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El ánimo y el tiempo

Pocas tristezas son tan desoladoras como las que nos invaden en esos días soleados en los que la luz lo llena todo. Mejor una tristeza en el frío, cuando el tiempo nos empuja al recogimiento.

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ANA MARTÍN

ANA MARTÍN

El tiempo influye en el ánimo. No me refiero exactamente a que el tiempo nos empuje a estar alegres o tristes. Me refiero más bien a que nos predispone para un tono vital y a que ese tono vital nos puede llevar por caminos distintos a matices diferentes dentro de cada emoción que sentimos. Porque no todas las alegrías son iguales, ni todas las tristezas. Pocas tristezas son tan desoladoras, por ejemplo, como las que nos invaden en esos días soleados en los que la luz lo llena todo y todo está invadido por pantalones cortos, vestidos de tirantes, helados, chanclas.

Estás ahí, en la terraza, con la cerveza con su espuma de cerveza y las aceitunas y el buen tiempo y la gente en traje de baño, jugando a las palas o dándose un chapuzón. Estás ahí, en ese día abierto a la vida y ves las carcajadas, los cuerpos untándose crema solar los unos a los otros y tú ahí viéndolo todo con tu tristeza de verano porque ese día te has levantado raro, porque es imposible aparcar junto a la playa o por lo que sea. Pues esa tristeza es de las peores. Mejor una típica tristeza de invierno, cuando llueve y hace frío y el tiempo nos empuja al recogimiento. En invierno uno está triste en el sofá, o en la cafetería mientras afuera truena, o en el coche mientras no paran de moverse los limpiaparabrisas y así, en la intimidad, hasta se le coge cariño a la tristeza.

Con la alegría pasa igual. La alegría que llega en los días oscuros, en el frío, tiende a ser más íntima, algo así como un animal de compañía que uno esconde bajo el abrigo y acaricia a escondidas. La del verano es una alegría que sale por la piel, una alegría que nos desborda como un sudor de risas (o algo así). Todo esto, creo, tiene que ver con la temperatura: el calor nos empuja a desvestirnos y nuestra piel comienza a tocar directamente las cosas, la luz, la arena, el agua, el aire; el frío, en cambio, nos obliga a esconder el cuerpo, a protegerlo tras capas de camisetas, camisas, jerséis, gorros, guantes, abrigos.

Creo que el tono vital se mimetiza con lo que hace el cuerpo y, en función del tiempo, se recoge como un caracol dentro de su concha o se muestra. Se puede sentir de todo en todas las estaciones del año para el color de la emoción no es el mismo, igual que no son iguales todos los verdes ni todos los negros ni todos los azules. A mí las alegrías del invierno, que tienen algo de vibrar secreto, me gustan mucho. Y las del verano, que son más exultantes, me gustan también. Creo que no podría renunciar a ninguna. En cuanto a las tristezas, me quedo sin duda con las tristezas del invierno porque no hay nada más triste que las tristezas que llegan cuando la vida se está descojonando.

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