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Por San Valentín… otra vez ÉL

Campaña de Adidas

Ay, él. Ese por quien suspiras, amiga bollera. Te lo dicen las newsletters de casi cualquier tipo de entidad que sigas, así esté relacionada con algo aparentemente banal como lo textil o ciencias ocultas como el tricotaje. La heterosexualidad obligatoria, el capitalismo rosa y el pinkwashing*** dan saltitos cogiditos de la mano bajo un arcoiris en las fechas circundantes a San Valentín. ¿Por qué sigo recibiendo correos en los que me sugieren ideas para regalarle a ÉL si mi personalidad digital está totalmente fuera del ciberarmario? ¿Saben que mañana tomo un vuelo, a qué hora me levanto y en qué invierto mi ocio pero no saben que soy lesbiana?

Pues no sé, chica. Por una parte, Adidas me envía un mensajito en el que aparecen dos zagalas muy monas -aunque carentes de unos buenos bocatas nutridos de colesterol del bueno- con sendas camisetas oversize en las que se encuentran plasmados corazones estampados. Oye, qué sutil, pero no me la cuelas, Adidas, aunque el año pasado te lucieras con un community manager muy centrado en evitar comentarios homófobos en publicaciones en redes sociales. N o mercantilices mi sexualidad.

Otra marca de cosmética me sugiere que compre algún producto de su -escasa, por otra parte- línea masculina, “porque sabemos que estás pensando en él”. Jo, la personalización llevada al máximo nivel. Agárrate, Google, que te adelantan por la izquierda y sin frenos. Os digo lo que estoy pensando: “dar de baja esta newsletter”.

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Critica y vencerás: la batalla cibernética femenina

Asistentes a la cita de moda vinculada a la revista 'Vogue', en una imagen de archivo

Hace poco más de una semana, la revista Vogue online cerró su foro dejando sin amparo cibernético a una red de casi 150.000 usuarias registradas a lo largo de más de 10 años. La página se eliminó por la noche y sin previo aviso. Los teléfonos de las usuarias sonaron a la mañana siguiente: ForoVogue y toda la historia que sus participantes habían construido, ya no existían.

Solo unas pocas horas antes, la 'influencer' LovelyPepa denunciaba a ForoVogue a través de su canal de Youtube por los insultos y calumnias que algunas usuarias habían vertido sobre ella durante años. Pero ni ella misma imaginaba la magnitud de su poder de influencia. La actual directora de Vogue, Eugenia de la Torriente, llamó a la 'influencer' para disculparse y para proteger algo muy valioso que estaba en juego: la reputación de LovelyPepa y la de la propia revista.

La dirección de Vogue olvidó, sin embargo, amparar a las usuarias de su foro –las que no participaban en las conversaciones ofensivas sobre mujeres famosas, que eran la mayoría–. Se tomó la parte por el todo y en vez de invertir esfuerzos en controlar la actividad del foro, se decidió cortar por lo sano. Como resultado, la reputación del foro estalló en Twitter con el 'hashtag' #AdiosForoVogue, y se condenó a sus usuarias de forma generalizada por chismosas y criticonas.

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La increíble fábula de la mujer deportista y la medalla de oro de baratillo

Imagen del campeonato de España de triatlón élite.- Imagen cedida

Adoro el deporte. Me empodera y me regala valores que son fácilmente trasladables a otras esferas de mi vida. La superación, el sacrificio, la igualdad. Llevo cuatro años compitiendo. En las pruebas coincido con hombres, porque hago el mismo recorrido aunque luego existan categorías diferenciadas. Algunas veces, hasta gano a muchos de ellos. Pagamos la misma cuantía económica por competir y, sin embargo, en muchas ocasiones el primer hombre ganador se lleva una cantidad superior que la primera mujer ganadora. El silogismo parece sencillo. Mismo precio de inscripción, misma posibilidad de llevarse los mismos premios, ¿no? Pues esta lógica no se aplica en muchas pruebas deportivas –incluso en algunas federadas– que se celebran hoy en día.

