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Malditos ignorantes

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Señorías, por favor. ¡Sean ecuánimes! Cuando condenen a los cabecillas del caso Gürtel imponga penas accesorias por desmemoria a algunos de los acusados y a la mayoría de los testigos que han recurrido a los manidos: “no me consta”, “han pasado muchos años” o a los consabidos: “no tengo constancia”, “no recuerdo”, o a las cínicas cantinelas: “nadie jamás me ofreció nada”, “todas las contrataciones fueron limpias y transparentes”.  Los ataques de amnesia han sido generalizados. Y mira que alguno, como el beato mayor de la cuadrilla, Jaime Mayor Oreja, además de eludir la necesaria colaboración con la justicia con sus lapsus, estaba pecando de lo lindo contra uno de los Diez Mandamientos. ¡Malditos mentirosos!

Jornadas de bocas cerradas. Señor Juez: mándelos una temporada a un hospital psiquiátrico penitenciario, recételes las pastillas dememory de farmaotc, ingréselos en una residencia de esas personas que viven en la luna de Valencia, perdidos por culpa de esa cruel enfermedad llamada Alzheimer. Esos severos casos de olvido son un agravio para el resto de humanos que sí nos acordamos del daño que ese grupo de ministros mercenarios hicieron en las finanzas públicas. Los agujeros, mejor aún boquetes, en el presupuesto que perpetró la camarilla del señor Aznar son cósmicos. Un gigantesco butrón. Los Arenas, Mayor Oreja, Acebes, Rato o Álvarez Cascos forman una tropa de aupa, una pandilla basura, que piensa irse de rositas diciendo que no se acuerdan de nada o inculpando de pasada a un extesorero, el señor Lapuerta, que está más allá que aquí. ¡Muy valientes! Se trata de que no haya ningún deslenguado que ponga en entredicho aquella época dorada en la cual a ellos les iban muy bien, aunque en voz alta decían que España iba bien. España, sin duda alguna, eran ellos.

Solo puede haber un eximente a este lapsus generalizado de memoria. Es posible que estuvieran en el ajo de tantos asuntos turbios que el suceso concreto que les pregunta el juez se les hubiera traspapelado en la sesera. Los hay que estuvieron al loro de tantos presuntos delitos que cuando les pregunta un juez o un fiscal sobre ellos se hagan los locos, porque, mire usted señoría, es imposible acordarse de todas las trapisondas. De paso también habría que tratarles la adicción a la cleptomanía. 

Los problemas de memoria, de los que en su día fueron prohombres del PP, son la mar de serios. Si yo fuera familiar suyo me preocuparía de lo lindo. Podrían no saber en qué exótico país tienen ingresados a buen recaudo sus ahorrilllos, podrían haberse olvidado de qué propiedades son suyas o están a nombre de terceros y de testaferros, podrían no recordar entre todas sus queridas cuál es su legítima esposa, o podrían olvidar, simplemente, el número PIN de una tarjeta de empresa, asignada por ser miembro de un boyante consejo de administración, con un limite de extracciones supersónico. Y todo esto, sinceramente, sí es grave de veras. Si fuera familiar suyo directo haría que redactarán cuánto antes el testamento no sea cosa que se vayan a olvidar de mis relaciones de parentesco con ellos.  Aunque esta enfermedad ya se sabe, viene y va. A veces, con ellos, es pasajera. No se les olvida ni a tiros el nombre del yate amarrado en Ibiza, el nombre de un conseguidor de terrenos de caza a buen precio o el día del cumpleaños de Aznar. Ya se sabe, los mafiosos también suelen hacer pactos de mutismo que no incumplen jamás, por si las moscas.  Es la omertá, un código de silencio que hay que respetar. No tengo nada más que decir, señor juez.

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