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Adiós a una Siria libre

En menos de un mes de ofensiva contrarrevolucionaria, Alepo ha caído, y con ella el futuro de una nueva Siria

Ningún futuro les cabe a los sirios con Al Asad

El mundo vuelve la cara ante el hecho de que Al Asad es el principal responsable de la militarización del conflicto y de su deriva yihadista

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Al menos 63 milicianos progubernamentales mueren en Alepo en últimas 24 horas

Fotografía fechada del 15 de diciembre de 2016 que muestra a unos civiles siendo evacuados del este de la ciudad de Alepo, Siria. EFE

Hace año y medio que entre los políticos "realistas" occidentales se viene fraguando la tesis de que la solución a la guerra en Siria consiste en contentarse con aquello de "del mal, el menos". Y ya está aquí. Se llama Bashar Al Asad y ha puesto su bandera en el este de Alepo, ciudad dividida en dos en 2012 y símbolo de la revolución siria. Que el mal menor sea responsable del 80% de los 500.000 muertos y de los doce millones de desplazados y refugiados del país, de la puesta en marcha de la guerra civil que lo ha devastado y del arraigo del Estado Islámico en un cuarto de su territorio, poco importa ante los intereses de Rusia y su política de hechos consumados: Rusia ha convertido la guerra siria en una cuestión nacional, hasta el punto de que su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, declaró antes de las elecciones estadounidenses que una nueva guerra fría podría estar a la vuelta de la esquina.

Estados Unidos y la Unión Europea a la zaga se han enredado durante meses en una cadena de concesiones a las exigencias de Rusia para emprender algún tipo de negociación que dé una salida política al conflicto. Las condiciones de Rusia han crecido al ritmo del avance de las tropas del Al Asad, apoyadas sin disimulo por el Ejército de Moscú. Y lejos de haber conseguido algo, la proverbial prudencia de Kerry se ha convertido en proverbial impotencia ante el cambio de rumbo de la guerra. Si hace dos años Al Asad apenas controlaba un cuarto del territorio del país, hoy la situación se ha revertido por completo, excepto en lo que atañe a las regiones bajo control del Estado Islámico.

Salvo en el caso de Palestina, nunca antes la ONU había sido tan inoperante y menospreciada. El Consejo de Seguridad está bloqueado por Rusia con la aquiescencia de China, la Asamblea General está muda de impotencia y el enviado especial a Siria, Staffan de Mistura, es objeto de mofa por parte de Al Asad sin que haya consecuencias. De la UE nadie espera mucho en política exterior, y Al Asad lo sabe tan bien que el pasado 7 de diciembre despachó con un 'no' rotundo e inmediato el llamamiento de seis capitales occidentales a una tregua en Alepo para establecer un corredor humanitario por el que evacuar a la población. Al Asad, que ha sido acusado por Ban Ki-moon, el exsecretario general de la ONU, de cometer crímenes contra la humanidad, repitió que solo le vale la rendición incondicional de lo que considera sin matices “organizaciones terroristas”. Luego, ha tenido que callar y doblegarse ante la fuerza de Rusia, que le ha impuesto una tregua pactada con Turquía, su peor enemigo, ninguneando a Irán, su mejor aliado. Es más, el gobierno ruso, en clara provocación a Teherán, ha invitado a Arabia Saudí a la ronda de negociaciones que se espera comience a finales de enero en Astaná. Está por ver si la tregua consigue llegar a entonces o sucumbe, como es previsible, a los intereses encontrados de Rusia e Irán. De momento, prosiguen los bombardeos de las milicias proiraníes a los enclaves sitiados en los alrededores de Damasco.

En menos de un mes de ofensiva contrarrevolucionaria, Alepo ha caído, y con ella el futuro de una nueva Siria. El mal menor que ha elegido la comunidad internacional es el peor de los males para Siria, y por muchos motivos para el mundo. Los sirios se levantaron contra un régimen represivo que durante décadas (antes que el hijo estuvo el padre, Hafez Al Asad) les había privado de cualquier horizonte de libertad y bienestar; que, escudado en una vacua retórica antisionista, pretendía ocultar que nunca entró en sus planes recuperar el Golán, el territorio sirio ocupado por Israel en 1967; y que, a base de cárceles y torturas, había apagado sucesivos levantamientos populares. Caído el clan de los Mubarak y los Gadafi, Siria era, y es, el principal representante del patético concepto de “república monárquica árabe”. Ningún futuro les cabe a los sirios con Al Asad.

El mundo vuelve la cara ante el hecho de que Al Asad es el principal responsable de la militarización del conflicto y de su deriva yihadista. La guerra no surgió por generación espontánea, la guerra fue fruto de una planificación deliberada del régimen cuando en 2012 el arraigo del levantamiento popular amenazaba su continuidad. Las puertas de las cárceles sirias no se abrieron solas: los 2.000 presos yihadistas que salieron cumplieron con lo que se esperaba de ellos y pronto se reagruparon con sus camaradas de Irak gracias a unas fronteras de repente porosas. Y así nació la Organización del Estado Islámico de Irak y Siria, luego solo Organización del Estado Islámico cuando al nuevo “Estado” le surgieron colonias por el resto del mundo (Libia, Mali, Nigeria, Yemen, Afganistán). Las conquistas territoriales y los salvajes golpes de efecto del recién llegado transformaron de forma radical el conflicto sirio, tanto las estrategias de la oposición como la imagen de la guerra que se proyectaba hacia el exterior. Y la revolución siria agonizó entre las luchas intestinas de la oposición, la intromisión de las potencias regionales y una opinión internacional volcada en la lucha contra el “terrorismo internacional”. Pero no lo olvidemos: este Frankenstein tampoco nació solo, Al Asad es su padre.

Con la caída de Alepo, la guerra en Siria está decantada. Alepo es Madrid. Si en 1939 se había convertido en un lugar común entre la entonces no llamada “comunidad internacional” que Madrid no era una ciudad libre, que los “comunistas” la habían tomado, hoy el “Daesh” (denominación elegida por quienes prefieren asustar con el misterio en lugar de llamar a las cosas por su nombre: Organización del Estado Islámico) ocupa en el imaginario occidental el lugar de aquellos comunistas con cuernos. Por más que se repita que fueron las milicias rebeldes las que expulsaron a la Organización del Estado Islámico del este de Alepo en 2014, enfrentándose por ello con el entonces Frente al-Nusra (hoy llamado Fath al-Sham, tras haber roto sus lazos con al-Qaeda en julio pasado), a nadie le importa el destino de la resistencia civil y de los activistas revolucionarios que han caído con Alepo.

Y lo más grave de esta burda interpretación de la guerra siria es que en ella convergen la derecha y buena parte de la izquierda, sobre todo la que se tiene a sí misma por guardiana de las esencias. Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional francés, ha ido a ver a Al Asad, y también Javier Couso, eurodiputado por Izquierda Unida. Y en medio de este batiburrillo ideológico del capitalismo globalizado, al que ahora viene a sumarse el tándem Putin-Trump, se halla el ciudadano bienintencionado, que para salir del paso se refugia en las simplificaciones. Si la guerra siria ha logrado algo además de devastar un país y un pueblo, ha sido acabar de paso con el mito de la izquierda antiimperialista, atrapada hoy en una retórica neocolonial con acento ruso. Es un daño nada desdeñable ante los tiempos que se avecinan, tan necesitados de diques firmes contra el fascismo y la islamofobia.

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