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Las últimas navidades de un niño de siete años

Uno de los actos más humanos, navideños, maravillosos, entrañables, religiosos, agnósticos o ateos que soy capaz de recordar: unos ciudadanos cambiaron su mundo para que un niño pudiera ser feliz una última vez antes de morir.

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Los ayuntamientos aumentan las horas de encendido navideño un 9 por ciento

Una calle con la tradicional iluminación navideña. EFE

Es 24 de octubre, sábado. Mis ojos están en la localidad canadiense de Saint George y lo único en lo que puedo pensar es que todo el mundo aquí se ha vuelto loco. Abetos, renos y toda clase de adornos luminosos pintan las calles de este pueblo cuando aún faltan dos meses para la Navidad.

- ¿¡Qué demonios está sucediendo!?- gritan mis entrañas mientras especulan con la posibilidad de estar asistiendo al primer episodio de una serie de televisión que bien pudiera llamarse The Walking Christmas.

Atónito, observo cómo los 3.000 habitantes de este lugar aplauden y disfrutan de su tradicional desfile de carrozas en la avenida principal. Desde sus vehículos, los bomberos, los policías y un desmejorado Santa Claus saludan con descaro a la multitud.

Toda una postal navideña que se rompe en el momento en el que me fijo en algo poco usual: junto al viejo barbudo, en lugar de uno de sus caprichosos duendecillos, viaja un niño de siete años que no puede creer lo que está viviendo. Su nombre es Evan Laversage.

- ¿Pero por qué estamos celebrando la Navidad ahora?- le pregunta el chaval a su madre.

- Porque todo el mundo te quiere- le contesta emocionada su progenitora.

La lotería de la vida

Cinco años de tratamientos, la parálisis de un brazo y de una pierna y un último veredicto demoledor: Evan tiene un cáncer terminal contra el que ya no se puede luchar. No va a llegar a Navidad.

Leo las diferentes informaciones que encuentro por internet sobre este chico mientras intento sujetar (en balde) un océano de lágrimas. Paladeando cada palabra, imagino la lucha de su familia, la recepción de la aciaga noticia, el esfuerzo dejado en cada una de las batallas libradas, las ilusiones truncadas por la injusta lotería de la vida… ¡qué despiadadamente caprichosa puede llegar a ser la diosa Fortuna!

El milagro

Pero la vida, a veces, te enseña que la tristeza y el dolor pueden caminar junto a la ternura y la alegría por el mismo camino. Con el golpe aún en las fosas nasales, los allegados de este crío tomaron la decisión de organizarle una bonita despedida junto a sus familiares y amigos. Como casi todo en la vida, sólo tuvieron que proponérselo. Hicieron los preparativos, decoraron la casa, mandaron las invitaciones y se prepararon para celebrar la Navidad en su hogar, con Evan, en octubre; así de sencillo.

Lo que nunca pensaron es que, lejos de permanecer tristes y callados ante la inminente muerte del chico, los ciudadanos de Saint George se iban a enterar, iban a querer participar de aquella fiesta e iban a obrar un milagro. Imaginadlo: un pueblo entero toma la decisión de adelantar la Navidad dos meses porque es lo que necesita para sonreír un niño que se está muriendo.

Feliz Navidad

- ¡Feliz Navidad!- nos gritamos a pleno pulmón de un lado a otro de la calle cuando se acercan estas fechas (que llamamos entrañables). – ¡Feliz Navidad!- le decimos a la cajera del supermercado cuando hacemos acopio de langostinos, caracoles y esos embutidos con su recién estrenado estatus de cancerígeno-procesado. – ¡Feliz Navidad!- deseamos a nuestros amigos mientras la falsa felicidad se nos cae de nuestros vacíos bolsillos.

¡Cuán extraño es ese espíritu que se adueña de nosotros y que nos empuja a comprar y a sonreír un poco más de lo habitual! Comemos y bebemos como si no hubiera mañana, le damos a nuestros triglicéridos mando en plaza y adornamos nuestra casa y nuestras calles con luces para que no se nos olvide que hoy es Nochebuena y que mañana… que mañana Dios dirá.

Por unos días, escondidos detrás de toda esa niebla de hipocresía comercial, borramos de la memoria que los niños se siguen muriendo en los hospitales, que a la gente la siguen desahuciando de su casa, que los aviones siguen vomitando bombas en las zonas de guerra y que muchos, muchísimos, muchisisísimos seres humanos siguen sin tener nada que celebrar; ni con qué hacerlo.

Olvidamos semiadrede que ni una de esas luces que derrochan energía ni uno solo de nuestros belenes ni una de nuestras palabras ni, mucho menos, la programación especial de TVE tienen sentido alguno sin la verdadera intención de cambiar el orden de las cosas, de cambiarnos a nosotros mismos, de cambiar… lo que sea que podamos cambiar.

El 24 de octubre de 2015 fue Navidad en un pueblo de Canadá. Navidad de verdad, con mayúsculas; NAVIDAD. A los habitantes de Saint George no se les llenó la boca con buenas intenciones ni se felicitaron porque lo dictaran las leyes de la física, las grandes marcas, el calendario o los falsos profetas. Esa gente abrió su corazón de par en par y realizó uno de los actos más humanos, navideños, maravillosos, entrañables, religiosos, agnósticos o ateos que soy capaz de recordar: unos ciudadanos cambiaron su mundo para que un niño de siete años pudiera ser feliz una última vez antes de morir. Madre mía, eso sí que es Navidad.

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