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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Gobernar con planes, enseñar sin tiempo

Santander

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El otro día, un compañero con amplia experiencia en el aula me confesaba, casi con vergüenza, que durante los últimos años tiene la sensación de no llegar. Sin embargo, sí que lo hace. Las clases salen adelante, las guardias se cubren, las evaluaciones se entregan, las familias se atienden y el centro funciona. Lo que realmente sucede es que ese “llegar” tiene truco: trabajo a deshoras y fines de semana que parecen prolongaciones del horario lectivo. Lo que lamentaba no era incumplir con sus obligaciones laborales –todo lo contrario-, sino poder hacerlo con el tiempo necesario.

A pesar de que ese “no llego” pueda parecer un juicio íntimo y personal, como si la realidad fuese que no es capaz de planificar bien su tiempo, lo que en realidad está sucediendo es que la burocracia, esa gestión administrativa o documental, ha dejado de funcionar como una herramienta que facilita y mejora la labor docente. El papeleo invade al enseñante. Cada hora que tiene que dedicar al exceso de demandas administrativas es una hora menos que puede dedicar al alumnado.

La Confederación de STEs ha publicado recientemente los resultados de una macroencuesta estatal sobre las causas del malestar docente. El documento corrobora que la sobrecarga burocrática se ha convertido ya en la primera preocupación del profesorado, por delante de la reivindicación histórica de la bajada de ratios. En Cantabria, el 95% del profesorado considera el exceso de burocracia asfixiante y perjudicial para su labor.

Con la concatenación de cambios legislativos, los centros educativos viven con la sensación de una mudanza permanente. En estos últimos años, la lista de tareas que recaen sobre los hombros del profesorado ha crecido de manera exponencial: programaciones cada vez más atomizadas, complejas evaluaciones que exigen más tiempo que la preparación de las propias clases, actas y más actas, informes individualizados, memorias por todo y para todo, un sinfín de documentación para justificar los planes de centro o coordinaciones… Porque sí, el papel lo soporta todo, pero la realidad es mucho más complicada.

Una de las grandes apuestas del departamento de Educación es la innovación y mejora de la calidad educativa a través de más planes y proyectos. Nadie podría discutir que muchos de los objetivos que plantean son, cuanto menos, valiosos. Ahora bien, el problema que esconde la letra pequeña de estas líneas de trabajo de la Consejería son más reuniones –en ocasiones, inútiles-, más coordinaciones interminables y montañas de documentación e informes sin, por supuesto, el reconocimiento de horas que realmente precisan este tipo de actuaciones para su implementación si el objetivo último es la mejora de la calidad del sistema educativo.

Es inadmisible que esa supuesta mejora se reduzca a medidas enmascaradas con nombres grandilocuentes: digitalización, plurilingüismo, inclusión, o lo que toque. Si la Consejería de Educación –con Sergio Silva al frente- y la Dirección General de Calidad y Equidad Educativa y Ordenación Académica –encabezada por José Luis Blanco- piensan que de verdad estos planes son prioritarios, que lo demuestren. Y que lo hagan con la única moneda que importa, es decir, con los recursos humanos y la dedicación horaria necesarios para que el profesorado pueda desarrollarlos sin descuidar el resto de labores que implica la docencia.

El alumnado es cada vez más diverso y muchos de estos planes no deberían ser un adorno, sino una necesidad. Planes como los de Igualdad o Interculturalidad no son “extras”, son una de las bases imprescindibles para que la escuela pueda dar respuesta a las necesidades de la sociedad. Sin embargo, hemos llegado a llamar “prioridad” a lo que se sostiene con calderilla. Existen centros con alumnado proveniente de más de quince nacionalidades distintas y, aun así, la coordinación de interculturalidad se despacha con tres horas semanales asignadas a una persona. Tres horas no dan para acompañar, mediar, coordinar, prevenir conflictos y enseñar; dan para cumplir con el expediente.

El motivo de que todo siga funcionando es simple, y es que el profesorado sostiene el sistema gracias a una vocación que se estira hasta límites insospechados. Lo hace, además, en un contexto de maltrato sostenido por parte de una Administración incapaz de llegar a un acuerdo que permita recuperar el poder adquisitivo perdido durante los últimos 17 años y con decisiones de calado, como la modificación unilateral del sistema de oposiciones y del guardado de nota de procesos selectivos anteriores, que perjudican gravemente al colectivo de personas interinas.

No obstante, si a alguien le queda el más mínimo atisbo de duda de que los grandes damnificados de esta ingente sobrecarga burocrática son los estudiantes, que se asome a la puerta de cualquier aula cuando un profesor “no llega”. Descubrirá que no falla el docente, falla un sistema que le roba tiempo a quienes más lo necesitan: el alumnado.

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