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Del canutazo y el canutero

"Pero el gran descubrimiento fue el canutazo para el mundo de la política. Y si no fuera por lo que es, a veces resulta hasta ridículo".

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Sin título.

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En el argot del oficio, un canutazo es eso que ustedes suelen ver en televisión, cuando a un personaje lo rodean los micrófonos y las cámaras mientras realiza unas declaraciones.

El canutazo se da mucho en el mundo del deporte, al finalizar los partidos, en eso que en el fútbol llaman ahora zona mixta. Pero el gran descubrimiento fue el canutazo para el mundo de la política. Y si no fuera por lo que es, a veces resulta hasta ridículo.

Habrán observado que, de un tiempo a esta parte, al protagonista suelen flanquearlo una serie de adláteres, esto es, gente que quiere chupar cámara y que suelen dar cabezazos, en sentido afirmativo, cada vez que el susodicho suelta alguna prenda que a ellos les parece de lo más oportuna. Mi padre me contó una vez que a aquellos simpáticos perritos que se pusieron de moda a finales de los sesenta, que se colocaban en la parte trasera de los coches y que también cabeceaban, se les llamaba procuradores, en referencia a cuantos ilustres próceres ocupaban escaños en las Cortes franquistas.

Basta con que usted se fije bien en la pantalla de su televisor y los distinguirá con una nitidez apabullante.

La figura del canutero –así me permitiré denominarlos a partir de ahora– se está convirtiendo en toda una suerte de chufletero propagandístico del que no sabemos bien si está ahí para ratificar pesebrilmente cuanto diga su líder o para que su mujer, sus hijos y su suegra lo vean en su casa por la tele.

Aquí, en nuestra Región, tenemos claros y meridianos exponentes a diario. Basta con que usted se fije bien en la pantalla de su televisor y los distinguirá con una nitidez apabullante.

Ocurre, a veces, que son tantos los canuteros que se sitúan tras el declarante que cuesta una enormidad a los profesionales de la prensa, radio y televisión buscarse un hueco y acomodo para recoger sus palabras. Pero, claro, eso a ellos se la refanfinfla, como gustaba decir al genio de Paco Umbral. Ellos, a los suyo. Y si hace falta, pues hasta te meten el codo. A poner cara de interés, a cabecear como mandan los cánones, tal y como les enseñan en esos cursos acelerados que les imparten de telegenia, para que luego les digan por la calle: “Coño, Pepe, te vi el otro día en la tele. Tú no hablabas, que el que hablaba era tu jefe. Pero verte, bien que te vi detrás de él”.

Y así, ellos, henchidos de gozo y sabedores del deber cumplido, se sienten la mar de importantes ante sus amistades.

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