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Lo nuevo que crece (de entre lo viejo que languidece)

Frente a las visiones únicamente catastrofistas ligadas a la caída de públicos y recaudación en cultura, si se analizan otros indicadores y se cambia la perspectiva, podemos dibujar un escenario nuevo y sugerente.

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foto sonar

Foto: Instalaciones y público durante el Festival Sonar de Barcelona en Junio 2013

Recientemente se ha hecho público el Anuario de las artes escénicas, musicales y audiovisuales 2013 de la SGAE, un documento estadístico que se realiza a partir de los datos que la sociedad de gestión de derechos de autor recoge de las actividades culturales de pago que la propia SGAE registra. Pero también es un estudio enriquecido con datos de otros sectores y de otras fuentes, en lo que pretende ser un análisis global basado en datos del conjunto de la actividad cultural del país. Un ejercicio que se ha de agradecer pues la diversidad de datos y sus variantes estadísticas nos es de enorme utilidad para los profesionales que trabajamos en un sector tan cambiante como el cultural.

No obstante, el Anuario SGAE no es el único estudio serio y riguroso que se hace en España, sino que existen muchos otros, con metodologías y campos de análisis diferentes. Por ello, la lectura trágica que de los datos compilados se trasladó a la opinión pública por parte de los responsables de SGAE, debería ser matizada.

Creo necesario, antes de entrar en esos matices, dejar muy claro que los datos aportados por SGAE sobre el ejercicio 2012 (Caída de públicos en un año de un 31% en artes escénicas, de un 11% en el cine, de ventas generalizadas en todos los sectores…) deben despertar la alarma del sector y causar preocupación en aquellos que tengan responsabilidades de gestión, desde el ámbito público, o desde el privado. Mucho se publicó y poco se debatió –porque poco más hay que decir ante datos tan crudos- del desmoronamiento de algunos sectores culturales. Ya conocíamos los problemas de las tocadas industrias del cine y de la música, pero poco habíamos hablado hasta ahora de la preocupante situación de sectores, por otra parte, no tan “industrializados” como la danza, el teatro o la ópera. Lo que este anuario fotografía es una realidad cultural que ha acelerado su cambio estructural. Hay partes del ecosistema, que debilitadas, se desmoronan, y otras, que fortalecidas, brotan y se expanden.

De estas últimas también habla el citado Anuario, aunque poco se haya destacado, quizá intencionadamente. Frente a las manifestaciones y prácticas culturales hegemónicas en las últimas décadas, emerge una nueva realidad cultural de la que todavía conocemos poco: la cultura digital.

Para sorpresa del lector, los indicadores en materia de cultura digital en España son muy elocuentes. Éstos revelan, por una parte, que estamos bien situados en el acceso a una tecnología digital de masas, y por otra parte, como viene señalando el profesor Antonio Ariño, que se han producido unos profundos cambios en los hábitos de consumo cultural relacionado con estas tecnologías a las que todavía no se sabe explotar, comercial y culturalmente. La cultura digital supone un nuevo régimen de comunicación que está reorganizando todas las dimensiones de la cultura, desde el lenguaje, hasta los contenidos, pasando por las prácticas.

El debate no es nuevo, pero es un debate sobre el que se producen muchas deformaciones, críticas, simplificaciones y/o confusiones. Sin embargo utilizaré aquí algunos indicadores de reciente aparición que permitan acotar el enfoque que les sugiero.


GRÁFICO 1. ¿Para qué utlitiza en términos culturales internet? (% de respuestas)

Elaboración a partir de datos del Eurobarómetro sobre “Acceso a la cultura y participación” publicados en noviembre 2013.


Según los datos que acaba de publicar el Eurobarómetro, los españoles destacan sobre la media del resto de los europeos en el uso de internet para realizar actividades relacionadas con la cultura. En verdad esto no nos extraña, pues todos hemos podido comprobar en nuestro entorno como han proliferado los últimos años multitud de dispositivos con capacidad de conectarse a internet. Fíjense en que la penetración en España, por ejemplo de los famosos teléfonos smartphone, es de un 66% de los usuarios, frente al 64% en Reino Unido, el 53% en Francia e Italia o el 51% en Alemania (Fuente: Spain Digital Future in Focus 2013, comSCORE).

Por tanto, algo ha cambiado ya en nuestra sociedad. Más excitante aún: algo está todavía cambiando. Estamos acostumbrándonos a comunicarnos de maneras diferentes a las del pasado y  estas nuevas costumbres están condicionadas por unas tecnologías a las que hemos acogido entre nosotros mejor que lo que esperábamos hace unos años.