La justificación que esgrimen las organizaciones deportivas la encuentran en que no suelen competir tantas mujeres como hombres, y por ello les resulta más plausible premiar a los hombres por el simple hecho de tener más contrincantes que batir. Trasladando este argumento, la medalla de oro olímpico –y su recompensa económica asociada– de la nadadora Mireia Belmonte no vale más que la del piragüista Saúl Craviotto, aunque por estadística haya muchas más nadadoras que piragüistas. ¿Seguimos sin ver el absurdo?

El problema de esta cuestión radica en que hasta la fecha las federaciones deportivas no acaban de asentar la obligatoriedad en la equidad de galardones por sexo. Algunas se pronuncian, otras, no. Ni siquiera las instituciones públicas alcanzan consenso en no prestar su apoyo a las organizaciones que promuevan actividades con premios desiguales, si bien, como caso ejemplificante, el Parlamento de Galicia dispuso por unanimidad a finales del año pasado que la Xunta no concederá ayudas a pruebas discriminatorias.

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El estruendo de las voces por la igualdad

Feminismo, elegida la palabra del año en 2017 por el diccionario Merriam-Webster

A principios de año, recibí una propuesta de participación en una encuesta pública para designar el ‘vasco del año’. Paso por alto lo poco inclusivo del nombre. La invitación se refería tanto a la propuesta de nombres como a la votación posterior. Entre los vascos, solamente un nombre era de mujer y, además, del ámbito deportivo. El ‘además’ tiene su origen en que el deporte, junto a la política y la economía, es uno de esos tres ámbitos más y mejor atendidos por los medios de comunicación –¿es necesario decir que marcan e imponen la agenda?-. Mientras, el resto de los muchos problemas sociales queda muy fuera de foco.

Si los intereses de los medios están tan focalizados en la política, la economía y el deporte, no es extraño que los nombres de agentes de otros ámbitos no suenen de nada e, incluso, sean personas absolutamente desconocidas. Por descontado que un 20% de presencia femenina resulta inaceptable para cualquier persona que tenga un mínimo interés por la igualdad entre los seres humanos. La suma de la baja presencia de mujeres unida a los temas de siempre me produce tal desgana que, si en ese instante, hubiera caído una pluma de ave, su estruendo me habría distraído.

Y eso que el patriarcado es, sobre todo, muy ruidoso; ruidoso y ensordecedor. Siglos, en sentido estricto, dando la matraca, tañendo en masculino y androcentrismo cuanto le toca y, a finales del segundo milenio de nuestra era, las mujeres se le suben a las barbas. En primer lugar, para que los derechos del hombre sean derechos humanos y, en segunda instancia, para que las leyes se ajusten a esa declaración de derechos y, además, se cumplan.

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No pueden tocarlas: defendámoslas

Cartel de apoyo a Helena Maleno

Lolita sigue sonriendo. Helena continua tuiteando y trabajando en su oenegé. María Teresa ya no está en prisión. Defender derechos no es un delito. Sí, hay que escribirlo y leerlo, decirlo en voz alta, gritarlo. Las cuestiones más lógicas y obvias, a veces, quedan atrapadas en la vorágine que arrebata vidas, tiempos y victorias. Lamentablemente sobran ejemplos y rostros. También muertes.

La maya  k'iche Lolita Chávez tuvo que huir de su Guatemala natal porque su vida corría peligro por plantar cara a las transnacionales que quieren controlar a su pueblo. La española Helena Maleno acaba de declarar en un juzgado de Túnez para explicar su labor humanitaria y de ayuda a las personas migrantes que se echan a la mar en busca de un futuro algo más halagüeño y sin violencia. La salvadoreña María Teresa es refugiada política y reside a miles de kilómetros de su país, de donde huyó tras estar en la cárcel por sufrir un aborto espontáneo.

