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José Antonio

No comparto eso de humanizar a los animales. No lo comparto porque pienso, precisamente, que su animalidad es el gran regalo que nos dan cuando nos relacionamos con ellos

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Perro. | Matthew Wiebe

Perro. | Matthew Wiebe

Ocurrió hace unos meses en un bar en Madrid. Me llamó la atención un hombre que estaba tomando algo en la barra. El hombre tenía a su lado un carricoche y dentro del carricoche en lugar de haber un niño había un perro vestido como un niño, con un impermeable con borreguito por dentro. Era muy feo y tenía los ojos saltones (el chucho) y parecía acostumbrado a ir de acá para allá de esa manera. El hombre llamaba a su perro "José Antonio".  

Un animal, cuando pasa a ser mascota, pierde siempre algo de su animalidad (cambia la caza por el pienso, admite la correa y deja atrás la manada salvaje para revolcarse plácidamente en el jardín). Pero es que una cosa es mitigar la animalidad de las mascotas para favorecer la convivencia (adaptando, es cierto, su animalidad a lo que nos conviene) y otra distinta es querer suprimirla por completo para convertir a los animales en una especie de humanos no humanos.

"Sólo le falta hablar", suspiraba aquel hombre mientras miraba a José Antonio como si fuera un bebé a punto de pronunciar sus primeras palabras. Ya, pero es que no puede hablar porque es un perro, me dieron ganas de decirle. Y no es un problema en las cuerdas vocales. Es que su perro no piensa como piensa una persona, su perro no está a punto de decir nada cuando le mira con sus ojitos de perro. Su perro es un perro y seguirá siéndolo por mucho que lo vista y lo meta en un carricoche.

No comparto (aunque puedo comprender por qué ocurre) eso de humanizar a los animales. No lo comparto porque pienso, precisamente, que su animalidad es el gran regalo que nos dan cuando nos relacionamos con ellos. Lo mejor de convivir con un animal es que esa presencia animal nos ayuda a conectar con lo esencial cada vez que los observamos, que los contemplamos. Un animal en casa nos ayuda a reencontrarnos con ese animal que hay en el fondo de nosotros mismos y, como consecuencia, nos sacudimos de encima (igual que se sacuden de encima el agua los perros) un poco de nuestra vanidad (tan humana, tan fatigosa, que tanto pesa). No hay que buscar en el fondo del animal a un humano que no existe porque lo mejor del animal, precisamente, es su falta de humanidad.

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