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REGIÓN DE MURCIA

Cataluña, mon amour

En Cataluña ahora hay dos cuestiones: por una parte, la reclamación de un referéndum y, por otra, el deseo de independencia.

Pero ese malestar profundo de muchos catalanes, ese descreimiento de las estructuras de poder no es baladí en este momento histórico.

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Cobi, mascota de los JJOO de Barcelona 92

Cobi, mascota de los JJOO de Barcelona 92

Entre los españoles que coincidimos viviendo en Berlín hará unos 15 años se decía que una vez de vuelta en España había que instalarse en Barcelona, en lugar de Madrid. Para los jóvenes que fuimos –entre raves, clubs en antiguos teatros soviéticos, la plaza Rosa Luxemburgo, pisos compartidos con inclinaciones comunales y ecologistas, bicicletas de segunda mano, eternos brunches en Kastanienallee, ópera barata en el Este y Oeste, barrio turco y todo tipo de expresiones culturales underground- Madrid era un lugar rancio.

Barcelona, en cambio, se nos aparecía como una ciudad más abierta, con más `moderneo´ y ningún ministerio. Nunca viví en Barcelona, aunque sí volví a Madrid, como otros tantos. Pero Barcelona, en nuestra imaginación y, creo, que en la realidad,  continuó siendo una metrópolis más moderna y cosmopolita.

Ante las recientes llamadas de `españolizar´ Cataluña y las acusaciones de adoctrinamiento en la educación pública catalana, yo pediría, en cambio, `cataluñizar´el resto de España. Pediría para el resto de España ese mismo espíritu progresista, ese mimo y apuesta económica por la lengua y la cultura, esa confianza en sus capacidades. En resumidas cuentas, ese amor que se prodiga a sí misma.

T´estimo, Catalunya, cuando eres el objeto de un ataque terrorista y cuando planteas la celebración de un referéndum por la independencia

En Cataluña ahora hay dos cuestiones: por una parte, la reclamación de un referéndum y, por otra, el deseo de independencia. La mayor parte de los medios de comunicación de Madrid ha hecho hincapié en que la casta política catalana ha llevado sus ciudadanos a un callejón sin salida y los ha manipulado sin conmiseración en su carrera hacia la independencia. Pero obvian o, directamente criminalizan, los movimientos vecinales y la reclamación civil de un referéndum para poder decidir sobre su condición de Estado-nación. Esto, en el siglo XXI, es difícil de tragar con el artículo 155 y la violencia policial como respuesta.

De este modo, el nacionalismo catalán es retratado exclusivamente como burgués, insolidario, una `comida de tarro´ de TV3, con los fantasmas del nazismo y la antigua Yugoslavia de fondo. Lo que no se escucha tanto es a los catalanes que piensan que solos van a gestionar mejor la res pública, a muchos de ellos que, a pesar de no ser independentistas, reclaman su derecho a decidir en las urnas y a otros tantos que no desean ni lo uno ni lo otro.

Vivimos tiempos inciertos, extraños, con las réplicas de una crisis económica que ha sacudido fuertemente la sociedad. El conflicto con Cataluña nos ha sumido más aún en la incertidumbre y el miedo. Pero ese malestar profundo de muchos catalanes, ese descreimiento de las estructuras de poder no es baladí en este momento histórico. Y esa autoestima, tampoco. T´estimo, Catalunya, cuando eres el objeto de un ataque terrorista y cuando planteas la celebración de un referéndum por la independencia. Ojalá el resto de España fuera más como tú.    

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