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IPI Sansomendi, una mirada intercultural

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¡Debemos combatir la cultura del odio, desde la escuela! Con esta rotundidad se expresaba Begoña López Cuesta, la pasada semana en un centro escolar de Vitoria, que celebraba una jornada de sensibilización [1] sobre refugiados/as, inmigrantes y educación. El centro, el IPI Sansomendi, está desarrollando este curso un programa europeo de educación de las personas refugiadas, patrocinado por la Internacional de la Educación, con la colaboración  de la Federación de Enseñanza de CCOO Irakaskuntza.

“Sólo así -continuó la ponente Begoña López-  con la colaboración del profesorado, el alumnado y el AMPA se desarrollará una cultura basada en los derechos humanos, favoreceremos una actitud prosocial y una verdadera cultura de acogida, de las personas solicitantes de asilo, desplazadas a la fuerza, apátridas y/o  migrantes”. Y es que no estamos ante un tema menor, por más que los medios informativos hayan girado el foco de su atención.  Un  dato, tan solo, para redescubrir el drama humano: del compromiso de reubicación inicial que adquirió España (160.000 personas en dos años) en julio solamente se habían reubicado 1.911. Desde esa fecha, solo habían llegado a cruzar nuestras fronteras 124. Comparando con la población española actual, supone su 0,02%; es decir, dos personas refugiadas por cada 10.000 habitantes. Euskadi, hasta el momento, ha recogido a 21, sirias y eritreas, atendidas por CEAR Euskadi y Cruz Roja. Todo un decálogo de hipocresía política, ineptitud administrativa e indiferencia ciudadana.

Hipocresía política porque tras el paso de los meses veraniegos en los que no hubo político/a europeo/a que explicara los pasos solidarios que sus gobiernos pensaban realizar, la realidad de los últimos resultados electorales en varios de estos países (incluido EE.UU y el propio Trump) y el fantasma xenófobo que recogen los mensajes de partidos neofascistas, abiertamente hostiles al drama de refugiados e inmigrantes y en continuo crecimiento, según las encuestas, ha hecho variar el discurso. Ya no vende bien tanta muestra de solidaridad, tanta ayuda desinteresada, tanto mensaje promocional de las excelencias humanitarias que imprime la identidad europea. La propia Anjela Merkel, otrora plenipotenciaria de la ayuda humanística, ha declarado “Quizás fuimos demasiado ingenuos con el drama humanitario de las personas refugiadas”, en la presentación de su candidatura para la próxima cancillería alemana.

Ineptitud administrativa porque como explicó con nitidez Rosabel Argote, miembro de CEAR Euskadi, en la jornada mencionada del IPI Sansomendi, a las personas solicitantes de asilo político se les envuelve en una araña administrativa de la que no pueden salir sin la ayuda de una organización humanitaria. Al drama personal, familiar que supone el desarraigo de las personas refugiadas se une la absoluta frialdad de los documentos que las instituciones locales, forales o nacionales les imponen para cualquier tipo de prestación social, sin ninguna garantía de conseguirla y con la amenaza constante de su expulsión si no consiguen el estatuto oficial de persona refugiada.

El poder socializador que tiene la escuela sobre las personas migrantes y refugiadas es capital; más aún si los motivos de llegada obedecen a razones bélicas o de persecución étnica o religiosa

Confirmaban esta idea Sami Naïr y Javier de Lucas en un artículo [2] : Uno de los motivos que más preocupa, realmente una vergüenza para España y que debería ser corregido sin más tardar, concierne a la situación de los derechos humanos de las personas internadas en los Centros de Internamiento de Extranjeros, CIE, definidos como establecimientos públicos “de carácter no penitenciario“, donde se retiene de manera cautelar y preventiva básicamente a extranjeros sometidos a expediente de expulsión del territorio nacional, bien por su condición de irregulares, bien por haber sido condenados por un delito y haberse aplicado la opción de expulsión. Más del 60% de los internados, en realidad, lo son por irregularidad administrativa, es decir, no han cometido delito que explique una situación de privación de libertad.

