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Paraguas

La irrelevancia es una cosa terrible. Significa que uno reclama atención por encima de un tumulto de voces y ojos que ni escuchan ni miran. Genera impotencia, amagos de rebelión y, finalmente, fatalismo.

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Hay que haber nacido en un sitio con sol, donde la lluvia es una casualidad, para saber lo que vale un cielo azul. Y hay que irse a vivir 1.000 kilómetros al norte para saber lo que vale un paraguas. Se puede hacer un experimento: dadle un paraguas a un andaluz y esperad. El andaluz y el paraguas se mirarán primero con desconfianza y después con curiosidad, estudiándose como dos vecinos que coinciden en un burdel. El andaluz reconocerá vagamente el artilugio y recordará aquella primavera lejana en la que llovió cuatro días de la misma semana. El paraguas se acostumbrará poco a poco a la falta de práctica de su nuevo dueño, que lo olvida cada dos por tres y vuelve una y otra vez a la cafetería para preguntar si no ha dejado junto a la barra una cosa alargada que evita que uno se moje en la calle. Hasta aquí la introducción. ¿Cuál es la moraleja? Ninguna.

La moraleja es irrelevante, como el PSOE y las huelgas con servicios mínimos del cincuenta por ciento. La irrelevancia, dicho sea de paso, es una cosa terrible. Significa que uno reclama atención por encima de un tumulto de voces y ojos que ni escuchan ni miran. Genera impotencia, amagos de rebelión y, finalmente, fatalismo.

El PSOE es el partido que durante más tiempo ha gobernado en España desde que la muerte hiciera bien su trabajo quitándonos de encima la dictadura. Hace cuatro años los socialistas tenían mayoría en el Congreso; hoy el partido cae y sigue cayendo, encuesta tras encuesta, sin encontrar nunca el suelo. Para escapar de la irrelevancia, al PSOE le queda la bala de Andalucía, donde los paraguas vegetan secos en los desvanes y la lluvia es un artículo de primera necesidad.

Susana Díaz tiene una hoja de ruta: una victoria en marzo, adiós Sevilla, qué tal Madrid, primarias y soñar es gratis. Mientras Pedro Sánchez intenta convencernos de que es el yerno ideal envuelto en una premonición sombría que lo hace caminar cada vez más cargado de hombros, Díaz lima el cañón de sus escopetas y prepara el atraco a Ferraz.

El sur es la última fortaleza del PSOE, que nunca ha perdido el poder en Andalucía. Presidente a presidente, todos han aguantado a base de prometer a los andaluces un futuro esplendoroso mientras toreaban porcentajes de paro cercanos al cincuenta por ciento en algunas provincias. Las cosas no han cambiado mucho. De hecho, han cambiado tan poco que parece que no han cambiado nada. Y sin embargo, Susana Díaz sueña con aplicar en España la receta del PSOE en Andalucía (suponiendo que tal cosa exista) para iniciar una reconquista a la inversa, desde el sur hacia el norte, que tiña de rojo el país. 

Andalucía es demasiado inexplicable. Los paraguas se venden con manual de instrucciones y la crisis es tan endémica que cuesta trabajo tomársela en serio: mientras nadie cancele el programa de Juan y Medio, el apocalipsis se aplaza de semana en semana. Si se le pregunta a un andaluz qué tal le van las cosas, siempre responderá que tirando. En Andalucía se tira. Y se vive con la despreocupación de quien ya no se cree nada y, por tanto, no puede ser defraudado. En ese escenario, el PSOE renueva mandato una y otra vez, apoyado en la incapacidad histórica del PP para presentar un candidato que no provoque náuseas en el electorado. Díaz ve salir el sol desde el Palacio de San Telmo y cree en la posibilidad de extrapolar Andalucía al resto de España. Un error, claro, porque en el resto de España los paraguas no son casualidades. La moraleja, como siempre es irrelevante. Yo quería hablar de la lluvia.

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