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Mi sobrino

A las cinco llama siempre a la puerta. En realidad, él llega cada lunes diez minutos antes porque tiene miedo a que suceda algo en el camino y no quiere bajo ningún concepto retrasarse. Pero como tampoco le parece bien llegar antes de tiempo se queda esperando en la acera mientras mira una y otra vez el reloj. 

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Mi sobrino es un poco especial. Todos los lunes viene a buscarme para que vayamos juntos a pasear. Llevamos años así. Los lunes que no puedo él se deprime muchísimo y me deja de hablar unas semanas. Bueno, en realidad él nunca habla demasiado pero cuando se enfada habla menos aún de lo habitual. Así que prefiero no faltar ningún lunes y si tengo que hacer algún viaje intento irme el martes y volver el domingo. Cuando suena el timbre yo ya suelo estar preparado porque mi sobrino es muy puntual. A las cinco llama siempre a la puerta. En realidad, él llega cada lunes diez minutos antes porque tiene miedo a que suceda algo en el camino y no quiere bajo ningún concepto retrasarse. Pero como tampoco le parece bien llegar antes de tiempo se queda esperando en la acera mientras mira una y otra vez el reloj.

Cuando falta un minuto para que den las cinco se aproxima a la puerta y no quita ya su vista del segundero. A las cinco en punto llama al timbre. Ya me he acostumbrado a estas cosas y nunca lo invito a pasar a la casa, aunque sepa que cada día que va a buscarme  él espera diez minutos en la calle. Ni siquiera cuando llueve, graniza o hace un frío espantoso le invito a entrar. Porque él lo que quiere es llegar a las cinco. Nada más vernos lo primero que hace es mirarme a los ojos y decirme una cifra a la que va descontando, cada semana, los días que han pasado. Ayer lunes me dijo: 232.

Cuando paseamos solemos estar un rato en silencio. Al principio le hablaba de mis cosas y procuraba entablar una contestación pero a él mis cosas no le interesan demasiado. Así que caminamos sin decir nada hasta que mi sobrino decide comenzar a hablar. Lo nuestro no es una conversación porque él se limita a repetir una y otra vez las mismas cosas. Normalmente empieza por los nombres y las fechas que ha memorizado a lo largo de la última semana: Marta Rodríguez López, 17 de noviembre de 1999; Alberto Castañón Martín, 23 de enero de 2004; Rogelio Alonso Manrique, 3 de julio de 1956.  Puede estar así varios minutos. Yo nunca le interrumpo y caminamos por el parque o la alameda mientras él va repitiendo fechas y nombres en voz muy alta.

Como el pueblo no es muy grande todo el mundo nos conoce y a casi nadie le extraña. Mi sobrino memoriza las fechas de defunción. Se le suele ver en el cementerio aprendiendo una tras otra las fechas de las lápidas. Se sabe de memoria todos los nombres y fechas del cementerio y acude varios días a la semana para aprender las nuevas y repasar las que ya conoce. Las de nacimiento nunca se las aprende, una vez le pregunté por qué no lo hacía pero no me respondió. Si durante nuestro paseo alguien se detiene a saludarnos mi sobrino le suele recordar a esa persona los nombres y fechas de defunción de sus familiares más cercanos. Es inofensivo pero a la gente le resulta un poco incómodo que alguien vaya repitiendo una y otra vez esas cosas, así que no le hacen mucho caso y casi todo el mundo lo rehúye.

Al terminar el paseo solemos acabar en el bar de Agustín tomando un café con leche. Yo le entrego en ese momento las esquelas publicadas en el periódico durante la última semana y él las memoriza una detrás de otra. Solo levanta la vista para recordarle a Agustín cuando murieron su madre, su padre, su hermana pequeña y sus abuelos.

Al terminar el paseo solemos acabar en el bar de Agustín tomando un café con leche. Yo le entrego en ese momento las esquelas publicadas en el periódico durante la última semana y él las memoriza una detrás de otra. Solo levanta la vista para recordarle a Agustín cuando murieron su madre, su padre, su hermana pequeña y sus abuelos. Agustín, que ya está acostumbrado, dice que eso le ayuda a tener los pies en la tierra y no se lo tiene muy en cuenta. En los otros tres bares del pueblo no piensan lo mismo así que cuando paseo con mi sobrino acabamos tomando el café con leche siempre en el mismo sitio.

Si en la televisión del bar dan una película mi sobrino comienza a decir en voz muy alta, si los sabe, los nombres de los actores y las fechas en que murieron: Paul Leonard Newman, 26 de septiembre de 2008; Ava Lavinia Gardner, 25 de enero de 1990; John Wayne, 11 de junio de 1979; Katharine Houghton Hepburn, 29 de junio de 2003; James Byron Dean, 30 de septiembre de 1955. Y hace lo mismo si en la televisión aparecen escritores o políticos o presentadores ya muertos. Causa más desasosiego cuando además de dar la fecha de defunción calcula el número de días que cada persona lleva muerta, algo que hace con una rapidez y exactitud que a todos nos asombra. A Agustín, por ejemplo, le recuerda cada lunes que su madre lleva 5.432 días muerta, o 5.438 días muerta, o 5.445 días muerta. 

Lo peor de todo es que a veces, en muy raras ocasiones, mi sobrino se queda mirando a una persona muy fijamente, la mira como si hubiese tenido una revelación, y dice de pronto un número: 12.357, por ejemplo, o 15.345, o 3.612. Y a partir de ese momento cada vez que vuelve a ver esa persona la mira de nuevo fijamente a los ojos, le recuerda su número y descuenta los días que han pasado: 12.333, o 15.304 o 3.608. Nadie quiere hablar mucho de eso y bromeamos diciendo que es un joven un poco especial y que lo que dice no tiene demasiada importancia. Pero en el fondo todos estamos un poco inquietos y nadie quiere que mi sobrino le mire a los ojos y le diga un número concreto. Y cuando lo hace son pocos los que pueden evitar, una vez que se han quedado a solas, echar cuentas en la calculadora y mirar con cierta pesadumbre el calendario.

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