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Quo vadis Homo sapiens?

A pesar de la sabiduría que le va en el nombre, nuestra especie ha rondado muchas veces contribuir a su propia extinción

Inmersa en profundas paradojas, la especie humana ha avanzado como nunca hacia lo que se considera progreso y un mundo mejor, pero sin valorar el riesgo y la insostenibilidad del cambio global que impulsa 

Ahora que Homo sapiens tiene tanta influencia en su propio destino sería un buen momento para pensar a donde va

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Quo vadis Homo sapiens - Yoana Novoa

Quo vadis Homo sapiens - Yoana Novoa

La única especie humana que ha llegado al siglo XXI, de las varias del género Homo que coexistieron durante miles de años, ha dejado de regirse solamente por las estrictas leyes de la biología. Esta especie no solo es capaz de cambiar y adaptar su comportamiento con suma rapidez, sino que colabora a gran escala para lograr efectos globales sobre la base de una gran novedad: confiar en extraños. Estas ideas que desarrolla de manera muy atractiva y provocadora Yuval Harari en su best seller  Sapiens, de animales a dioses, nos llevan a una pregunta:  ¿ Es realmente tan sabio el hombre sabio - Homo sapiens- o su nombre sólo alude a su incontestable capacidad tecnológica? 

En agosto de este año se cumplían 72 años de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, algo que nos prometimos no volver a repetir.  Sin embargo, Trump y Kim Jong-un nos hacen volver a respirar esa amenaza nuclear. Tal como decía Ana Merino, “nuestra extinción no necesita de un asteroide que golpee la tierra y desencadene un invierno global. Para eso ya estamos nosotros…” Ahora que tenemos un elevado grado de control sobre nuestro planeta ¿vamos a ser o no capaces de frenar, pensar globalmente y reconducir nuestras acciones más insostenibles?

Nuestra especie ha rondado muchas veces contribuir a su propia extinción, como ilustra perfectamente el “ reloj del apocalipsis”, un concepto propuesto hace 70 años por una veintena de premios Nobel para ilustrar cuán cerca estamos de una catástrofe global. En este reloj, el fin del mundo tiene lugar a las 12 de la noche y el tiempo que nos separa de esa hora es el que nos separa de dicho “apocalipsis”, y en estos momentos, el reloj estima que faltan dos minutos y medio para esa medianoche. Solo estuvo más cerca una vez: en 1953, con los ensayos termonucleares de EE.UU. y la Unión Soviética.  Además de la amenaza nuclear, esta predicción se basa en cinco riesgos globales más. Dos de ellos son geopolíticos (terrorismo internacional y ciberdelincuencia), pero los otros tres con factores socio-ecológicos globales: el cambio climático (acontecimientos extremos del clima y desastres naturales), el incremento en la desigualdad y los movimientos migratorios involuntarios a gran escala. Tal como concluye Javier Ayuso en su reciente artículo, mientras no haya conciencia de la gravedad de estas amenazas no habrá una solución global a los riesgos a los que exponemos a nuestra propia especie.

Estos mensajes apocalípticos contrastan con la visión optimista de los “indicadores de progreso”. Según estos indicadores, la especie humana ha avanzado hacia lo que consideramos mejoras y relacionamos con un mundo mejor. Estos datos nos indican que “la gente a lo largo y ancho del mundo es más rica, goza de mayor salud, es más libre, tiene mayor educación, es más pacífica y goza de mayor igualdad que nunca antes”, como señala Pinker a EL PAÍS. Por desgracia, los aumentos en población y consumo de recursos asociados a este progreso nos acercan a los límites planetarios descritos por Röckstrom, puntos de difícil retorno que derivan en un funcionamiento inestable y peligroso para todas las poblaciones humanas del planeta. Por ello, estos análisis deben llevarnos al optimismo sobre el potencial de la acción humana, pero no a la complacencia y la inacción. Ajustar el rumbo de nuestras sociedades, introduciendo políticas que mejoren al tiempo la igualdad, el bienestar y la sostenibilidad requiere grandes dosis de inteligencia, convicción y esfuerzo.

Aunque ajustar el rumbo parezca tan sencillo como hacer virar un barco para alejarse de la trayectoria que lo dirige directamente hacia unos acantilados, la realidad es mucho más compleja. Debemos luchar contra un bagaje cultural que refuerza la desigualdad, la dominación y la lucha por los recursos, apoyado por discursos y mitos que niegan la realidad cuando esta nos disgusta. Debemos reemplazar este bagaje por uno que potencie la acción colectiva basada en la evidencia. Una lucha que, especialmente en estos días, parece más difícil que nunca.

Cuando le preguntaron a la autora de la aterradoramente plausible novela El cuento de la criada si era una predicción, ella contestó que lo veía más bien como una antipredicción: “ si este futuro se puede describir de manera detallada, tal vez no llegue a ocurrir”. Quizá si los científicos fuéramos capaces de describir los escenarios de cambio global a los que nos dirigimos con mayor precisión, no llegarían a ocurrir.   

Mirado desde la distancia que dan los datos, la gran capacidad para cambiar el planeta que tiene Homo sapiens no se ve orquestada, coordinada o planificada para alcanzar metas relacionadas con el bienestar de la especie a largo plazo. El impacto que la humanidad tiene sobre el clima del planeta no es intencionado, sino un efecto colateral de actividades mundanas relacionadas con el ir de un sitio a otro con rapidez o con tener a su disposición y poder despilfarrar grandes cantidades de energía. Igual de colaterales y faltos de programación y finalidad son los miles de temblores, pequeños terremotos y volcanes de lodo provocados cada año por actividades hidráulicas y mineras, o la intensa erosión y pérdida de suelo fértil derivada de intensas (y extensas) actividades agrícolas e industriales. Esta capacidad para alterar el planeta rápida y globalmente, que ha terminado de convencer a la comunidad científica para reconocer la existencia de una nueva era geológica llamada Antropoceno, se argumenta como imprescindible para a satisfacer los anhelos de bienestar de la humanidad. Pero se hace sin prestar atención a su cortoplacismo ni a la relación directa que hay entre desigualdad y sobre-explotación de los recursos. Esto resulta particularmente visible en EE.UU., donde un gobierno elitista y divisivo está desmantelando todo el sistema de protección ambiental y salud pública en aras del bienestar de una parte muy pequeña de la humanidad. Mientras la comunidad científica realiza estimas y proyecciones del efecto de estas actividades humanas y aporta numerosas evidencias sobre su escasa sostenibilidad, estamos viviendo una explosión de políticas populistas en las que los colectivos privilegiados de cada país pelean para monopolizar el consumo todos los recursos que puedan, como si éstos fueran infinitos o su agotamiento careciera de consecuencias.

Cada vez tenemos una mayor capacidad de cambiar el planeta, pero también de medir cada uno de nuestros impactos y estimar las consecuencias de los diferentes escenarios socioeconómicos y geopolíticos a los que nos llevarán nuestras decisiones. Paradójicamente, ahora que estas medidas y proyecciones son más fiables y precisas que nunca, hay una explosión de líderes y movimientos políticos que proponen ignorarlas. Decía Lucio Seneca que ningún viento sopla a favor de quien no tiene rumbo. ¿De qué le sirve a Homo sapiens todo su arsenal tecnológico cuando se enfrenta, sin ningún plan, a las graves crisis ambientales y sociales que él mismo genera? Ahora que Homo sapiens es capaz de controlar en buena medida su propio destino quizá sería buen momento para pensar a donde va, a donde vamos y, lo que es más importante, a donde queremos ir.

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