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La libertad era una isla que no sale en los mapas (o todo lo contrario)

El Código Fuente Audiovisual del investigador cultural Rubén Martinez en #zemos98 analiza el concepto de libertad, desde el poder, el individuo, el colectivo y las instituciones

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Marlon Brando a todo color en Rebelión a Bordo

Marlon Brando a todo color en Rebelión a Bordo

Tras una introducción de Felipe G. Gil, codirector de Zemos98, que venía a ser "un Código Fuente Audiovisual de nuestra amistad" y parecía destinada a homenajear y trolear a partes iguales, el investigador cultural Rubén Martínez ejecutó con gran aplomo y responsabilidad el que es y será el último Código Fuente Audiovisual del festival sevillano. Cofundador de  YProductions y residente en Barcelona, Martínez es miembro de la  Hidra Cooperativa y del Observatorio Metropolitano de Barcelona, dos dispositivos de intervención política afincados dentro de la Fundación de los Comunes. Coordinado o no con Belén Gopegui, su CFA tenía como tema el concepto de Libertad.

Los japoneses dicen que hay que empezar los discursos pidiendo perdón, pero Rubén empezó con Amanece que no es poco y la cita que dio nombre a la ponencia: Todos somos contingentes, pero tú eres necesario. La interpelación del alcalde por parte de los entregados ciudadanos de un pequeño pueblo de la Sierra de Albacete le sirve para explicar las contingencias del poder por delegación. Le sigue el discurso mamporrero de Algunos hombres buenos donde Jack Nicholson declara la necesidad de un poder ejecutivo absoluto y opaco como la única garantía que se interpone entre la ciudadanía y el caos, todo esto prólogo para una larga y entretenida reflexión sobre la huella de ese poder, encarnada en la tripulación del Bounty.

I: El pantano de la libertad

Rebelión a bordo, popularmente considerada la peor película de Marlon Brando, es la historia de una fragata británica que viaja a Tahití en busca del árbol de pan, una especie prolífica de fruto carnoso y nutritivo que Rubén califica de ficus y que pensaban podría alimentar a los trabajadores de las colonias. El capitán y su segundo de abordo chocan desde el principio por su origen y sus métodos. Pronto la política de austeridad y la brutalidad del primero, que representa el poder del Estado, acaba con la paciencia del segundo, Fletcher Christian, que lidera la rebelión del título y acaba teóricamente con el yugo imperial.

Los rebeldes ponen a su excapitán en una barca mirando a Inglaterra y acaban en una isla que no aparece en los mapas pero que está convenientemente fuera del alcance de la ley británica y felizmente poblada por pacíficos isleños y bellas mujeres cantarinas. Y allí vivían todos felices menos uno porque, para los marineros, la libertad es vivir al margen de la ley en la homérica isla mientras que para su comandante, como para Ulises, la isla es una prisión porque es un lugar donde sólo puede esconderse, mientras que la libertad es volver a Inglaterra a defender la legitimidad de sus actos. 

La paradoja que presenta esa isla y la tragedia que la resuelve es para Rubén un ejemplo perfecto de cómo funciona el Panóptico, y los mecanismos de interiorización del poder del Estado que el llama la microfísica del poder. Desde ese punto de vista, Rubén reflexiona sobre los orígenes de la música negra, musica de prisiones y de plantaciones de algodón, y se pregunta si esa música les libera o les aprisiona aún más. O si aquel 13 de enero de 1968 en que Johnny Cash cantaba sobre matar a un hombre "por el placer de verle morir" ante los 2.000 presos de la cárcel de Folsom (California), esos hombres fueron un poco más libres, o un poco menos.

II. El rebelde colectivo vs la libertad individual

Del Bounty a las verdes praderas escocesas por vía de Mel Gibson llega la idea del poder como un poder soberano -el rey de Inglaterra- que busca dominar a un solo sujeto rebelde -William Wallace- para someter a todo un pueblo en un dislate independentista titulado Braveheart. Contra su método habitual de reprimir matando, aquí el poder soberano intuye que el líder rebelde es más útil viviendo de rodillas que muriendo por su pueblo porque siente que cortar esa cabeza hará que crezcan otras siete en su lugar.

Como Mel Gibson también lo entiende, decide no pedir clemencia en el cadalso y gritar en cambio “libertad", después de lo cual le cortan en rodajitas. "Paradójicamente -explica Rubén- el sujeto rebelde va a morir, pero el cuerpo rebelde seguirá más vivo que nunca". Y el poder soberano pierde porque la potencia del cuerpo rebelde "no es solo su capacidad de resistencia o liberación, sino su capacidad para imaginar y accionar otro tipo de libertad".

Mel Gibson que, por cierto, había hecho de Fletcher Christian diez años antes en una adaptación de Rebelión a Bordo, procedió después a dirigir La Pasión de Cristo donde, por si no quedaba clara la idea, el cuerpo rebelde es crucificado y atravesado con clavos y lanzas para la liberación de todos los cristianos con los resultados que ya conocemos.

