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La adaptación castiza de la arquitectura fascista pervive en Madrid

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La adaptación castiza de la arquitectura fascista pervive en Madrid

La adaptación castiza de la arquitectura fascista pervive en Madrid

Edificios de corte imperial como el Monasterio de El Escorial, tejados de pizarra o portones y fachadas barrocas, incluso, en rascacielos: los vestigios de la arquitectura franquista de la postguerra en Madrid continúan repartidos por toda la capital y ahora están reunidos en un libro.

Se trata de 'Construyendo Imperio. Guía de la arquitectura franquista en el Madrid de la Posguerra' (Ediciones La Librería), donde su autor, el historiador David Pallol, busca "descubrir un aspecto de Madrid diferente" a quienes no han reparado en el peso que la dictadura ha tenido en el paisaje urbano, según explica a la Agencia Efe.

En el libro, de carácter didáctico y con propuestas de rutas urbanas en Madrid, Pallol explica que este urbanismo buscaba "hispanizar los estilos arquitectónicos de los fascismos europeos" haciendo "una adaptación castiza" de una monumentalidad "enfática y pomposa" e identificando al monasterio de El Escorial con el imperio español y usándolo como modelo para reconstruir lo que había quedado destruido por la guerra.

Para Pallol, la arquitectura de la década de los 40 en España, "anacrónica", "caduca" "apolillada" y con "delirios de grandeza", convierte a Madrid en una ciudad "singular", al contar con un patrimonio "que nos hace únicos", pero también "antipática" para quienes consideran ofensivo que pervivan construcciones como la del Arco de la Victoria de Moncloa.

Estas construcciones representan una época "oscura" para muchos que Pallol no busca reivindicar, sino mostrar que "está ahí" y que obedece a un código de estilo, una realidad que intenta abordar utilizando la ironía.

El autor recuerda que muchos monumentos a los caídos han desaparecido ya y añade que en construcciones como el Arco de la Victoria bastaría con cambiar la inscripción como propuso la Universidad Complutense, que pretendía eliminar toda la alusión a la guerra civil y hablar del entorno académico.

Las huellas de la arquitectura de postguerra están presentes en edificios como el del cuartel general del Ejército del Aire, en la plaza de Moncloa, con un estilo neoherrereriano (reinterpretación de la arquitectura de Juan de Herrera en El Escorial) que se da en múltiples edificios de Madrid: ladrillo visto enmarcado en piedra y tejados de pizarra.

De este período son los colegios mayores de la Complutense, múltiples iglesias e, incluso, el Edificio España, con portada barroca.

"Construir un rascacielos en aquella época con la escasez de materiales fue todo un alarde", asegura el historiador, preguntado por la obra de los hermanos Otamendi, que indica que fueron "los únicos" que apostaron por grandes proyectos.

Con todo, la arquitectura de postguerra no fue homogénea, sino un reflejo de las distintas familias que convivían en la dictadura, "los falangistas querían ser vanguardia", por lo que arquitectos como Francisco Cabrero decidieron prescindir del "esquema escoraliense un poco apolillado" y optar por el racionalismo fascista italiano en edificios como la Casa Sindical, actual sede del Ministerio de Sanidad.

Pero a pesar de las múltiples construcciones oficiales, es en la arquitectura residencial donde más se ve la planificación urbanística de postguerra a menudo con la firma del arquitecto Luis Gutiérrez Soto que dio a Madrid "señas de identidad renovadas" que se identifican "muy fácilmente".

Madrid "era una ciudad de tejas", añade Pallol, y Gutiérrez Soto "puso de moda" la pizarra, los chapiteles austríacos, el ladrillo visto o los grandes balcones y terrazas que sustituyeron a los "balconcillos raquíticos" que aún se ven en el centro.

De la arquitectura de la postguerra son herederas también las diferencias entre el norte y el sur de la ciudad, que antes suponían "una gran brecha" porque "el norte se potenció más y el sur, obrero, se dejó degradar", un desequilibrio "muy grande" que en gran parte se corrigió con la llegada de la democracia.

Arquitectónicamente, la de los 40 fue "una década perdida para España" porque los urbanistas que quedaron en el país apoyaban la dictadura y "sintieron la necesidad de que la nueva arquitectura fuera la encarnación de los nuevos ideales" por eso volvieron sus ojos al pasado, a una etapa de "más gloria".

Un retroceso que frenó el avance de las corrientes racionalistas de la segunda república, pero que tuvo fecha de caducidad: en los 50 volvería la modernidad a la arquitectura española y de Madrid, que, sin embargo, aún guarda el recuerdo del anacronismo de postguerra.

María López Código 6112463, 1287739 y otros)

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