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Resetear el sistema

Estamos ante un momento histórico y la decisión que tenemos que tomar es muy sencilla: seguimos caminando hacia el precipicio o paramos ya, reseteamos el sistema y nos dotamos de un marco convivencial en el que quepamos todos

Sin querer ser catastrofista, creo que muchos de los que enarbolan banderitas o alientan la confrontación no saben y/o no son conscientes de que cuando un estado se desintegra las víctimas se cuentan por millares

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Borrell, a Puigdemont: "No empuje el país hacia el precipicio"

Borrell, a Puigdemont: "No empuje el país hacia el precipicio" EFE

Mientras hablamos de la posible independencia o secesión de Catalunya no queremos ver que el problema excede con creces ese ámbito territorial; lo que está sucediendo allí no es más que un síntoma de algo mucho mayor que si no somos capaces de identificarlo, analizarlo, asumirlo y buscar soluciones nos llevará hacia un escenario que, estoy seguro, la mayoría de quienes habitamos en la península ibérica no estamos dispuestos a enfrentar. No depende de nuestros gobernantes solucionar este problema, de hecho están demostrando no estar a la altura de las circunstancias, sino de todos como sociedad el responsabilizarnos de que el destino nos pertenece y que somos los ciudadanos quienes tendremos que decidir qué precio estamos dispuestos a pagar bien por resolver y superar el problema, bien por encapsularlo o bien por ignorarlo bajo un manto de represión.

Negar que existe una voluntad amplia, dentro de la sociedad catalana, que busca un horizonte mejor a través de la independencia es no querer ver la realidad, pero entender que eso se fundamenta exclusivamente en un problema nacionalista es no querer ver el trance ante el que nos encontramos. El problema real, que no el síntoma, no son los catalanes sino el agotamiento de un modelo de convivencia. Éste ha resistido, bien o mal,  por espacio de 40 años y fue pensado para una salida ordenada de una larga dictadura pero no tuvo ni tiene en consideración una serie de realidades que, en 1978, no parecían urgentes ni importantes y que ahora centran el debate y, sobre todo, el malestar.

Sí, el modelo constitucional con el que contamos es el que tenemos pero no el que necesitamos y ello, junto con la realidad que estamos viendo y viviendo, nos han de mover a la reflexión serena y conjunta que nos permita buscar no solo una solución para las legítimas aspiraciones catalanas sino, también, para el legítimo derecho y obligación, que tenemos, de dejarles a nuestros hijos un mundo mejor. 

Reducir el problema a una batalla de banderas es tanto como intentar curar el cáncer con homeopatía, no va a funcionar y nos llevará hacia un abismo que hoy muchos no son capaces de ver pero que está ahí, a escasos metros, y si nos precipitamos tardaremos décadas en salir y pagaremos, todos, un precio que hoy muchos no son capaces de vislumbrar. Quienes hemos sobrevivido más años, y a más situaciones, sabemos que estamos ante el abismo y, como decía Maruja Torres acertadamente, también somos conscientes de cómo se han desmoronado y desintegrado países enteros en cuestión de días, semanas o meses. 

Sin querer ser catastrofista, creo que muchos de los que enarbolan banderitas o alientan la confrontación no saben y/o no son conscientes de que cuando un estado se desintegra las víctimas se cuentan por millares, si no por millones y que, incluso en un escenario no bélico, víctimas seremos todos ¿Es ese el precio que estamos dispuestos a pagar por esta vorágine a la que unos bomberos pirómanos nos están arrastrando? De la respuesta que como sociedad demos a esta pregunta podremos saber cuál es el mejor camino a seguir y su precio porque, sin duda, cada camino tiene su costo.

Si finalmente miramos la luna en lugar del dedo tendremos claro que el problema, insisto, no es el legítimo deseo de independencia de muchos catalanes sino el agotamiento del actual marco convivencial, es decir del marco constitucional, y que el remedio a dicha enfermedad pasa bien por una seria reforma de la Constitución o por un proceso constituyente. Estas, sin duda, son las dos únicas vías que nos llevarían a una solución estable dentro de un contexto democrático, en el cual todos nos sintiésemos cómodos y seguros; solo un cambio de estas características impediría que avancemos, más si cabe, hacia el precipicio al que nos están conduciendo unos irresponsables que solo piensan en el hoy y en sus propios intereses.

Pero un proceso de estas características no se puede abordar desde el partidismo ni desde los intereses egoístas de quienes están pensando solo en las próximas elecciones; tampoco puede abordarse estableciendo apriorísticamente líneas rojas ni condiciones, hemos de admitirlo desde la honestidad democrática e intelectual que nos permita encontrar las mejores respuestas no ya para el problema que vivimos sino para generar un marco de convivencia que sirva ahora y mañana.

En un proceso de estas características todo y todos son cuestionables excepto una cosa: la existencia de un Estado Democrático y de Derecho que nos garantice la sana y pacífica convivencia. Es decir, podemos discutir el modelo territorial (para mí el mejor es el federal), el modelo de jefatura del Estado (para mí el mejor es la república), el modelo de organización judicial, etc. porque se trata de resetear el sistema a partir de los instrumentos con los que actualmente contamos y que están ahí, justamente, para ser usados y no como meros elementos decorativos de un texto constitucional que me parece agotado y que algunos quieren transformar en verdad revelada y otros en papel mojado.

Estamos ante un momento histórico único y la decisión que tenemos que tomar ya es muy sencilla: seguimos caminando hacia el precipicio y el enfrentamiento, con las consecuencias que ello tendrá, o paramos ya, reseteamos el sistema y nos dotamos de un marco convivencial en el que quepamos todos los que queramos estar pero en el cual también se reconozca y respete el derecho a no estar. La respuesta la debemos dar los ciudadanos porque, no me cabe duda, los gobernantes no están a la altura del desafío.

Es imposible abordar un camino como el que propongo si no dejamos de mirar al pasado, a las estructuras e instituciones tal como las conocemos y a los elementos que quedaron atados y bien atados durante la transición. Es imposible enfrentar un proceso de construcción de un nuevo marco convivencial si lo hacemos por y a través de los ojos e intereses partidistas de unos pocos. Es imposible afrontar un proceso de estas características si antes de comenzar llenamos el tablero de líneas rojas, de temas tabú y de pre-condiciones. Es imposible superar el momento actual si solo aplicamos el derecho y no los principios democráticos que han de orientar su interpretación y aplicación. Es imposible seguir avanzando por esta senda sin terminar destruyéndonos...paremos ya, aquí y ahora.

En resumidas cuentas, tenemos que mirar, desde el presente hacia el futuro y empoderarnos, como ciudadanos, para decidir cómo lo queremos construir porque ese es el mejor legado que podemos dejarle a nuestros hijos. Hagamos nuestro el futuro a partir de una única premisa o regla del juego: el Estado ha de ser Democrático y de Derecho y, a partir de ahí, todo el resto es discutible. Nos lo hemos ganado y se lo debemos a las generaciones venideras.

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