La indiferencia ciudadana respecto al drama de las personas refugiadas es el tercer elemento que distorsiona el tratamiento de este asunto. Cuando la actualidad informativa  se olvida  y busca un nuevo foco de interés, debería ser la ciudadanía la que le afease su insensibilidad humana. Debería ser que una ciudadanía vasca, española, europea consciente de  sus señas de identidad, actuase en consecuencia y reclamase a la política y a los medios más interés por fomentar espacios comunes de reflexión e interacción con el/la diferente, más allá que la apuesta que se  hace por el fomento de las ferias gastronómicas y culturales del mundo. Instituciones públicas y medios deberían ser las primeras interesadas en desmontar las falacias sobre el miedo, la inseguridad ciudadana y el abuso de los servicios sociales que se atribuye al colectivo inmigrante [3] y que no son más que rumores injustificados. Si desde los poderes públicos se propicia el mensaje de emergencia social, de competencia desleal en el mercado de trabajo, de incompatibilidad cultural y riesgo para los derechos humanos(…) se contribuye a lo que hay que llamar xenofobia institucional, comentaba Javier De Lucas[4], en un artículo en los debates previos a la aprobación de la Ley de Extranjería del año 2000. De ahí que sea crucial la labor que desempeñan organizaciones como CEAR o Cruz Roja, entre otras. Y de ahí la ayuda inestimable que la educación puede ofrecer.

Un ejemplo es la Escuela de Adultos de La Verneda, de Barcelona, uno de sus integrantes, Bernat Oro, se acercó a la jornada que celebró el centro de Sansomendi. La escuela catalana, gratuita, con atención durante los siete días semanales por grupos de voluntarios/as y docentes, basa su trabajo en la formación, la orientación y la validación de competencias, la defensa de los derechos humanos y la creación del propio voluntariado, quizás uno de sus rasgos más personales. Que hayan participado el curso pasado más de 2.400 personas de 60 nacionalidades y 150 voluntarios/as, habla bien a las claras de su éxito popular. Un refugiado sirio, que pasó por La Verneda, relataba: Cuando vine a la Escuela pensaba que sería como todas las escuelas donde he estado, tenía una mala experiencia en otros centros, que nos tratan como niños y nos obligan a callar y sólo tenemos que escuchar al profesor cuando nos explica. Pero aquí desde mi primer día me ha recibido una voluntaria con un trato familiar. Desde ese momento sentí que estoy bienvenido y me quedé en una clase. Allí me llamó la atención el estilo de aprendizaje en grupos y que cada uno puede enseñar y aprender a la vez, lo que me ha hecho ganas de seguir aprendiendo.”

El poder socializador que tiene la escuela sobre las personas migrantes y refugiadas es capital; más aún si los motivos de llegada obedecen a razones bélicas o de persecución étnica o religiosa. Lo recuerda  Maryorie Dantagnan, responsable del área infantil de la asociación Exil, pionera en Cataluña en la ayuda a los niños solicitantes de asilo: “Los niños refugiados que llegan al país de acogida se encuentran en una situación psicológica postraumática después de haber visto durante mucho tiempo situaciones complicadas de gran inestabilidad (…) Han visto múltiples situaciones imprevistas de gran dureza en muy poco tiempo y suelen estar en una fase emocional de supervivencia y estrés, lo que dificulta su aprendizaje (...) Los menores refugiados se caracterizan por tner muy poco tiempo de adaptación entre la huida de su país de origen y la llegada a un nuevo país” [5].

Este es el fin último de la educación y en él está empeñado el centro IPI Sansomendi. Esta escuela pública vitoriana que atiende entre las etapas de Infantil y ESO a más de 300 alumnas/os (65% de etnia gitana, 35% inmigrante ¿Conocerá el dato el Departamento de Educación del Gobierno Vasco?), con un claustro de 50 profesionales no ceja en su empeño: ofrecer las mismas oportunidades formativas a todo su alumnado. Así lo deja patente en la introducción del proyecto europeo en el que está participando, denominado “Mi escuela es un mapamundi en el que todas y todos juntos aprendemos mejor”: Concebimos la educación intercultural como un proceso dialógico en la construcción de una ciudadanía que apoya, integra y fomenta valores y derechos a la población inmigrante y refugiada que acude al ámbito escolar; al tiempo que nos ayudará a e vitar situaciones de racismo latente o de discriminación y prejuicios en el aula”. No se puede añadir más; ni decirlo mejor.

[1] “IPI Sansomendi, una mirada intercultural”

[2] La vergüenza del Mediterráneo. El País,  24 abril, 2015

[3] No te dejes enredar. Vídeo de CEAR Euskadi

[4] Extranjería: las razones del rechazo,  El País, 9-12-1999

[5] “Cuando la escuela es también refugio” Diario de Educación 10-12-2016

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