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Catalunya, Muñoz Molina, la Guardia Civil y Jon Lee Anderson

Los ciudadanos contemplan atónitos el intercambio de misivas, la sucesión de ultimátums y la pérdida de credibilidad de muchos medios que se han convertido en meros boletines oficiales del poder

La izquierda, la nacional y parte de la catalana, siempre dividida, lucha por encontrar un lugar y una voz entre tanta insensatez

Y en medio de tanto lío, un escritor reputado aprovecha, sin razón, para cargar con saña contra un periodista íntegro

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El escritor Antonio Muñoz Molina ve a España asolada por la impunidad de los culpables de la crisis

Antonio Muñoz Molina. EFE

Media España tiembla mientras la otra mitad se frota las manos. El conflicto catalán nos está poniendo al borde del abismo. Rajoy, para desesperación del ala más conservadora del PP y del muy descentrado Albert Rivera, va dosificando con su natural parsimonia los movimientos. Ambos piensan, irresponsables, que la actual coyuntura puede darles votos. Por su parte, los independentistas ya solo miran hacia delante, la única salida que imaginan para lograr su objetivo es saltarse la ley.

Mientras, los ciudadanos contemplan atónitos el intercambio de misivas, la sucesión de ultimátums, la pérdida de credibilidad de muchos medios que se han convertido en meros boletines oficiales del poder. Y la izquierda, la nacional y parte de la catalana, siempre dividida, lucha por encontrar un lugar y una voz entre tanta insensatez.

El PSOE de Pedro Sánchez está a punto de dilapidar el crédito logrado tras las primarias si se pone en manos de Rajoy en la aplicación del 155; El Podemos de Pablo Iglesias no ha sido capaz, quizá por falta de convicción, de que se escuche su mensaje: "Queremos derrotar el proyecto de los independentistas, pero no por la fuerza",  ha dicho Iglesias, quizá demasiado bajo, quizá demasiado tarde.

Tan enloquecido empieza a estar el personal que hasta un escritor reputado como Antonio Muñoz Molina dedica un polémico artículo a relatar cómo ha ido por el mundo explicando a amigos y colegas que España es una democracia moderna que ya no cuadra con estereotipos románticos y desenfocados. Todo lo que dice es cierto, lo pueden leer aquí, lo que no cuadra es lo que calla: la cerrazón histórica del PP y de Rajoy en el tema de Catalunya; la pérdida de derechos y libertades que hemos sufrido desde que gobierna Rajoy; el boicoteo permanente de los populares a la Ley de la Memoria Histórica; la perversión política de los órganos judiciales, entre ellos el Tribunal Constitucional; la corrupción galopante del PP, que le ha permitido en no pocos lugares mantenerse en el poder; la desigualdad creciente que tiene a un tercio de la población sumido en la miseria; el desprecio permanente a las leyes y a los compromisos internacionales en el trato a los inmigrantes y refugiados... La lista de vergüenzas contemporáneas podría ser mucho más larga.

Muñoz Molina aprovecha su diatriba para crucificar al periodista norteamericano Jon Lee Anderson, del que afirma que " miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en  The New Yorker  que la Guardia Civil es un cuerpo 'paramilitar'".

He hablado con Jon Lee sobre el asunto y está entre sorprendido e indigando. Y tiene razón. Le guste más o menos a Muñoz Molina, la Guardia Civil es una policía, sí, pero sometida a un régimen disciplinario militar, con derechos sindicales limitados. No les quiero aburrir, pero si tienen tiempo y curiosidad,  lean este enlace para aclarar sus dudas. 

Y si la polémica es por la doble interpretación del término 'paramilitar', Muñoz Molina, que es culto, escritor y ha vivido en Estados Unidos, debería saber que es de uso común en la lengua inglesa para referirse a la Guardia Civil y a cuerpos similares como los Carabinieri italianos. Por lo tanto, no sé muy bien de dónde salen las acusaciones de mentir a conciencia, sin escrúpulos y sabiendo que miente. Más parece que, como reconoce el propio Molina en su artículo, la paciencia ha dado paso a la vehemencia y de ésta al desatino hay muy poco trecho. Ya lo estamos viendo también en el asunto catalán.

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