No obstante, vemos los cambios, pero no somos capaces de decir a dónde hemos llegado porque la transformación aún no ha acabado. Por ejemplo, todavía son pocas las iniciativas y las empresas que aprovechen la ventaja comparativa que aporta la tecnología digital en el acceso y/o comercialización de la cultura. Identificamos aplicaciones, páginas de internet, objetos y medios, pero pocos están en la senda de la sostenibilidad, en Europa, pero particularmente en España. Aquí el desfase entre potencial y realidad se hace más clamoroso, si no, observen el siguiente gráfico y entenderán mi argumentación.


GRÁFICO 2. % de personas que argumentan que no realizan estas actividades culturales condicionadas por su alto coste.

Elaboración a partir de datos del Eurobarómetro sobre “Acceso a la cultura y participación” publicados en noviembre 2013.


Los españoles encuentran, mucho más que el resto de los europeos, caro el acceso a ciertas prácticas culturales, y por eso dejan de hacerlas. Estos datos casan más con los que se reflejan en el Anuario de la SGAE, pero el diagnóstico y la lectura que les sugiero, es manifiestamente diferente. Permítanme argumentarles de manera más lineal las ideas:

1-En un país donde la gente encuentra caro participar en actividades culturales, en las que son de pago, porque éstas son caras, la gente deja de ir (hasta aquí coincidimos con SGAE).

2-Pero resulta que en este país hay muchas prácticas culturales que no pasan por pagar una entrada, bien porque sean gratuitas en sí (por ejemplo espectáculos de calle), o bien porque la gente accede mediante el pirateo o la lesión al copyright. Según la Encuesta de hábitos y prácticas culturales 2010/11, el 17,7% ha bajado música gratis el último trimestre y de éstos, el 76,7% argumenta que lo hace por ahorro económico (casi el mismo porcentaje, 17,4% con contenidos audiovisuales).

3-Y también resulta que en este país la gente tiene un relativo buen acceso a internet (al margen la calidad de la banda ancha) y unas costumbres destacadas por el consumo de cultura a través o gracias a internet.

Entonces, ¿qué se está haciendo mal para seguir perdiendo un público que se puede estar dirigiendo hacia la gratuidad o a la piratería? ¿Qué es lo que no se hace para sacar mejor y más partido a las nuevas tecnologías como mediadoras de bienes culturales? ¿Cuáles son las barreras que encuentran esas nuevas y emergentes prácticas culturales que les impiden desarrollarse más rápidamente? … Bajo mi perspectiva, éstas son también cuestiones muy importantes de las que nos deberíamos ocupar.

Quizá hay muchos factores que expliquen esta situación. Algunos económicos que tienen que ver con el empobrecimiento de la población y su consiguiente pérdida de poder de compra. Otros sociológicos o demográficos que tienen que ver con unas nuevas generaciones mucho más entregadas a una cultura digital, instantánea y de bajo coste. Pero también los factores empresariales o estructurales, y estos son los factores que sectorialmente pueden preocuparnos. Las estructuras, instituciones públicas o privadas, la legislación o las empresas culturales, muchos artistas y gran parte del público, siguen anclados en una defensa nostálgica de un modelo de cultura que ya no volverá a ser lo que fue. Y de ese anclaje se explica el no despegue.

Podemos seguir esperando a que la gente vuelva en masa a los cines; a que compren discos como antes; a que vayan a los teatros a ver danza y teatro convencidos de realizar una actividad de excelencia cultural; a poner las rotativas en ralentí en expectativa de que los lectores vuelvan a comprar periódicos y revistas por millares; podemos desear que todo vuelva a ser como antes… pero fallaremos en nuestro anhelo y nos frustraremos.

En la actual crisis, la cultura tampoco saldrá indemne. Pocas cosas permanecen al margen de la cicatriz que la crisis deja, pero desde luego la cultura no será una de ellas. Por ello los tonos catastrofistas que se escuchan cíclicamente, a golpe de la presentación de un anuario, del cierre de algún festival, del recorte presupuestario de un programa cultural o la presentación de algún manifiesto de turno, pese a ser entendibles humanamente, todos esos lamentos tienen algo de canto del cisne. Es un tiempo que se va, una cultura que declina, y en definitiva, una generación que desciende de su apogeo. Si se mira con algo de detenimiento, si se observa con ojos más optimistas, conscientes de la constante e incesante regeneración cultural de las sociedades contemporáneas, descubriremos, que hay algo nuevo que crece. Y el futuro será de quienes lo sepan ver.

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