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Julio López Hernández espera que sus esculturas hagan algo por él

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Julio López Hernández espera que sus esculturas hagan algo por él

Julio López Hernández espera que sus esculturas hagan algo por él

Julio López Hernández, el gran escultor de la figuración realista, celebra sesenta años de actividad creadora y sueña, como sus esculturas, en conseguir un final feliz y que sus obras hagan algo por él: "sí, una exposición, a pesar de la crisis, es un sueño que me gustaría cumplir".

El creador de esculturas como "El Pintor del Museo del Prado", "García Lorca en Madrid" o "Parte de su familia, en el Reina Sofía, confiesa, en una entrevista concedida a Efe en su estudio: "En la escultura, la crisis se nota muchísimo, nos ha cortado la proyección. No hay adquisiciones públicas ni se organizan exposiciones, por el elevado coste".

Estos personajes y otros muchos, como "Hombre del sur", Besteiro, el futbolista Quini o el fotógrafo Luis Pérez Villalta y sus vidas interiores habitan el estudio de López, un lugar mágico y poético.

En él, sus esculturas, "algunas inacabadas, ninguna olvidada", precisa el artista, "dialogan entre sí" y componen una "Asamblea en el taller", hermoso título de su instalación el pasado año en uno de los escaparates de la calle Preciados de Madrid, junto a otros escenarios de Canogar, Feito y Farreras.

Autor de las dos placas conmemorativas de la historia del Teatro Real que mañana descubrirá la reina Sofía, López Hernández (Madrid 1930) es además un prestigioso medallista, disciplina que ha renovado con el grabado de auténticos microcosmos y la creación de las "medallas de pie", un "invento" suyo. A las medallas dedicó su discurso de ingreso en la Academia de Bellas Artes en 1986.

López Hernández y el pintor y escultor Antonio López, compañeros y amigos desde los tiempos de la Escuela de Bellas Artes, son hoy los dos grandes artistas del grupo que en los años 50 resistió el vendaval de la abstracción, renovó la figuración, luchó contra el academicismo y creó el realismo trascendente o mágico: trascender la realidad a partir de la realidad misma.

Casi 35 años después de la gran retrospectiva organizada por el Reina Sofía en el Palacio de Cristal y a punto de cumplirse 20 de la última antológica de la Comunidad de Madrid, espera conseguir apoyos para una exposición de esculturas, dibujos y bocetos que muestren el proceso de creación y sus última obras, modeladas en recuerdo de su esposa, la pintora Esperanza Parada, fallecida en 2011.

"Una exposición homenaje a Esperanza y a la escultura figurativa. No he dejado de trabajar en esta crisis que, por otro lado, a los artistas nos proporciona un momento de meditación, de reencuentro con nuestros principios, con nuestra manera de crear, de soñar en la pura creación y la investigación, sin pensar en éxitos comerciales", dice el artista que ha cumplido 84 años con sorprendente vitalidad.

El espíritu poético de López Hernández no sólo ahonda en sus esculturas. El artista escribe todos los días y ha concluido un hermoso libro, "Notas a pie de obra".

"Son textos en los que recuerdo la vivencia que tuve cuando hice las esculturas y lo que me sugieren hoy. Las enlazo con la observación de la vida, e irán acompañados de fotos de las obras, pero también de ambientes y climas. Ayudará a comprender mi obra y la escultura realista".

¿Fue muy difícil resistir en los años el empuje del imperio absoluto de la abstracción vanguardista, especialmente del grupo El Paso formado por Canogar, Saura, Chirino y Millares, entre otros?.

"No fue tan difícil como pueda parecer, porque teníamos el acompañamiento de algunos amigos abstractos, como Lucio Muñoz, o de críticos como Santiago Amón, que apoyó nuestro movimiento".

"Recuerdo que hacíamos reuniones en un café donde acudía el grupo de los canarios, Chirino, Millares y Padorno, el poeta. Ellos luego formaron El Paso. Lucio Muñoz quedó independiente y fue como el eslabón de enlace", recuerda.

También compartieron, años después, el espacio de la Galería Juana Mordó. "Ella tuvo la inteligencia y astucia de ver ese aspecto renovador que teníamos nosotros, interesados de verdad en el arte contemporáneo, y nos abrió la puerta".

"Era duro, pero por la sociedad, que no entendía. También para los abstractos, aunque políticamente tuvieron más aceptación porque significaban un encuentro con Europa y el arte internacional, de mayor aliciente para el gobierno de Franco".

En su obra se ve la soledad, la ausencia, la nada, la lucha por sobrevivir aun en el fracaso, como en el "Hombre del Sur", escultura de un "drama sin tiempo ni geografía", en palabras del artista.

"Considero que la escultura realista no es solo la representación del ser humano físico, sino de su mundo, de sus vivencias. Creo que mi obra es reflejo del desasosiego de la pérdida de valores".

"Somos huérfanos de algo, nos falta tener una creencia unitaria, un destino grande para que el hombre tenga una compañía eficaz y se sienta amparado. Creo que eso lo hemos perdido cuando el arte ha perdido su función mística o religiosa", reflexiona.

"Si he buscado algo ha sido eso, que el hombre se encuentre a sí mismo. Ahora vivimos en un aislamiento personal, en el que los valores profundos son muy difíciles de hallar. Si el hombre encuentra respuesta a alguna de sus preguntas con mi obra, eso es lo que he podido perseguir, que vea en esos reflejos de la escultura, sus anhelos, sus sueños, su vitalidad".

Por Concha Tejedor

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