Los derechos humanos, tan manoseados como ignorados, no son fruto de una concesión. Son un logro sin consumar. Una conquista con opresión. Un triunfo por cosechar. Un éxito colectivo, en el que todas cabemos. Los derechos humanos son una lucha que aún hoy se sigue librando; y en la que está habiendo derrotas, también conjugadas en primera persona del singular.

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Ministra, estamos esperando

Dolors Montserrat, ministra de ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad

Quiero recordar a los niños y niñas que este año no van a volver al colegio tras las fiestas navideñas ni van a soplar más velas, a los que hemos fallado como sociedad. Los niños y las niñas que en 2017 fueron asesinados por sus padres o las parejas de sus madres. Borrados del mundo por hombres machistas que querían causar el mayor de los dolores a esas mujeres, matarlas en vida y condenarlas a una tristeza extrema: la tortura de sobrevivir a sus hijos.

El año que dejamos atrás, 8 niños y niñas fueron asesinados por los hombres que torturaban a sus madres, la cifra más elevada desde que en 2013 comenzaron a contabilizarse también estos casos como crímenes de violencia de género. En estos cuatro años de estadísticas (cifras que esconden historias), han sido 23 los menores de edad asesinados. Ellos, víctimas de la violencia machista, ya no están. Otros y otras tendrán que ir hoy, puede que esta tarde, algunos temblando, a ese punto de encuentro, donde el padre se los llevará unos días, los que le corresponden porque así lo ha dicho la justicia. ¿Qué justicia es esa?

No están locos. Son maltratadores, machistas, dominantes que se creen dueños de sus parejas, de las mujeres en general y también de sus hijos, a los que consideran una prolongación de sus madres. Y esto es así porque toda una estructura social les ha abrazado con su impunidad. Y lo sigue haciendo. ¿Un ejemplo concreto? El policía sevillano que, con una condena por malos tratos, seguía teniendo derecho a ver y pasar tiempo con su hijo y su hija. Él utilizaba a estos niños para continuar el maltrato. Llegó a mandar a su cuñada un mensaje avisando sobre la aparición de dos cadáveres infantiles. Quiso sacar fotos a sus hijos cubiertos de sangre para torturar a su ex pareja. Estos dos pequeños, con la connivencia del Estado y de toda una estructura judicial y penal benévola con este tipo de verdugos, son convertidos en herramientas para la tortura y son, a su vez, víctimas torturadas.

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Feminismos y épica mediática: ¿2017, año de inflexión?

Pantallazo del diccionario Merriam-Webster.

Merriam-Webster, el diccionario más prestigioso de Estados Unidos, ha declarado el término feminismos como la palabra del año. Basándose en búsquedas de palabras en territorio estadounidense, Peter Solowski, uno de sus responsables, afirma que hubo diferentes picos en estas búsquedas que coinciden con grandes hitos del año:  las marchas de mujeres contra el presidente Donald Trump, la campaña viral  #MeToo –que no es más que una reactivación de la campaña que hace diez años iniciara la activista Tarana Burke para apoyar a las mujeres negras que había sufrido acoso sexual-, la denuncia al todopoderoso productor hollywodiense Harvey Weinstein y otras personalidades del cine de reiterados abusos sexuales durante décadas, o el estreno de la exitosa serie ' El cuento de la criada'.

Medir el éxito o fracaso de los feminismos por las búsquedas en un diccionario puede resultar tendencioso, pero sin duda nos dan la medida de la importancia del mismo en la vida de las personas; tampoco hay que olvidar que esta presencia no implica necesariamente que se milite o se simpatice con sus reivindicaciones. Además, tenemos que diferenciar entre la influencia de los feminismos en las políticas integrales y estructurales de igualdad de oportunidades, encaminadas a un verdadero cambio total de actitudes, y la influencia en medios de comunicación y de las redes sociales.

