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“Las mujeres que no quieren ser madres siguen siendo un grupo excluido y estigmatizado”

El pediatra José María Paricio.

Sofía Pérez Mendoza

José María Paricio lleva más de 30 años dedicándose a la pediatría. Ha colaborado con el Ministerio de Sanidad en el Observatorio de Salud de la Mujer, y en la guía sobre partos normales. Es miembro del Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría y un prolífico autor, con trabajos publicados en revistas nacionales e internacionales.

Pero también es víctima de la privatización de la sanidad pública. Tras dos décadas como jefe de servicio de Pediatría en el Hospital Marina Alta de Denia, Alicante, fue destituido por la empresa que desde 2008 gestiona el centro: Marina Salud.

Defensor de la lactancia materna y de la crianza natural, critica en esta entrevista la mercantilización de la sanidad, la reforma de la ley del aborto y las presiones sociales que sufren las madres, a las que dedica su primer libro: Tú eres la mejor madre del mundoTú eres la mejor madre del mundo (Ediciones B), que aborda cuestiones fundamentales sobre la crianza, desde el embarazo y hasta los tres años de edad del niño.

¿Considera que existe una cultura de la lactancia en España?

No la hay, aun cuando está demostrado que los niños que se crían con el pecho enferman menos. Vienen preparados con un instinto y, cuando nacen, saben agarrarse al pecho. Algunos, incluso, lo practican desde que están en el vientre de su madre.

A pesar de todo, predomina la cultura tecnificada y del biberón, y al final todos contribuimos a que así siga. En los centros médicos enseñamos a las mujeres a extraerse leche, por ejemplo. La madre que consigue dar de mamar a su hijo o hija hasta los seis meses es una excepción.

¿La falta de conciliación laboral es la causa?

En buena parte, sí. La mayoría de las medidas de la mal llamada conciliación, que en el fondo no es más que una conciliación falsa y pervertida, se hacen en función de “dónde metemos a este bebé para que podamos seguir con nuestra vida”. Se necesitan horarios más flexibles y no tantas guarderías.

¿Cree que hay presión social sobre las mujeres para convertirse en madres?

Por supuesto. Hay una mitología y toda una presión religiosa y social que pesa sobre este tema. Ese instinto maternal viene impuesto, primero, por la religión. Por otra parte, está claro que en los genes hay algo, la supervivencia de la especie, pero la mente puede hacer lo que quiera con estos instintos. Cada persona tiene derecho a hacer lo que desee como individuo portador de derechos. Aun así, como toda minoría, las mujeres que no quieren ser madres siguen siendo un grupo excluido y estigmatizado.

Con la reforma de la ley del aborto, esa presión social se sistematiza a golpe de normativa.

La nueva ley es perversa. Bien podrían haberla llamado ley para impedir abortar en paz. Pero no, han escogido unas palabras que pervierten el sentido del lenguaje, y lo que hay dentro de ella es una carrera de obstáculos y un suplicio para la mujer que tiene que tomar una decisión que ya de por sí es, la mayor parte de las veces, dura para ella.

Ya sólo el título [Ley orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada] parece hecho a propósito para humillar y culpabilizar más, si cabe, a las mujeres que deciden interrumpir su embarazo.

Independientemente de lo que cada uno de nosotros podamos pensar sobre el aborto, nunca se debería permitir que mentes perversas se conviertan en censores de decisiones personales fundamentales en la vida de una mujer. Así, la reforma devuelve a las mujeres a la minoría de edad.

¿Se siente una víctima de la privatización de la sanidad pública?

Mi caso fue un ejemplo más de lo que pasa y seguirá pasando. Estuve 20 años como jefe de servicio en una plaza que saqué por oposición. La Conselleria de Sanidad, arruinada, decidió en 2008 vender el Hospital de Denia a la aseguradora privada DKV y la compañía Ribera Salud, además de varias entidades bancarias (entre ellas, Bankia).

Nos vendieron; a mí y a todos los profesionales que estábamos dentro. Y, claro, pusieron sus normas, unas normas que entran en contradicción con los intereses de los trabajadores y de los ciudadanos. A los funcionarios como yo nos dijeron que podíamos pedir una excedencia de tres años garantizándonos que, si en ese tiempo no iba bien, era posible recuperar nuestra plaza. Pero la realidad fue otra.

¿Qué cambió en el centro con la gestión privada?

Antes había determinadas cosas con las que podías no estar de acuerdo, pero que se podían discutir y hablar. Con este sistema, en cambio, prima la sumisión. Por eso mi relación con gerencia se fue deteriorando. Me decían: “Paricio, aquí, cuando algo se hace mal, se asume y se aguanta”. Querían un grupo cohesionado en el que no hubiese voces discrepantes.

Con el tiempo tuve varios encontronazos. El definitivo fue cuando derivaron a una médico de mi servicio que llevaba muchos años trabajando con nosotros a un centro de salud. Yo me negué a comunicarle la orden que me daban y quince días más tarde me llamaron para decirme que prescindían de mis servicios.

Su cese trascendió los límites de la Comunidad Valenciana y la oposición por parte de profesionales y grupos de padres y madres fue muy activa.

La decisión de despedirme se propagó rápido y hubo mucha resistencia a nivel profesional. Mis compañeros prepararon una carta y la hicieron circular entre otros pediatras. Todos los trabajadores de pediatría estábamos bien coordinados. Llevábamos años trabajando juntos y éramos apreciados. La carta cayó también en manos de padres y madres y se movió por redes sociales. La dirección del hospital se quedó perpleja. Al final se retractó de su decisión, pero la situación era insostenible. No podía más, y me fui.

Desde hace un tiempo hago guardias en el hospital de Alcoy y trabajo en el Servicio de Transporte Neonatal de Alicante. Sigo investigando sobre lactancia y, fíjese, he tenido tiempo hasta para escribir un libro. En cualquier caso, me resulta repulsivo lo que está pasando. En Valencia, la privatización nos la fueron metiendo con calzador; en Madrid ha ocurrido de repente, pero en todas partes el objetivo es el mismo: llenar los bolsillos de los gestores privados.

¿Por qué su equipo de pediatría era tan apreciado?

Entre 1992 y 1995, emprendimos toda una transformación de la Unidad de Neonatología. Hoy todavía algunas plantas de neonatos están blindadas a la entrada de las madres y de los padres. Existen unas restricciones tremendas para poder ver a tu propio bebé, y eso acarrea mucho sufrimiento. Ese blindaje es, además de una barrera física, una barrera psicológica.

Nos dimos cuenta de la situación y apostamos por un servicio de puertas abiertas. Al principio fue incómodo pero, a la larga, reparamos en que era mucho mejor porque las relaciones con los familiares se normalizaron. Era más sano y natural. Además, la nueva dinámica permitía que las mujeres entraran a dar de mamar a sus bebés a demanda, cuando lo necesitaran.

Hay ciertas formas de trabajar en pediatría que de alguna manera están diciéndoles a las madres que no saben lo que es mejor para sus hijos. La experiencia me dice todo lo contrario. Nadie conoce tan bien a sus hijos ni sabe más que ellas.

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