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Economía circular (para el alma)

Las cosas que merecen la pena no son realidades cuantitativas, tienen una entidad cualitativa, la textura rugosa y material propia del cuerpo.

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Cartel de protesta. | Gaelx

Cartel de protesta. | Gaelx

Hasta hace bien poco se consideraba la nuestra una sociedad de la información, de la que cabía esperar que fuera, al tiempo, una sociedad del conocimiento y de la comunicación. Sin embargo, bien mirado, somos simplemente una sociedad de la opinión... de opinión y de consumo, y quien dice consumo dice derroche, desecho…  contaminación.

Consumimos información que es flor de la indignación de un día. En poco tiempo, una nueva indignación llama nuestra atención y a-otra-cosa-mariposa. Esclavos en Libia. Hacinamiento, suicidios, abandono absoluto de refugiados. Fascismos descarados en alza: Polonia, Hungría, Austria, Holanda, Francia…  3.115 ahogados en el Mediterráneo. Corrupción en avalancha encabezada por el partido de Gobierno en España. Pérdida de calidad democrática. Aumento de la pobreza. Manadas y violencia de género… Todo tiene su minuto de gloria, pero es tan solo un minuto.

Sociedad de la indignación que es una sociedad del escándalo sin firmeza, sin actitud, analiza Byung Chull Han en su crítica al capitalismo. Olas de indignación que muestran una escasa identificación con la comunidad, que no constituyen ningún nosotros estable que muestre una estructura del cuidado conjunto de la sociedad; porque, desde el teclado, al otro lado de la pantalla, es demasiado a menudo una preocupación por uno mismo, una indignación flor de un segundo, unos minutos, unas horas… que se dispersa de nuevo con rapidez.

Esta actitud tiene varias consecuencias, entre las que se encuentra un trastorno de déficit de atención permanente y una insustancialidad de las denuncias que no se concretan en una oposición material a los males que nos aquejan. Y los esclavos siguen muriendo, los migrantes ahogándose, los políticos mintiendo y robando -no todos, no, pero sí una suma considerable- y la democracia real menguando.

Frente a esto, yo me propongo una economía circular, un aprovechamiento de la energía que gasto incluyéndola en un flujo ecológico que algo transforme sin querer tenerlo todo. Convertir algo señalado, que me interpele, es un motor de paso de la indignación a la acción, y cocinarlo a fuego lento con las mieles del trabajo colectivo, que son muchas y crecerán si somos más y más diversas. Habitar el mundo real y salir alguna vez a la calle para no ser cómplice. Salir de la acera, la pantallita, a la carretera y así. Sentir el dolor en el propio cuerpo, ser menos inhumano. Cuidar de la intimidad y la singularidad, pero dejar de ser un idiota en lo común. Mirar por el otro, siquiera sea tu vecina. No querer hacerlo todo para poder hacer algo.

Vivir, en definitiva, habitar en lo real y no solo en lo virtual, junto a otros cuerpos, materiales, finitos, donde el pensamiento sabe que reside todo, en la dimensión operativa de lo que llamamos alma. El espectáculo vacío de las redes sociales genera demasiado estrés y afán de compararse, insatisfacción y derroche, en una sociedad en la que podemos conocer todo y tan difícil es comprender. Una sociedad en la que es tan importante ser notorio y tan poco bruñirse para ser notable. En la que sufrimos una hiperaceleración que no es motora, que poco consigue más allá de un trending topic. En la que todos son «momentos históricos» en un presente fatuo, ignorante del pasado y el futuro, que se consume sin rastro y olvida lo que puede un cuerpo, que tiene la indeleble memoria de la finitud.

En la vida real, material, no se trabaja en todas partes, como ocurre en las redes: "Es materialmente imposible, somos finitos", te recuerda el cuerpo. No puede permitirse una desgastarse tanto en intercambios inútiles y fugaces, porque hay una movilidad que cansa y hace dormir, que exige el cumplimiento de funciones vitales y, esta sí, es realmente motora.

La hiperpresencia virtual es a menudo tan cansada como inoperante y, por no generar, no genera una narración, sino que es pura adicción lineal de presentes fugaces de los que poco queda a la postre, salvo un Timeline que ni una misma visita. Tenemos pasado y futuro, y las redes sociales lo ignoran, negándonos la continuidad que una biografía -algo vivo, real, de nuevo- por fluida que sea, exige. Es humano un modo de existir cualitativo y no cuantitativo, no medido en «Me gusta», porque la amistad, el amor o el compromiso, la convivencialidad, la solidaridad, la democracia real… las cosas que merecen la pena no son realidades cuantitativas, tienen una entidad cualitativa, la textura rugosa y material propia del cuerpo.

La  economía circular imita la naturaleza, que teje conexiones, fomenta la cooperación y la interdependencia entre los organismos y construye ecosistemas resilientes. Implica derrochar menos, reutilizar, relocalizar, colaborar… estar a la altura de la finitud, en este caso del planeta. Me pregunto qué pasaría si aplicásemos la economía circular (también) para el alma, saliendo de la espiral que nos obliga a vivir produciendo… desechos y más desechos.

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