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Danzas de guerra - Sherman Alexie.

Sherman Alexie

La condición de Sherman Alexie (Wellpinit, Washington, 1966) como miembro de la tribu india spokane funciona como un mcguffin en todos sus relatos. Parece que sus cuentos tratan sobre la difícil condición del indio contemporáneo, y en realidad sus historias tratan de otras cosas. Ya saben, los temas importantes: las relaciones padres-hijos, cómo enfrentarse a la enfermedad y a la muerte, pero sobre todo a la vida, cómo sobrellevar la dilapidación de las hermosas herencias míticas que recibimos al nacer, y que se descascarillan con el tiempo, cómo superar las derrotas gracias al humor. Todos los humores son bilis pero también ternura. Porque ternura hay en abundancia en este volumen de cuentos que ganó el prestigioso National Book Award –que tienen la mayoría de los grandes de la ficción norteamericana, excepto Salinger y Foster Wallace-. Los personajes de Sherman Alexie reparan en todos sus cuentos en el absurdo que supone tomarse a sí mismos demasiado en serio, y aunque eso no les libre de amarguras, la espita del humor, servida en diálogos hilarantes, muy ágiles, rebaja el dramatismo de sus vidas, casi siempre en encrucijadas en las que ni siquiera se plantean tomar ningún camino. Y ser indios, como ser judío para el alter ego de Woody Allen, significa ser depositarios de un tesoro divino que es un inconveniente terrenal. Las danzas rituales que rogaban a la naturaleza por la protección de la salud apenas sirven al protagonista del cuento que da título al volumen para un objetivo bien menor: conseguir una manta con la que cubrir en el hospital a su padre enfermo, que tiene frío, cada vez más frío. “¿Es cierto que el único término literario que tiene algún significado en el mundo nativo americano es road movie?”, se pregunta el personaje. Su padre, “el hombre del que siempre me he sentido más cerca es el que más me ha decepcionado”, es un borracho diabético. Su hijo se reconoce incapaz de identificar cuál es el legado que le deja ese hombre a punto de morir. Mientras tanto, el humor negro sirve como terapia efectiva.

“-A mi padre le acaban de cortar los pies-dije.

-¿Diabetes?

-Y vodka.

-¿Vodka solo o con un poco de nostalgia?

-Los dos.

-Causas naturales para un indio.“

Uno coge cariño a sus personajes y los acompaña en sus disquisiciones, sus monólogos absurdos, sus reacciones contemporizadoras, como las de Paul Sinembargo, que cree enamorarse de una atractiva mujer a la que conoce en una terminal de aeropuertos. Esa medicina anti-tedio hará que busque a la dama en cada uno de sus viajes, todo para sentir que no está tan solo. En “El hijo del senador”, magnífico, un tipo pega una paliza a un antiguo amigo homosexual, al que ni siquiera ha reconocido pues llevan mucho tiempo sin verse. Metido en un problema muy gordo, acude como un auténtico bebé a pedir ayuda a su padre, un senador al que se le augura una brillante carrera presidencial. El cuento está resuelto con gracia paradójica y una ambigua sutileza. En “Allanamiento de morada” un guionista se ve sorprendido en su casa por un ladrón al que mata sin pretenderlo, y el hecho de que el ladrón sea un joven negro le hace replantearse su situación de blanco acomodado al que nadie identifica con un indio. “La mayoría de la gente cree que soy uno de esos blancos que se ponen morenos.” En el divertido “Sal” a un periodista novato le cae el encargo de redactar una necrológica y se entrevista con la viuda del difunto, lo que da lugar a una situación hilarante.

Los siete relatos largos del libro se van alternando con poemas –esos poemas narrativos típicamente norteamericanos que son más bien anécdotas versificadas; a mi entender, flojos, aunque le dan al libro un aire distinto-. Pero si nos centramos en los cuentos de Alexie, su lectura es una delicia vital, muy recomendable para todos aquellos que, sean o no pertenecientes a una tribu india, aprecien que la melancolía no es incompatible con el sentido del humor y disfruten con esos personajes que, a través de los diálogos, son capaces de cuestionarse su mundo y el de los que les rodean. No somos tan importantes porque, al fin y al cabo, ¿quién sabe bailar hoy danzas de guerra? ¿Quién quiere bailarlas?

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