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El otro autobús

Plataformas, pelucas, brillos, canciones de los ochenta y tres reinonas cruzando el desierto australiano en un autobús. Solo que este es rosa. Y está lleno de plumas.

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"Priscilla", lo mejor de la música disco a ritmo "drag queen"

Imagen del musical 'Priscilla, la reina del desierto'. EFE

El pasado domingo pude ver el autobús en Santander, pero no ese naranja de los penes (o la ausencia de los mismos), sino el que recorre el interior de Australia en un viaje desquiciado bajo el nombre de Priscilla, en un espléndido musical representado en el Palacio de Festivales.

La presencia de un cántabro, Jaime Zataraín, en uno de los papeles principales, le ponía una pizca más de interés a un montaje atrevido y gamberro que, sin embargo, guarda dentro de sí mucha más profundidad que la estridencia de la música ochentera o el brillo eterno de la purpurina.

Porque si algo transporta a bordo la Reina del Desierto es la interminable lucha del individuo por aceptarse a sí mismo. Frente a las normas establecidas, frente a la brutalidad social, frente al hecho diferencial, pero sobre todo frente al espejo.

No es sencillo representar, sobre las reducidas dimensiones de un escenario, un viaje a ninguna parte en el interior de un autobús rosa que atraviesa el outback desde la modernidad de Sydney hasta un remoto casino en Alice Springs, arrollando a su paso koalas, canguros, cerveza, ópalos y -sobre todo-, muchos prejuicios, que no son exclusivos de los paletos australianos.

Así, entre inflexiones afectadas de voz, evocaciones de Madonna y vestidos de mamarracho, el espectador no tarda en descubrir el conflicto interno que viven los tres protagonistas en esa huida hacia adelante para enfrentar, cada cual, sus propios fantasmas: la vejez, la paternidad y, en definitiva, el miedo al rechazo. Miedo que se oculta bajo capas de maquillaje y trazos de eye-liner, pero miedo al fin.

La brillantina, las pelucas, el vestuario excesivo, el lenguaje a medio camino entre lo pretencioso y lo soez, no contienen del todo esa caja de resonancia, llena de sufrimiento, que subyace en los personajes por muchos rulos, neumáticos y fiestas que abrasen en este trayecto inacabable hacia sí mismos.

"Si algo transporta a bordo la Reina del Desierto es la interminable lucha del individuo por aceptarse a sí mismo"

En cierta ocasión leí que Australia es el lugar del mundo donde viven más bichos que pueden matar a un ser humano, pero lo que queda claro a lo largo de esta historia es que los más peligrosos tienen dos patas y se muestran especialmente hostiles y agresivos ante aquellos congéneres que son diferentes, que tienen un pelaje distinto.

Por eso, estas reinas del desierto chocan enseguida con la dolorosa verdad de que, por muchos espacios abiertos que encuentren, por muchas noches estrelladas que compartan, por muchos cielos rosas que transiten, solo encontrarán cierta seguridad en la multitud de la gran ciudad, donde habitan otros individuos tan raros o más que ellos.

Y es que, tal y como afirma una Bernardette desgarrada, espléndidamente interpretada por José Luis Mosquera, "los caballeros son ya una especie en extinción".

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