Este boom feminista debe contextualizarse y debe entenderse como una consecuencia (sobre todo mediática) de otros logros anteriores: la Ley Integral de Violencia de Género de 2004, la reacción a la denominada Ley del Aborto de Gallardón, la visibilización y respuesta institucional y ciudadana al acoso en los espacios de fiestas, especialmente en los  San Fermines de Pamplona, la manifestación del 7 de noviembre de 2015 o las importantes transformaciones que se están dando en las  representaciones de género tanto en el cine como en las series, por poner ejemplos significativos. Sin todos estos procesos y acciones no estaríamos en este momento de hablar del año de los feminismos, como se ha escrito en varios medios. Poco a poco hemos ido creando una genealogía que ha hecho que los feminismos sean visibles y que adquieran cierta épica.

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La postal de una Navidad de cara al público

Decoración navideña de unos grandes almacenes.

"Nuestro centro comercial les da la bienvenida", dice la voz amable que suena desde los altavoces. A primera hora de la mañana, el hilo musical del establecimiento caldea el ambiente con una canción del disco de Navidad que Michael Bublé lanzó hace siete años y que sonará por lo menos 10 veces a lo largo de la jornada laboral. La cajera de supermercado que hace el arqueo, la dependienta de tienda que surte las baldas, la auxiliar de atención al cliente que revisa los horarios resoplan por lo bajo cada vez que oyen Christmas baby please come home.

Lleva 20 años en la empresa y le han quitado las comisiones. Está quemada de escuchar siempre lo mismo y de contar siempre lo mismo. Lleva 14 días seguidos trabajando y su jefa le avisó anteayer de que trabajaría el día de Nochebuena, justo cuando le toca ser la anfitriona durante la cena familiar. "¿Tiene la tarjeta OpenClub?", le pregunta al cliente con desgana mientras desliza cajas de gambas, blíster de paté y surtidos de quesos sobre el lector de códigos.

 No muy lejos, una dependienta de perfumería picotea unas galletas sentada sobre la tapa del inodoro en el baño de personal. Su convenio laboral no incluye ningún descanso en siete horas de trabajo. Zapatea contra las baldosas con la punta del pie y maldice su suerte porque se le ha caído el último pedazo al suelo. Necesita calmar la ansiedad y al mismo tiempo se culpa por no poder quitarse los 20 kilos que ha ganado durante los últimos años. Su jefa la mira de arriba abajo cada vez que trae el nuevo uniforme. Cuando se trata de la imagen personal es implacable. Una vez , una empleada nueva le preguntó si podía usar bailarinas porque los tacones le destrozaban los pies después de siete horas sin poder sentarse. Le contestó que buscara otro trabajo si no quería llevar tacones.

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La locura de mis sueños

Fotograma de 'Voces contra el estigma'

No tengo muchos miedos, pero todos son recurrentes. Me da miedo quedarme descalza en la calle, perder los zapatos o que alguien me los robe; me asusta el destino porque no sé qué significa, dónde está ni a dónde quiere llevarme, lo que tendrá pensado para mí o, peor, que pretenda seguir adelante sin contar conmigo. Me asusta mi carga genética, los planes de mis células madre, el tick tack de mis pulmones, el dolor de mi escafoides, la memoria de mi piel, la suerte de mis tetas, mi posible artrosis, no saber qué tren tiene guardado para mi el mejor final, qué amores me llenarán la mirada de sonrisas, qué futuro es el mío, qué proyectos me aguardan detrás de qué esquina, qué ausencias no voy a soportar, qué rabia me va a vencer, qué conflicto no voy a saber superar, qué gota colmará mi paciencia, qué va a romperme, quién me ayudará a recomponerme, qué canciones me quedan por escuchar, cuántas palabras aún tienen que ponerme los pelos de punta, qué piruleta o pirueta será la que haga que se me caiga el último diente. Pero, sobre todo, lo que más miedo me da en el mundo es volverme loca. Me vibra el cuerpo cada vez que pienso que tengo genéticamente más posibilidades que el resto para perder la percepción de la realidad, para dejar de distinguir qué pasa fuera y qué pasa sólo dentro de mí. Disfruto de mi imaginación apabullante con un pánico atroz a quedarme atrapada dentro de mí, como si salir de aquí fuera posible alguna vez.

