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Nadie hablará de ellas cuando hayan muerto: las porteadoras de Melilla

  • Un tercio de la actividad económica de Ceuta y Melilla se debe al 'comercio atípico'.
  • Mujeres y hombres porteadores trasladan en sus espaldas bultos de 70 kilos de un lado a otro de la frontera. Cada bulto, cada viaje,  son 4 euros. Como media, logran transportar dos por día. 
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Jornada de transporte de mercancías en la frontera, Melilla

Jornada de transporte de mercancías en la frontera, Melilla Violeta Assiego

A diferencia de lo que pasa con el delito de contrabando, el término comercio atípico carece de definición legal. Con esta expresión, en las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla se describe el transporte de mercancías que se lleva a cabo en la frontera sur de Europa. Una actividad en la que, sobre la espalda de las personas –principalmente de origen magrebí y mujeres–, se llevan (de España a Marruecos) fardos que pueden llegar a pesar hasta 70 kilos por bulto.

A pesar de que el comercio atípico no está regulado, tiene un calendario laboral, horarios, salarios y lugar de realización. En el caso de Melilla, se produce de lunes a jueves, de 9h a 12h de la mañana y en los puestos fronterizos de Barrio Chino (principalmente) y Farhana. Fuera de ese margen no es posible desarrollar actividad similar ni que se le parezca. Al día, por jornada, pueden llevarla a cabo (al menos) medio millar de personas.

Lo oficioso de la actividad es vox pópuli, hasta el extremo de que los propios medios de comunicación (en este caso melillenses) hablan de ello con total naturalidad. Un ejemplo es cómo el pasado domingo, El Faro de Melilla se hizo eco en su portada de un suceso que relataba cómo se había impedido el paso a una porteadora un domingo, por no ser día de comercio atípico:

“Una porteadora hiere a un policía en la cabeza con un plato en Farhana. La agresión se produjo el domingo, tras impedir dos veces entrar a la porteadora al no ser día de pase de mercancía”.  

Los días de más traslados de mercancía son los lunes y martes. El pasado lunes 11 de julio, como parte del trabajo de observación de un estudio que la Universidad Pontificia Comillas de Madrid está llevando en Melilla, nos acercamos antes de las 9 de la mañana hasta el Barrio Chino. Saltaba a la vista que éramos unos extraños en medio de aquella quietud previa a la masiva actividad que iba a tener lugar. Para remarcarlo, se nos acercó un miembro de la Guardia Civil que nos preguntó qué hacíamos allí. Tras explicarle el motivo de nuestra presencia, nos indicó que en cuanto empezaran los movimientos de traslado de mercancía, nos quitáramos de en medio. De lo contrario, podríamos obstaculizar la circulación. Reconozco que pensé que la indicación se refería a no obstaculizar a las personas que portan esos paquetes que pesan 70 kilos sobre sus espaldas. Sin embargo, más tarde comprendí que se refería a otra cosa. Con no obstaculizar se refería a que no se interrumpiera el tráfico de vehículos, hasta el punto de que eran los propios coches de la Benemérita los que, al pasar, pitaban sin reparo a los porteadores que cruzaban la carretera, aunque estos estuvieran haciendo un esfuerzo sobrehumano.

Al otro lado, en Marruecos, los porteadores entregan la mercancía. Cuando se cierra la aduana, intercambian el pequeño papel con un número que les han entregado al empezar por su jornal: 4€ por bulto. En España –nos cuenta el taxista que nos lleva hasta el Barrio Chino–, son tres las figuras claves del comercio atípico: el porteador que lleva los bultos, el transportista que trae la mercancía, y el controlador, que es quien negocia con la aduana el momento en que puede pasarse la mercancía.

Las mujeres de origen magrebí que viven al otro lado de la frontera son las que, habitualmente y en mayor número, llevan estos bultos sobre sus cuerpos encorvados. Suelen ser madres que se encuentran en posiciones de extrema vulnerabilidad social y pobreza, fruto, en muchas ocasiones, de estar solas, separadas, viudas, aisladas, repudiadas... Tienen entre 30 y 50 años, pero el desgaste físico de la actividad les hace aparentar veinte años más. Un número significativo de los niños y niñas que aparecen en las calles de Melilla son hijos de estas mujeres que, al no tener apoyos, dejan a los críos en el lado marroquí mientras ellas vienen y van para sacar esos 4€ por bulto. Como media lograrán trasladar dos por día: 8 euros.

Las porteadoras “ sufren agresiones y arbitrariedad policial, acoso y abuso sexual, vejaciones e insultos, e incluso avalanchas que han llegado a costarles la vida a porteadoras, como el caso de Busrha y Zhora en 2009”, denuncia APDHA en Ceuta, (realidad completamente trasladable a Melilla). Una diferencia entre mujeres y hombres porteadores es que ellos están empezando ayudarse de un patinete. Sin embargo, el esfuerzo, el calor, el cansancio, las condiciones (sin espacios de descanso, accesos de agua, enfermería…), también son demoledores para los varones, especialmente para los que no son jóvenes y fuertes:

“Tengo 50 años. No puedo más. Me duele el pecho. Se me ha roto el patinete y sólo he podido transportar un bulto hoy. Tengo cinco hijos y la pequeña necesita medicinas. Esto es muy duro. Dios no quiere esto. Ni los burros podrían con el peso que llevamos sobre nuestras espaldas. No todos somos iguales, esto es un crimen”

En 2014 el comercio atípico constituía un tercio de la economía de las dos ciudades autónomas. Algo que debería provocar que las autoridades se responsabilizaran de lo que está pasando y erradicaran las condiciones inhumanas, crueles y degradantes en las que trabajan estos porteadores. Decía Hannah Arendt que el tercer mundo no es una realidad sino una ideología, y este es un claro ejemplo de ello. Día tras día, bajo la apariencia de actividad comercial, se esclaviza a miles de personas y se justifica con el eufemismo de atipicidad. Todo un malabarismo que no exime de responsabilidad por mucho que se quiera invisibilizar. Son trabajadores transfronterizos, aunque en cuestión de derechos esto tampoco sea la panacea.

Pero esa es otra historia.

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