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Hachiko

Desde niño aprendí que uno era castigado por su maldad. Luego aprendí que también se le castiga a uno por los errores. Finalmente, alcancé la Iluminación de que a uno le pueden castigar por hacer bien las cosas

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Hachiko

Hachiko

Hace unos días acudí a una tienda de animales domésticos para adquirir un producto. Había varias personas en el establecimiento y calculo yo que el doble de cuadrúpedos. Los cánidos ganaban a los bípedos por goleada. Cuando llegó mi turno, el dependiente, sin venir a cuento, empezó a contarme la historia de uno de sus perros. Días atrás, relató, un matrimonio con sus años ya a cuestas había aparecido con su perro para abandonarlo. Lo sorprendente de la historia es que el animal no iba a ser abandonado, como fue, por motivos que, si es que pueden justificarlo, a todos se nos vienen a la cabeza. Lo abandonaba por bueno. Por buenazo. Así, tal cual. Cuando el dependiente llegó a este punto todos nos quedamos en silencio. Me subió por los pies una gran congoja que se quedó todo el día en el estómago.

El dependiente, acto seguido, nos presentó al mencionado. Estaba a sus pies, al otro lado del mostrador. Yo no es que entienda mucho de perros pero los profanos lo hubiéramos encasillado en el tipo ‘raza peligrosa’. Sin embargo, el buenazo aquel, que tenía unas posaderas minúsculas, el pecho de un toro y una cabeza como para celebrar el Año del Dragón, nos miraba con ojos bovinos y húmedos.

Resultaba que el perro, en vez de ir por la acera ofreciendo dentelladas a los viandantes, se acercaba a la gente y le hacía monerías. Yo me imaginaba al propietario tirando de la correa avergonzado porque aquella mala bestia se revelaba un zalamero.

Y me acordé de la historia de Hachiko, el perro fiel que esperó la vuelta de su dueño  en una estación de tren de Japón. Hachiko era de raza Akita Inu y su propietario, EisaburoUeno, era profesor de ingeniería agrícola en la Universidad de Tokio. Ueno tomaba el tren todos los días para ir al trabajo y hasta la estación lo acompañaba Hachiko. Siempre. Luego, cuando el tren partía, el animal, en vez de volver a casa, esperaba en el andén el retorno de Ueno durante horas.

El 21 de mayo de 1925, Ueno partió sin billete de vuelta. Sufrió un ataque cardiaco en la universidad donde trabajaba y murió en el acto. Ese día Hachikolo esperó durante más horas de las habituales. No se movió de la estación en todo el día. Ni el día siguiente ni el otro.Hachiko aguardó en la estación mucho más tiempo de lo que podamos imaginar.

10 años.

Hachiko murió en 1935 esperando a su amigo, sin moverse de la estación.

Desde niño aprendí que uno era castigado por su maldad. Luego aprendí que también se le castiga a uno por los errores. Finalmente, cual pequeño Buda, alcancé la Iluminación de que a uno le pueden castigar no por hacer mal las cosas, sino por hacerlas bien.

Continuamente nos llegan mensajes en donde se apremia a desconfiar de la bondad o, para que no me tachen de cursi, lo correcto. Así que de pequeños nos enseñan a ser buenos chicos y de mayores nos llenan la cara de aplausos.

El corrupto no soporta al ético. En la escuela nos amaestran para no alcanzar nunca la independencia de criterio. El adolescente busca camorra. La mujer o el hombre que eligieron por compañero al más macarra no se acuerdan de aquellos otros que se comportaban decentemente y a los que despreciaron. En la bolsa mediática, la mentira y la media verdad pesan tanto como el oro. Ser un buen profesional, en todos los órdenes de la vida, es motivo de desconfianza. Los animales son colgados de árboles, arrojados vivos al camión de la basura (yo lo he visto), abandonados en tiendas de mascotas por no causar el mal. Así, ad infinitum.

El último epítome de este despropósito es el bombardeo al que estamos siendo sometidos, por unos y otros, acerca de la ‘maldad’ de las elecciones. Las elecciones, que es el pilar de la democracia representativa, son un incordio. Votar es molesto. Votar es una tarea ingrata. Hay que hacer lo posible y lo imposible para que no haya más elecciones. ¿De verdad nos hemos detenido a pensar lo que ha costado que haya elecciones? Pero una y otra vez va calando en el cerebro del receptor la idea de que acudir a las urnas es un mal innecesario y que hay que hacer lo posible para arreglar pactos con el fin de evitarlo. Lo prioritario es no votar.

Y este mensaje no tiene réplica en ningún sitio. Y yo me pregunto: si la inmensa mayoría de la población, esa que contribuye al 90% de la carga fiscal sobre la renta en este país, no pudiera votar, ¿qué sería de ella?

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