Busco protegerme de este miedo hablando con las amigas, atenta a cualquier signo que pueda evidenciar que me he ido de mí, buscando explicaciones a las locuras propias y ajenas, cuidándome de la frivolidad externa e interna, controlando los factores ajenos a mí que podrían llevarme a experimentar los cambios de percepción que provocan muchas enfermedades mentales, tratando de entender los mundos paralelos en los que viven y sueñan personas a las que quiero profundamente, buscando la manera de llegar allí sin juicios, sin expectativas, leyendo, aprendiendo, creciendo, viviendo. Si bien hemos repetido hasta la saciedad que los miedos paralizan, en este caso, este, mi gran miedo, convive conmigo como un buen fantasma, que me ayuda a valorar el norte en el que todavía vivo. A veces, muchas veces, lamento también lo anclada que sigo aún a lo real, a lo común, porque no encuentro aquí muchas cosas que merezcan la pena o que valgan la alegría.

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El camino de nuestras ancestras

Cadena humana contra la guerra en Greenham Common (1983)

La revista Time ha reconocido como ‘persona del año 2017’ a las impulsoras del movimiento contra el acoso sexual #Metoo (#Yotambién). Aunque fue la denuncia pública por parte de actrices de Hollywood como Ashley Judd contra el productor Harvey Weinstein la que hizo que el acoso sexual normalizado fuera noticia durante semanas y meses, Time visibiliza a mujeres que han denunciado la violencia sexual en espacios muy distintos, como Isabel Pascual, trabajadora migrada mexicana dedicada a la recogida de fresas en Estados Unidos que denunció el acoso sexual al que estaban expuestas ellas y sus compañeras de trabajo.

Se considera que el detonante fue el ya célebre tuit de Alyssa Milano invitando a todas las mujeres que hayan vivido acoso a decir ‘Yo también’. Pero Time cuenta que la actriz se inspiró en el lema que usaba desde los años 90 la activista Tarana Burke para impulsar un proyecto comunitario que invitaba a las mujeres racializadas a hablar de violencia sexual. En una entrevista publicada ayer en este medio, Burke señala que “la sociedad está educada para responder a la vulnerabilidad de las mujeres blancas mucho más rápido que a la de las mujeres de color, y por eso reciben distintos tipos de atención”, y le preocupa que el movimiento #Metoo se haya “blanqueado”.

Es importante contar que antes que las actrices de Hollywood, otras mujeres y colectivos promovieron la denuncia colectiva de la violencia sexual, a modo de hormiguitas, sin titulares ni flashes. El #Metoo no ha sido el pistoletazo de salida, sino que ha permitido cristalizar y extender un trabajo previo y descentralizado. Trazar esa genealogía, que ni empieza ni acaba en Estados Unidos, disipa el miedo a que el #Yotambién sea una tendencia viral efímera. Yo tengo en mente campañas recientes como #Miprimeracoso, impulsada por las comunicadoras mexicanas (E)stereotipas para mostrar que las mujeres nos enfrentamos a acosadores desde niñas o #Yotecreo, lanzada por la Asociación de Mujeres de Guatemala (AMG), que parte de la historia de Ana, una refugiada guatemalteca que denunció una agresión sexual, fue revictimizada y lo cuenta a través de un cómic. El #Yotecreo fue recuperado el mes pasado por el movimiento feminista para reclamar justicia para la mujer que denunció una violación grupal en los Sanfermines de 2016. A mí me recuerda también a la campaña del Movimiento contra el abuso sexual (MCAS) en Nicaragua, que lleva funcionando desde 2011.

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