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Síndrome de resignación

Debemos asumir, como canta la poeta africana Ndèye Coumba, que en nuestro destino está inscrito el destino del mundo, y viceversa.

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Niña refugiada en Idomeni. | EDUARDO RIVAS

Niña refugiada en Idomeni. | EDUARDO RIVAS

No parece exagerado, viendo el panorama, afirmar que en España hay unos cuantos —muchos— millones de personas mansas, resignadas, y que esa rendición, escondida tras encendidas discusiones individuales y cada vez menos acciones colectivas, no deja de crecer.

No sólo es que varios millones claudiquen ante la corrupción flagrante e indecente que asola al partido en el Gobierno, sino que la mayoría, por acción u omisión, tragamos con que personas a todas luces incompetentes conduzcan el destino de todo un país, con una política que pone los intereses de la banca y las grandes empresas por delante de las personas y tiene en la mentira su instrumento, con medios de comunicación con mucho opinódromo, demasiado todólogo y casi ninguna legitimidad, con un poder judicial poco o nada independiente y escorado a la derecha, con una ciudadanía crispada que le empieza a coger gusto al tic ultra… Soportamos estoicamente un panorama que, sin exagerar, puede calificarse de desastroso.

Resignarse es tirar la toalla, abandonarse, renunciar al futuro y al cambio, caer preso de la negatividad. Lo que ocurre a mucha gente deprimida, vaya: no en vano, el Reino de España ocupa el cuarto lugar en el ranking de países depresivos según la Organización Mundial de la Salud, con 2,4 millones de casos según datos de 2015. Y pasa que, en vez de promover un profundo cambio, como el que se propuso en 2011 en las plazas, y que sería el correlato social de hacer frente al problema, nos hemos resignado y dejado comer por la depresión —y la corrupción, la precariedad, la explotación…—. Esto ha provocado que la utilización de medicamentos antidepresivos se haya triplicado en los últimos años, según datos de la Agencia Española de Medicamentos. Una mala estrategia, creo, pues tendríamos opciones para llevarlo de otra manera.

Sin embargo, hay quien está mucho peor que nosotros, hay quienes sufren una resignación mucho peor, más sangrante e incapacitante: las niñas y niños refugiados. Resulta que hay una enfermedad asombrosa y extraña que sufren niñas y niños de familias refugiadas cuando se enteran de que el país en el que buscaban refugio les rechaza y van a ser deportados con sus familias: lo llaman «Síndrome de resignación». Sólo se ha producido en Suecia, pero van ya cientos de casos y se especula con que pueda haber miles. La noticia se conoció por vez primera fuera de Suecia el año pasado por un artículo en el New Yorker, aunque lleva ocurriendo dos décadas para desconcierto de los médicos y psicólogos.

Las niñas y niños que la padecen, de quienes se ha descartado que tengan problemas físicos ni neurológicos previos, caen en una especie de coma, en el que quedan totalmente inmóviles, retraídos, mudos, incapaces de comer y beber, incontinentes y dejan de reaccionar ante los estímulos físicos o el dolor. Renuncian a vivir cuando sienten toda la dureza de la exclusión.  

Este síndrome me trae a la mente a lo que Giorgio Agamben estudia en 'Lo que queda de Auschwitz', la figura de los que llamaban «musulmanes» en los campos de concentración: los resignados absolutos, hombres convertidos ya en sombras, perdida toda su humanidad, sin voluntad ni conciencia, y a quienes los demás preferían no acercarse, probablemente por el abismo que se abría en sus rostros, el vacío. Y es que pienso siempre en el paralelismo tétrico que tiene el abandono y persecución de las personas refugiadas y migrantes con ese agujero negro de la historia humanidad que fue el nazi-fascismo.

Luego tenemos ya casos más «normalitos» como depresiones, autolesiones y suicidios, que no dejan de producirse, por ejemplo, en Grecia. Y no sólo en adultos, entre los que los hay que se han quemado a lo bonzo: Save the children ya ha informado de  una marea de autolesiones y depresión en niños menores de 9 años y de intentos de suicidio entre niños de 12. En el colmo de la 'resignación', esta vez ante la evidencia de la muerte, se encuentran quienes hallan su final en medio del frío, de los que van ya, al menos, 19.

Pero, pobres de nosotros, qué podríamos hacer los ya casi rendidos españoles —y pensar que hace sólo siete años éramos, cuando menos,  «indignados«»— para evitar que las personas refugiadas sin refugio lleguen a esos niveles de resignación suicida: supongo que por eso no ardieron las redes el día que Zoido, uno de los incompetentes que causa nuestra propia resignación, decidió meter a personas que huían de la guerra y el hambre en una cárcel sin delito alguno;  por eso tampoco colgamos pancartas en las ventanas ni hicimos caceroladas cuando la Guardia Civil disparó a bocajarro a personas indefensas en las aguas —y las instituciones no se dignaron ni a escuchar a sus familias— o cuando aparecieron una veintena de cuerpos ahogados cerca de nuestra costa; por lo mismo no salimos en tromba, cual día de victoria de la Roja, cuando se incumplió la cuota de refugiados… Y, bueno, cabe deducir que vayamos a hacer de poco a nada si mantenemos este estado de conformismo, mansedumbre, sumisión... resignación. 

Entre los miles de momentos «históricos» que estamos viviendo —de la independencia de Cataluña a la Gala Final de OT—, tengo la persistente sensación de que será, justamente, el abandono de las personas que buscan refugio, basculado entre el quasi-nazismo de unos y la banalidad del mal de otros, lo que nos catapulte a los anales de la historia. Y me pregunto si sirve de algo repetir, una vez más, que sus derechos son los nuestros, que debemos asumir, como canta la poeta africana Ndèye Coumba, que en nuestro destino está inscrito el propio destino del mundo, y viceversa.

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