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Qué sorpresa, Estados Unidos nos espía

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Lo de menos es que Estados Unidos pinche el teléfono de Angela Merkel, o no digamos de Rajoy. El propio memorando confidencial publicado ayer en The Guardian reconoce que de las escuchas a líderes políticos no habían sacado mucha información interesante, pues “no parece que se usen para conversaciones sensibles”. Pero ese seguimiento, continúa el documento, sirvió para obtener otros números sobre los que también aplicaron el espionaje.

Es decir, lo importante no está en Merkel, sino de Merkel hacia abajo. Lo que nos indica la revelación de Snowden es que todos somos vulnerables, que si toda una canciller puede ser controlada, aquí no se libra nadie.

¿A alguien le sorprenden estas revelaciones? A nadie. Empezando por la propia Merkel y el resto de líderes europeos, que aunque se digan indignados saben de sobra que Estados Unidos apunta desde hace muchos años sus antenas a Europa y no distingue amigos de enemigos. A nadie le sorprende, y en realidad a nadie parece importarle. Dentro de unos meses pocos se acordarán del caso Snowden, y Estados Unidos continuará su espionaje como si nada.

Los que tenemos un poco de memoria recordamos el impacto del caso Echelon en los años noventa. Para los desmemoriados, resumo: entonces se supo que Estados Unidos contaba con una enorme red de estaciones, creada en la Guerra Fría, y que una vez desaparecida la URSS seguía funcionando. Las antenas, repartidas por todo el mundo (en países aliados, y en sus bases militares en medio planeta), permitían interceptar comunicaciones por radio y satélite, es decir, todo: llamadas telefónicas, faxes, y los correos electrónicos de aquel primitivo Internet.

La revelación causó escándalo en Europa, llegó hasta el Parlamento Europeo, que afirmó sin lugar a duda la existencia de Echelon. El motivo de la preocupación no era si el teléfono de un primer ministro era vulnerable, sino las consecuencias que algunas de esas intercepciones habían tenido: consecuencias económicas. La red Echelon, presentada como una medida de seguridad, de protección antiterrorista, en realidad era una prolongación del poder de las grandes compañías norteamericanas, que disponían así de información privilegiada de sus competidores. Se supo de varios contratos importantes que habían ido a parar a empresas norteamericanas después de que Echelon les facilitase información de sus competidoras europeas. Aquello ya eran palabras mayores.

Sin embargo, Echelon fue pronto olvidada. No porque se desactivase, al contrario: Echelon es la base del actual sistema de espionaje, que no ha hecho más que sofisticarse. Echelon siguió operando en la sombra, mientras los gobiernos y empresas europeas dedicaban más recursos a proteger sus comunicaciones, y se conformaban con obtener de vez en cuando algún chivatazo prestado de Echelon que les ayudase en cuestiones internas (con ETA, por ejemplo, en el caso español).

Tras Echelon, cada pocos años ha habido una nueva revelación, de actuaciones de las agencias estadounidenses, o de empresas tecnológicas que trabajaban mano a mano con esas mismas agencias. Pero en todos los casos el recorrido fue él mismo: a la revelación sigue la indignación, después la protesta oficial, la promesa de medidas que nunca se llegan a adoptar, y finalmente el olvido.

De modo que, visto el éxito de estas revelaciones, lo poco que parece importar que Estados Unidos espíe a todo el mundo, y las nulas consecuencias que esas filtraciones tienen, yo ya empiezo a sospechar que tienen otra función. Déjenme ponerme un poco conspiranoide, que el tema lo pide. Me pregunto si las revelaciones periódicas no servirán en realidad para que seamos conscientes, para que no se nos olvide que pueden espiarnos. Es decir, para que nos sepamos vigilados.

Esa es la clave del panóptico ideado por Bentham, aquella cárcel donde lo importante no era tanto que los reclusos pudiesen ser observados en todo momento, como que lo creyesen así. O la telescreen de Orwell, de funcionamiento similar. Lo importante no es que Estados Unidos nos pinche el teléfono o el correo, sino que nosotros sepamos que puede hacerlo, que debemos tener cuidado con lo que hacemos o decimos, pues Gran Hermano está siempre ahí, alerta.


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