Al rebelde como cuerpo de lo colectivo, contrapone Rubén a Ayn Rand y la idea de la libertad como la integridad individual frente a la presión de la chusma. De la bella adaptación cinematográfica de El manantial -aparentemente el libro más influyente de la historia de EEUU- Rubén elige el trozo más ridículo: cuando Howard Roark, arquitecto genial -además de alto, guapo y pobre- defiende un acto de terrorismo con el argumento de la propiedad intelectual.

Roarck ha accedido a diseñar para el Estado un complejo residencial, pidiendo como único pago que se construya exactamente como él lo ha diseñado, sin cambiar nada. Al final, el complejo se construye con cambios que alteran el original y Roark lo destruye, con la ayuda de su novia y unos cuantos cartuchos de dinamita. Roark considera que al modificarla, le han robado su propiedad intelectual y defiende su derecho a destruir lo que es suyo. Roark representa pues la libertad del individuo de ser él mismo, contra la influencia, necesidad o exigencia de los otros, una lucha donde el compromiso equivale a pedir clemencia frente al hacha imperial.

Antes de que pudiéramos preguntarnos qué haría Howard Roark con el plan Bolonia, Rubén enfrenta su egoísmo racional a la Teoría de la Justicia de John Rawls, que se resume en una declaración de Marina Garcés: " uno no tiene que comprometerse ya que siempre vive comprometido". Y lo remata sádicamente con un delirante vídeo del artista catalán Carles Congost: Un Mystique determinado.

III. Lo normal: trabajar hace libres, comprar aún más

Entre lo colectivo y el individualismo, Rubén encaja a Michel Foucault explicando a Chomsky que la normalidad -hoy decimos lo hegemónico- la imponen precisamente las instituciones que consideramos garantes del espíritu crítico, que ejercen la violencia política de manera soterrada y persistente: la universidad, la psiquiatría, la justicia. Rubén añade un vídeo de Barrio Sésamo titulado Somos cinco para añadir la institución normalizadora por antonomasia: la familia.

De la ilusión del individualismo y imposición de "lo normal" viene ahora un fragmento de El siglo del yo ( The Century of the Self, 2002) donde Adam Curtis, nuestro documentalista favorito, explica la transición de la libertad como integridad de la persona a la libertad de elegir y de consumir. Un ejemplar de este poder como suma entre liberación y capitalismo es la construcción de la mujer fumadora como icono de la libertad, un icono inventado por un publicista para una marca de cigarrillos. Sobre el impacto de esta fórmula sobre el entorno laboral, engancha con otro Mad Men de altura, el icono a-la-Howard-Roark de nuestra generación: Steve Jobs.

Piratas de Silicon Valley es una película mediocre pero interesante como retrato del tránsito del trabajador a las clases creativas. Aquí Jobs demuestra al granujiento Bill Gates que trabajar para Apple no es trabajar para Microsoft. Con orgullo de capataz sureño, pregunta a un programador: ¿Eres pirata?”. Y el chico le contesta con los ojos inyectados en sangre: “ Sí, por supuesto Steve, llevo 52 horas seguidas despierto“. Que es como el chiste aquel del que se cae en el metro y dice: no me he caído, me he tirao; pero cruzado con un cartel que decía Arbeit macht frei.

Acaba Rubén este bloque con un fragmento de la historia del cine que debería proyectarse contra las paredes de todas las universidades del planeta, al menos hasta que deje de ser verdad. Es el discurso de Network, la obra maestra de Sidney Lumet (1976) donde el presidente del canal le explica al defenestrado Howard Beale cómo funciona el mundo. Hay que verlo y hay que verlo y aprender a no suicidarse después. Este momento es el negativo de la casa que no se rinde del Código Fuente de Belén Gopegui, que también hay que ver.

IV. Sólo no puedes, con amigos sí

El arte de la conferencia suele contener una circunferencia, y nuestro ínclito conductor recuperaba al director de El manantial retratando la tesis contraria al egoísmo productivo de Ayn Rand. En El pan nuestro de cada día (King Vidor, 1934), una pareja acosada por la Gran Depresión se va a vivir al campo y monta una cooperativa. El propio Rubén la describe como "una buena peli para ver cómo se normaliza la división sexual del trabajo en las utopías comunitarias". Los momentos cumbre son cuando consiguen salvar las tierras de la sequía construyendo una estructura para irrigar la cosecha; el otro, cuando consiguen timar al propietario para ganarle las tierras en una subasta a precio de manzanilla.

La mezcla entre la desobediencia civil y el conocimiento estricto de la ley, dice Rubén, es la combinación que caracteriza a la PAH. Por qué esta reflexión acaba con Lego, la película, y una canción en la que se insta a las clases creativas a seguir las instrucciones escapa todavía a esta periodista (¿ El enemigo conoce el sistema?), que sin embargo cantó obedientemente la pegadiza Rules and Regulations que cerró el último CFA del último Zemos98, y que siguió apareciendo y dominando lo que quedaba de festival.

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