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Habitando una sociedad enferma

Hoy en día resulta más sencillo predecir lo decadente, lo desagradable, que los gestos constructivos. Y eso es, sí, síntoma de una sociedad enferma.

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La exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá, falleció esta semana de un infarto. | EFE

Una de las formas más seguras de comprobar si una sociedad está enferma es lo predecibles que resultan las canalladas que en ella se producen. Si entendemos lo anterior comprenderemos que esta semana hemos tenido síntomas claros de habitar una sociedad enferma.

Cuando se supo la noticia del fallecimiento de Rita Barberá cualquiera hubiese podido apostar por las peores reacciones, las más mezquinas. Lo malo es que, al final, hubiese acertado. Un cúmulo de despropósitos, a sumar a los que esta señora parece que cometió en vida, que no hacen sino mostrar los síntomas de un problema mucho mayor. La previsibilidad de pensamiento no suele ser síntoma de inteligencia, y cuando aparece acompañada de ajustes de cuentas transita cerca de la demagogia más peligrosa.

Primer error: el grupo parlamentario de Unidos Podemos decide no acudir al minuto de silencio. La excusa, respetable, es que no se hizo cuando falleció años atrás José Antonio Labordeta. Lo cual, en sí mismo, vendría a ser un reconocimiento de que se paga lo injusto con la injusticia, algo que, así en frío, parece poco adecuado. Que ya saben que soy yo mucho de criticar a la izquierda por su falta de altura, más que nada por lo que comentó Bolaño sobre la derecha y su incapacidad para generar sorpresas en este sentido. Vamos, que si nos arrogamos (o nos adjudicamos adecuadamente, escojan el verbo que crean pertinente) un cierto aire de superioridad moral es, entre otras cosas, para no repetir los comportamientos inadecuados de los demás. O al menos, creo, así debería de ser…

No ayudaban, tampoco, algunas declaraciones de miembros de ese grupo, señalando que, bueno, sí, lo de Labordeta ya tal, pero que en realidad la Barberá representaba cosas muy feas y que hacer el minuto de silencio era un homenaje que no se merecía. Lo cual, de nuevo, comprendo, pero no puedo compartir. En primer lugar porque descansar durante unos segundos de la estrategia política no tiene que ser forzosamente negativo. Y en segundo porque, ojo, la fenecida era presuntamente inocente al momento de su muerte. Presuntamente inocente, recalco, y supuestamente culpable, y no al revés como tan ignorantemente repiten, en sonsonete sordo, nuestros medios de comunicación. Que lo que hay aquí es presunción de inocencia, vaya.

Presuntamente inocente, decía, de un delito que muchos parecen ya haber dado por seguro. Y pinta tiene, a qué engañarnos, pero juzgar dos veces (una en sede judicial, otra, anterior, en espacios extrajudiciales) es, por definición, juzgar mal. Con esto digo que distinguir entre moral y Derecho es una cosa muy útil que se lleva desde hace un par de siglos, y que lo que resulta legal puede ser amoral (en Valencia pueden contar varios casos de estos, empezando por la "anécdota" del famoso coche oficial) sin obligar a una respuesta jurídica. Y que juzgar de más está mal, coño, lo vuelvo a repetir. Aunque pocas dudas se alberguen, a priori, sobre la situación "orgánica" de la fallecida señora Barberá dentro de un entramado de corrupción. ¿Ven? Ya estamos prejuzgando.

Claro que, para cuando se producen las primeras declaraciones en el sentido que señalamos más arriba, ya se había encendido el ventilador de esparcir mierda en otro. Mucho más truculento, si quieren, porque poco menos que se acusaba de la muerte de la senadora a los medios de comunicación, la presión social y, probablemente, las tertulias de bar.

No es de recibo que personajes públicos, algunos con cargos muy preeminentes (pienso en ministros, pienso en portavoces de cierto partido que está en el Gobierno) insinúen que investigar es perseguir, que se producen cazas de brujas gratuitas, que el derecho a la información está bien pero sí, oigan, sin llegar a tanto. Y, lo que es peor, que sacar a la luz la verdad (o la verdad subjetiva, que la objetiva no existe, otro día nos ocupamos de esto) puede llegar a ser tan nocivo que, oh, provoca muertes. Vamos, que de forma totalmente irresponsable se acusa a varias personas (incluso con nombres y apellidos) de homicidio. Más bien de asesinato, por lo de la premeditación.

Es todo muy desagradable, con un punto casposo que provocaría hartazgo y algo de repelús si no hablásemos de temas tan serios. Pero, ¿saben lo peor? Que era previsible. Que todos, más o menos, hubiésemos esperado estas reacciones (todas ellas, algunas de ellas, otras similares) cuando supimos la noticia. Que, en pocas palabras, hoy en día resulta más sencillo predecir lo decadente, lo desagradable, que los gestos constructivos. Y eso es, sí, síntoma de una sociedad enferma. 

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