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Europa: otra vuelta de llave para dormir tranquila

Un niño ahogado es igual que un espantapájaros alardeando de tener muchos votos; niño y fantoche se alternan en el telediario y, aunque el primer caso es infamia y el segundo es farsa, adquieren el mismo valor informativo.

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Refugiados

Lo más parecido a la ausencia de noticias es la saturación. Lo más parecido a la censura es el agobio, el collage arbitrario y uniformizador de malas y buenas nuevas en páginas y pantallas. Estas dos primeras frases casi forman parte de lo que denuncian, pero creo que deben ser rescatadas del pantano. Al fin y al cabo, hace siglos que todo es repetido y nuevo a la vez. En Occidente, desde los presocráticos, por lo menos.

Los galos de las historietas presumían de temer solamente que el cielo cayera sobre sus cabezas. Hoy, Francia corre hacia Vichy como una gallina hipnotizada. El escocés Macbeth temía que el bosque asaltara su castillo. Escocia se ha quedado encerrada en Gran Bretaña. Alemania, más reunificada que nunca, sigue siendo la pesadilla de Gunther Grass. Los intelectuales orgánicos pueden tomarse una pausa para hacer sesudos comentarios sobre las metáforas del bosque, de la conciencia, del lenguaje, del silencio, y justificar con disimulo la viscosa, urticante obscenidad de las desigualdades. Nada impide hacer lo mismo a los constatadores de derrotas. Los cómplices locales pueden seguir ensalzando la obediencia debida.

La Comisión Europea, el FMI, los grupos de cabildeo y los gobiernos son expertos en augurios. No hay nada mejor para detener a alguien que llenar sus oídos de malos presagios omitiendo sus orígenes y ocultando actos de personas o clases concretas. O sea, haciendo la culpa colectiva para exculpar a los culpables. Presagios sin solución: todo está muy mal, dicen los tanques de pensamiento (sus portavoces parecen hologramas proyectados por los premonitores de Precrimen), y enseguida advierten que pretender que vaya bien sería empeorarlo.

El mejor somnífero es una lluvia constante de mil y un pedazos de realidad mezclados al azar e igualados en importancia. Un niño ahogado (después de aquel niño, parece que ya no hay más niños ahogados, ni bombardeados, ni hambrientos) es igual que un espantapájaros alardeando de tener muchos votos; niño y fantoche se alternan en el telediario y, aunque el primer caso es infamia y el segundo es farsa, adquieren el mismo valor informativo. La literatura sabe de eso (lo cual demuestra su inutilidad): con cada una de las mil y un historias se olvida la anterior y queda el sedimento de la saturación, la sensación de que todo es un déjà vu, una anomalía de la memoria sin consecuencias. Y, si se disparan las alarmas, aparecen enseguida los tranquilizantes, las garantías de inmovilismo de los traficantes de esperanzas de lenguaje de lugares comunes, esa idiocia comunicativa que todos apreciamos. El debate real es reemplazado por horas de charla sobre quién es más corrupto o más tonto en un país de listos.

Sólo debemos temer que se hunda la bóveda celeste o que los hayedos asalten la ciudad ideal. Otros incordios menores sirven de fondo de pantalla. Hay plagas de medusas porque enriquecemos/arruinamos el litoral con nitratos y han subido las temperaturas. Esos globos irisados se vuelven molestos al proliferar en las aguas y sembrar las zonas intermareales. Molestos como refugiados deshidratados. Las medusas se atiborran de los abonos de la superproducción mientras los huidos del hambre y de la guerra o, simplemente, de diversas tiranías (un buen número de tiranos son nuestros amables proveedores y clientes) se hunden, yacen en las playas, se enganchan en las alambradas o, si tienen suerte y la pleamar piedad, caminan como sonámbulos hacia los campos de detención.

Los autóctonos bien intencionados desfilan con camisas amarillas para pedir caridad y expresar una solidaridad que quizá deje a algunos con la sensación de haber olvidado algo, pero que otros asumirán con beatitud de efecto placebo. Se hace lo que se puede, por supuesto. Las autoridades alaban la iniciativa humanitaria mientras regatean acogimientos y afilan las concertinas barbadas.

El otro día, en Grecia (sí: en la subastada Grecia), la cumbre de la Unión Europea, entre mucha retórica hueca, vomitó dos conclusiones muy sólidas: que el Brexit es una opción respetable del pueblo británico (la UE sólo es firme con los débiles) y que urge reforzar el blindaje de las fronteras y ampliar el universo concentracionario de la periferia.

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