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Euroexit

Hasta el asesinato de Jo Cox, los partidarios del Brexit iban ganando porque la campaña ofrecía una competencia desigual entre una identidad ya construida como la inglesa y una identidad en construcción, incluso en crisis, como la europea

Echarle la culpa a Cameron puede resultar un consuelo pero ni es la verdad, ni sería del todo justo. En el referéndum inglés la UE también está recogiendo lo sembrado desde el inicio de la crisis

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Manifestantes ingleses a favor del Brexit

David Cameron convocó un referéndum sobre Europa para cortar el ascenso imparable de la derecha extrema y antieuropea que encarna UKEP, zanjar una cuestión que lleva dividiendo su partido durante décadas y reforzar su liderazgo. Contaba con una campaña que se centraría sobre todo en los asuntos económicos y las desastrosas consecuencias del Brexit para los negocios de la City. Pero el plan no salió. Como en Escocia se ha acabado hablando más de sentimientos e identidades que de dinero. Ahora nadie se atreve a vaticinar un resultado. Todo se nos va en hacer inventario de los daños para calcular los millones que nos puede costar en puntos del PIB, en euros o en empleos.

La debilidad del crecimiento en la zona Euro, la crisis de la deuda pública pero, sobre todo, la desastrosa gestión de la crisis migratoria ha propiciado una campaña donde la racionalidad económica cuenta poco. Ha funcionado mejor la desinformación, el miedo y la amenaza ante todo lo diferente o extranjero, la apelación a las identidades primarias y el pelo de Boris Johnson, tan hipnótico como el de Donald Trump.

Hasta el asesinato de Jo Cox a manos de un lobo solitario de extrema derecha, los partidarios del Brexit iban ganando porque la campaña ofrecía una competencia desigual entre una identidad ya construida como la inglesa y una identidad en construcción, incluso en crisis, como la europea. Estamos ante un problema de identidad y fundamentalmente inglés. En Escocia, Gales e Irlanda del Norte la permanencia en la UE arrasa sin discusión.

Echarle la culpa a Cameron puede resultar un consuelo pero ni es la verdad, ni sería del todo justo. En el referéndum inglés la UE también está recogiendo lo sembrado desde el inicio de la crisis. Europa se está saliendo de sí misma. Gran Bretaña marca tendencia. No es el único país con una población convencida de que su bonanza y su bienestar, ganados siempre con tanto esfuerzo y siempre sin ayuda de los demás países, se hallan amenazados por una marea de extranjeros que la UE no sólo no sabe cómo parar, sino que ayuda a entrar.

La preocupación por la inmigración que proviene de fuera de la UE casi duplica a la provocada por la inmigración procedente de la Unión. La inmigración ya se ha convertido en la primera preocupación para la mayoría de europeos (58%, Euro barómetro 2015). Ha crecido más de veinte puntos en un año y ha superado a asuntos como el terrorismo (25%) o el paro o la deuda pública de los Estados (17% en ambos casos).

Donde más han progresado los populismos xenófobos y antieuropeos es en aquellos países donde ha crecido más la preocupación por la inmigración, hasta situarse por encima de la media UE (5/10). En los países de la antigua Europa del Este, Alemania, Austria u Holanda la media se sitúa en siete de cada diez ciudadanos. En el Reino Unido, que vive una campaña donde se ha convertido en el tema central, se sitúa en seis sobre diez, bastante más cerca de la media continental.

La alarma migratoria crece más en los países que, aunque no soportan de manera directa la presión en sus fronteras, se ven a sí mismos como segundos destinos donde acabarán llegando los inmigrantes atraídos por su bonanza económica. Son los ciudadanos más satisfechos con la marcha de la economía nacional pero más preocupados por el futuro económico de Europa quienes declaran mayor inquietud ante la inmigración. Alemania, Holanda o Dinamarca registran proporciones similares entre los ciudadanos satisfechos con la economía (ocho de cada diez) y preocupados por la inmigración (siete de cada diez).

Pero no todo está perdido. El discurso xenófobo y antieuropeo funciona peor paradójicamente en los países con peores percepciones económicas y en primera línea ante el fenómeno de las migraciones masivas. En los países del sur de Europa, que sí gestionan a diario en sus fronteras el drama de los refugiados, la preocupación por la inmigración ha crecido bastante menos, situándose en todos ellos, menos en Grecia, por debajo de la media comunitaria. En España representa la preocupación principal sólo para cuatro de cada diez ciudadanos. El sur recuerda.

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