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Trampantojos políticos

A veces los gobernantes del PP parecen ser artistas del trampantojo: lo que no hacen parece realidad y lo que hacen no debería serla.

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Nuestros ojos –y nuestras orejas no pueden soportar esta carga de despiste político. Asistimos atónitos al espectáculo preelectoral en el que la parte sustituye al todo (cabinas a teleférico), van por el mar y las ciudades se reinventan antes de inventarse. Es agotador.

Nos habían dicho que los teleféricos eran un imán del maná divino que atraerían turistas y dinero como el estiércol llama a las moscas. Y nos lo creímos: somos fieles ovejas del rebaño mayoritario y silencioso. También nos habían dicho que la inversión privada es un chollo, que levanta infraestructuras en nuestro nombre y que solo quiere su parte del pastel, que para eso arriesga y se la juega. Pero la realidad es que no hay inversores que se mojen, no hay banco que aguante la estafa y que, una vez más, serán los cántabros con sus impuestos los que avalen el riesgo cero de unos tipos que se hicieron la foto con Ignacio Diego antes de poner un ladrillo, de tener licencia o de contar con el aval bancario pertinente. Un trampantojo.

Y es que el pobre Diego, triste desde su soberbia paralizada, hombre de balneario y discurso de seminario, se mete en proyectos imposibles sin la munición adecuada de infografías y presupuesto. Soñaba con una Cantabria de campos de golf sobre los que volaran cabinas de teleféricos que nos llevaran al aeropuerto Severiano Ballesteros que no existe. Su rival interno –aunque estos elegantes hombres de la derecha no se pelean en público es mucho más pragmático. Mucho proyecto minúsculo, mucho humo infográfico pero con una altísima visibilidad. Vamos, un mago del trampantojo urbano.

Íñigo de la Serna, por ejemplo, acaba de inventarse una de sus genialidades: dar unos brochazos aquí y allá para maquillar la capital de donde huyen los habitantes y hacerlo por cuatro euros. La dramática institucionalización del arte callejero deja varias cosas claras: a los artistas hay que tratarlos como desempleados, los espacios urbanos se pintan cuando el alcalde lo decide y luego las bonitas fotos resultantes se utilizan en los folletos del PP de Santander para que nos cuente como la ciudad se reinventa con la "participación ciudadana". Trampantojos en paredes abandonadas, en puertas que ya no llevan a ningún hogar, la constatación de que una ciudad no se construye: se maquilla.

Una trampa para el sentido común ha sido la jugada de la Senda Costera. Después de una serie de errores sin fin y de imposiciones de cemento y madera, hay que traer a la ministra de las inauguraciones para mentir a la opinión pública y decir que la senda se modificará en respuesta al "sentir mayoritario" cuando lo que se va a aceptar es el mal parche que se han inventado en el Ayuntamiento.

De estos nos quedan muchos. Será difícil que nuestros ojos resistan la trampa que van a sufrir desde ahora hasta noviembre: una decena de inauguraciones parciales del nuevo hospital de Valdecilla que tratarán de tapar la privatización de muchos de sus servicios y la dependencia de unas empresas privadas que, de subcontrata en subcontrata, ponen en riesgo la prestación del servicio y la seguridad, incluso, de sus trabajadores.

Van a ser meses duros si no aprendemos a distinguir la trampa de la realidad, la ficción pintada con dinero público y aprovechándose de la necesidad de algunos ciudadanos de la mentira pura y dura con la que nos van a obligar a desayunar.

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