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Una metáfora sobre la piratería

Tienen razón los que dicen que copiar no es lo mismo que robar. No es lo mismo. Pero también tienen razón los que creen que su trabajo debe pagarse. Por supuesto que debe pagarse. ¿Y entonces, qué hacemos?

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"Te sientas en un sofá que pagaste, con pizzas que pagaste, mirando un plasma que pagaste, a ver mi película gratis. ¡Me estás robando!"

La semana pasada —tras el cierre repentino de la plataforma en streaming PopCorn Time— se organizó el enésimo debate sobre propiedad intelectual, derecho de autor y piratería.

Son divertidos e intensos estos debates, lástima que siempre se empantanan en el mismo punto: cuando alguien usa, a la ligera, la palabra ROBAR.

Uno dice: "Si te descargas mi película gratis, me estás robando". Aquel agrega: "Si te robo el coche te quedas a pie, si me bajo una serie, la serie sigue ahí". Otro acusa: "Te sientas en un sofá que pagaste, con pizzas que pagaste, mirando un plasma que pagaste, a ver mi película gratis. ¡Me estás robando!". Y otra vez el debate queda trabado. Y no se avanza.

A mí me parece que no se avanza porque nadie encontró una buena metáfora con la que todos estén conformes.

Recuerdo un antológico ensayo de David Bravo en la revista Orsai que se llamó "El botón que copia los tomates". Era una respuesta sagaz a un artículo que había escrito Javier Bardem en el diario El País, llamado "El botón mágico".

La queja de Bardem empezaba así:

"Quiero comprar un tomate fresco. Voy a llamar a un verdulero para que me venda uno recién sacado de la huerta. Pero resulta que si le doy a un botón en mi ordenador un tomate (parecido en sabor y color) se instala automáticamente en mi nevera. No está igual de bueno que el de la huerta, pero me da igual, total es para un gazpacho".

David Bravo le respondía esto:

"En el mundo propuesto por Bardem los alimentos serían infinitamente clonables gracias a un invento que, según nos sugiere, lejos de ser digno de celebración habría de ser temido. En la leyenda de la multiplicación de los panes y los peces, Javier Bardem es el pescadero que niega con la cabeza y arruga la nariz".

El debate es interesante, pero también estéril, porque es tremendamente difícil equiparar bienes que no se pueden replicar (un sofá, un coche, un tomate) con bienes que sí se pueden replicar (una película, un disco, una serie de televisión).

Tienen razón los que dicen que copiar no es lo mismo que robar. No es lo mismo... Y tienen razón los que creen que su trabajo debe pagarse. Por supuesto que debe pagarse...

Yo me permito aportar al debate una metáfora. Una metáfora nueva que no son tomates, ni pizzas, ni coches, ni sofás.

Una vez existió un bien tangible que se podía piratear. Todas nuestras madres lo compraron a fines de los setenta. Se enchufaba y era blanco... Se llamaba la yogurtera.

La metáfora de la yogurtera

yogurtera

Una hipotética yogurtera de la afamada marca Megaupload.

La yogurtera era un aparato espantoso que hacía seis yogures solamente usando leche, pero tenías que comprar, sí o sí, un yogur de verdad, para poder copiar el sabor de los otros cinco yogures.

Ponías en un bol un yogur verdadero y un litro de leche, mezclabas, llenabas los seis vasos de la yogurtera y dejabas el aparato enchufado unas seis horas. Después de eso, tenías seis yogures.

Frente a mi casa había un colmado (en Argentina los llamamos almacén). La almacenera estaba enojadísima con la existencia de este nuevo invento. Mi familia, por ejemplo, que compraba en el almacén una docena de yogures por semana, pasó a comprar solamente un yogur. Con ese yogur, y un litro de leche, hacíamos seis yogures. Comíamos cinco y guardábamos uno para volver a hacer seis la semana siguiente.

La almacenera experimentó los cinco estados del duelo:

  • negación
  • ira
  • negociación
  • depresión
  • aceptación

Primero siguió vendiendo yogures, creyendo que la yogurtera sería una moda temporal. Pero no fue temporal. Después sintió muchísima rabia, y le hizo juicio a todas las familias que tenían yogurtera; pero tener yogurtera no era ilegal.

Entonces pidió al Ayuntamiento un impuesto a las yogurteras para subsidiar su almacén. Pero el barrio empezó a prestarse las yogurteras para no tener que comprarlas tan caras. Y un día la almacenera se deprimió y empezó a vender yogures vencidos, o yogures feos. Mientras tanto la gente del barrio dejaba un yogur bueno en la ventana, para que otros vecinos lo agarraran y pudieran copiar más yogures buenos.

Así fue que una tarde la almacenera aceptó que las cosas habían cambiado, se dio cuenta que no podía seguir igual, y tuvo una idea. Y esa idea fue maravillosa: le puso pedacitos de frutillas a los yogures. Pedacitos de durazno. Pedacitos de pera.

Me acuerdo muy bien de ese día. Mi mamá nos preparó (como cada mañana) los yogures clonados, los clásicos sin nada adentro, pero nosotros queríamos yogures saborizados. Y los saborizados no se podían multiplicar. Y volvimos a comprar yogur, y la yogurtera quedó arrumbada en el garage.

Hoy nadie se acuerda de la yogurtera.

Esta es solamente una metáfora, pero creo que sirve. La industria audiovisual ya pasó por la negación, por la ira y por la negociación. Nada de esto le funcionó. Ahora está empantanada en la etapa de la depresión. Le falta un paso, nada más. Le falta solamente aceptar que los tiempos cambiaron.

No falta mucho para que le den a su negocio un toque sutil, un toque talentoso, de fruta fresca.

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