilizaciones como las que se han desarrollado estos días han servido para despertar conciencias y aglutinar a los ciudadanos en acciones pacíficas que han cambiado radicalmente los derechos civiles del país –y, por extensión, de muchos otros países–. Pero la otra cara de la moneda podría ser la comunidad virtual que, desde este y otros países, centra hoy su pasajera atención en esas movilizaciones. En ella, los medios sociales parecen estar alumbrando una indulgente ciudadanía que parece satisfecha con decir " vosotros gobernáis, nosotros twitteamos".

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