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La insoportable levedad del Ser (Humano)

Cada segundo que pasa tengo más claro que, en esta era de la información, la enfermedad más preocupante ya no es ni el cáncer ni el sida ni el ébola; el mal más extendido en estos días es la tortícolis que nos produce estar mirando permanentemente hacia otro lado.

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La mayoría de nuestros días vivimos perseguidos por un estresante maremoto maníacodepresivo del que nos es muy difícil escapar. El maravilloso mundo de las nuevas tecnologías, lo llaman. Y aunque (efectivamente) este ente tiene muchos efectos beneficiosos, las cadenas con las que estamos atados a su sabor nos impiden degustar las cosas con la libertad y la relajación necesarias.

Por eso he aprendido a valorar como nadie la tranquilidad de determinados días de desconexión; ese regalo que por mucho que se empeñe Prometeo nunca-jamás podrá igualar. Disfruto, por ejemplo, del momento en el que mi vecina me saluda con una sonrisa en la boca, del instante en el que un niño pequeño le deja su asiento a una embarazada en el autobús o del segundo en el que observas a alguien llevándole un café con dos bollos a un indigente.

Del mismo modo, siempre que puedo y para regocijarme de esos instantes, me gusta relajarme al abrigo de un sofá orejero que tiene la extraordinaria capacidad de detener el tiempo y de romper todas las leyes de la Física necesarias para que el mundo real parezca mucho más tierno de lo que es.

Pues bien, esta semana estaba disfrutando de uno de esos momentos cuando puse las noticias en un descuido y…

-¡Sigue al conejo blanco, Alicia o Neox o quién demonios seas!-, me gritó un sombrerero loco mientras me golpeaba con una pala mental en el estómago; abruptamente; a quemarropa; sin clemencia.

Lo que estaba siendo un viaje por el País de las Maravillas, se tornó en una oscura pesadilla que me empujó nuevamente hasta el centro mismo de mi infierno interior (2.0). Maniatado, caí por una madriguera mucho más terrible que la de estar obligado a ver todos los capítulos de 'Mujeres, hombres y viceversa' o la de escuchar cien veces seguidas una selección de los peores temas del reggaeton (o mejores, que da igual).

¡Lo que puede hacer un solo boletín de radio!

Escondidas tras una serie de informaciones sobre las elecciones, la corrupción y el fútbol, descubrí dos noticias que abrieron en canal el dulce sueño en el que estaba y que me recordaron el contenedor de biohazard en el que vivimos. La primera de ellas tenía como protagonista a un inmigrante al que una red ilegal había ofrecido comprarle un riñón. ¡Qué sucia ironía! Vender una parte de tu cuerpo para poder seguir alimentando a las demás.

¿En qué nos hemos convertido los seres humanos? ¿En serio hay alguien que pueda defender este sistema económico tal cual está? ¿Es que podemos dejar morir de hambre a millones de personas mientras otros juegan a algo tan intangible como el fantasma en el que se ha convertido la bolsa?

La segunda de las noticias trataba sobre un multimillonario chino (un tal Li Hejun) que había perdido en la bolsa 14.000 millones de dólares en media hora (CATORCE MIL MILLONES en MEDIA HORA). Más o menos la mitad de su patrimonio.

Cada una de estas informaciones, por sí solas, me hubiera enfurecido hasta alcanzar el nivel AlPróximoQueMeDigaAlgoLeEncierroEnUnaFábricaDeQuesosOlorososDeCamembertDuranteUnMes. Sin embargo, las dos al unísono convirtieron mi mente en un cuadro de Francis Bacon.

A un pobre hombre le ofrecen dinero (y le presionan fuertemente) para vender parte de su cuerpo (al precio de 6.000 euros el riñón) y otro pierde 14.000 millones de dólares en media hora (más de dos millones de riñones, por emplear la misma biomoneda). Demoledor.

Algunos pensarán que es normal que se produzcan estas situaciones, que la redistribución de la riqueza es algo de rojos o que nos vayamos a vivir a Corea del Norte los que pensamos que esto no puede ser así. En fin, los estúpidos mantras son el color de moda. Sin embargo, lo cierto es que el último informe sobre la riqueza de Oxfam constata que 85 personas tienen más dinero que 3.500 millones de habitantes de este planeta. Sí, 85 más que 3.500, 14.000 millones en media hora, 6.000 euros por un riñón.

¿En qué nos hemos convertido los seres humanos? ¿Ése es el mensaje de nuestras religiones? ¿En serio hay alguien que pueda defender este sistema económico tal cual está? ¿Es que podemos dejar morir de hambre a millones de personas mientras otros juegan a algo tan intangible como el fantasma en el que se ha convertido la bolsa? ¿Por qué no se hace nada?

Desde mi sofá orejero, en la semioscuridad del anochecer, con mi desconexión tristemente desconectada, cada segundo que pasa tengo más claro que, en esta era de la información, la enfermedad más preocupante ya no es ni el cáncer ni el sida ni el ébola; el mal más extendido en estos días es la tortícolis que nos produce estar mirando permanentemente hacia otro lado.

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