Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
ENTREVISTA
Escritor

Julio Llamazares: “Ahora el paleto es el urbanita que sale a 30 kilómetros de la ciudad y mira a una oveja como si viera una jirafa”

El escritor Julio Llamazares, en su casa en Madrid.

Marta Montojo

30 de agosto de 2026 21:57 h

25

Es lo que cabe esperar de la casa de un escritor: libros. Centenares de ellos en estanterías pueblan las paredes, otras decenas se amontonan en las mesas. En el salón hay varios escritorios sobre los que, sin embargo, Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) no trabaja. Su despacho es una sala contigua, separada del resto de la estancia por puertas correderas. Allí, junto a la ventana, se sienta a teclear. A sus espaldas queda una pared con dibujos de aves y vegetación. Es una tela que ya estaba en la casa mucho antes de que Llamazares y su mujer se instalaran en este piso de Madrid. Sobre una mesa larga, varias pilas de libros —novedades que le envían las editoriales a la espera de sus opiniones— forman una muralla. Resguardado entre la literatura y la naturaleza, el escritor escribe.

Es autor de La lluvia amarilla, La lentitud de los bueyes, Luna de lobos, El río del olvido, Memoria de la nieve y Vagalume, entre otros títulos. Escribe ficción, poesía, artículos de prensa y crónicas como El viaje de mi padre, un libro que publicó en 2025 y para el que recorrió el camino que hizo su progenitor en el Regimiento de Transmisiones durante la Guerra Civil.

Llamazares entiende el paisaje como memoria; la naturaleza como testigo del paso del tiempo. Para él, “el escritor no elige los temas, sino que los temas lo eligen a él”. Habla del escritor no como alguien que necesariamente vive de ello, sino como “todo aquel que tiene la vocación de escribir, que lo haría aunque nadie le leyera”. En ese sentido, dice, se escribe lo que a cada uno le pide el alma. En su caso: la memoria, el paisaje, el mundo rural, la naturaleza.

Me crie en pueblos mineros o campesinos, donde mi padre ejercía de maestro. Vengo de una cultura que ha desaparecido y por tanto tengo interés por eso y por las consecuencias de esa desaparición

Julio Llamazares Escritor

¿Por qué diría que estos temas atraviesan casi toda su literatura?

Escribes de lo que te pide el alma y las cosas que te pide el alma tienen que ver casi siempre con tu vida, con tu sensibilidad, con tu identidad, con lo que te preocupa, lo que te apasiona, y eso no es igual en todos los casos.

Yo vengo de un mundo que desapareció, incluso físicamente. Nací en un pueblo que está debajo del agua, pero eso es un símbolo. Me crie en pueblos mineros o campesinos, donde mi padre ejercía de maestro. Vengo de una cultura que ha desaparecido y, por tanto, tengo interés por eso y por las consecuencias de esa desaparición. Si yo hubiera nacido en Madrid, aquí en Chamberí, me interesarían otras cosas; o cuando voy por el campo o a un pueblo medio abandonado, miraría y no sentiría nada.

Yo desconfío mucho de esos eslóganes o mandamientos de la crítica, de lo que llaman la inteligencia cultural, de que lo que hay que escribir ahora es esto o esto otro.

Si la literatura puede usarse como herramienta, si puede tener una cierta misión política o social, y por ejemplo, en la literatura de naturaleza, quizás aspirar a ensanchar la mirada sobre ella, ¿lo ideal no sería hablar a otras personas, no a tus interlocutores ya convencidos?

Yo no escribo para nadie: escribo —intento escribir— lo que me gustaría leer. Luego soy limitado como escritor y por eso hay que trabajar mucho los textos. Lo que ocurre es que en el mundo hay una serie de personas que piensan y sienten de manera parecida a ti, o que por lo que sea cuando te leen se conmueven. A mí un espectador una vez en Italia me dijo: “Es que su poesía da calambre”. Tú con la literatura tienes que dar calambre, y a partir de eso despertar una cierta sensibilidad, conmover, hacer sentir, hacer pensar.

La diferencia entre un periodista o un político y un escritor es que cuando haces periodismo o, no digamos ya en la política, intentas convencer a la gente de algo. La literatura no tiene ninguna función social directa. La literatura es la purga de tu corazón y entonces el efecto que eso produzca en los lectores es más indirecto que directo. Cuando escribo no intento convencer a nadie de nada.

¿Cómo retratar con las palabras esta hostilidad de la naturaleza frente a la idealización del campo, la sacralización? ¿Lo hizo conscientemente, por ejemplo, en La lluvia amarilla, o surgió de manera natural?

Cada novela es una respuesta a una pregunta. Y la pregunta que me hacía cada vez que veía un pueblo abandonado era: ¿'qué pensaría el último que se quedó aquí?'. Eso es el origen y, al final, lo que cuenta La lluvia amarilla.

La cultura hoy es mayoritariamente urbana y la mirada que hay del campo suele ser una mirada urbana. El ecologismo es una mirada urbana, la gente del campo no es ecologista. Pero esa mirada está siempre desenfocada: o bien a favor o bien en contra.

Hay una mirada urbana del campo que es que son todo paletos, son rudimentarios. Es una mirada despectiva. Hasta hace poco había humoristas que hacían chistes de los de los pueblos. Y luego hay otra mirada que en mi opinión es peor, que es la paternalista. Los que van al campo como que es el paraíso perdido sin saber que allí las pasiones son las mismas que en las ciudades: la gente se ama, se odia, se mata. El problema del campo es que siempre se cuenta desde las ciudades. Raramente hay gente que vive y escribe desde allí. Por eso muchas de las cosas que se escriben sobre la naturaleza, esto que se llama literatura de naturaleza, se suele escribir desde fuera de ella. Y eso tiene una serie de consecuencias.

Yo vengo de ese mundo y me he criado en el otro, como millones de españoles y europeos. Eso me hace evitar el menosprecio y la alabanza de la aldea. Yo leo muchos textos sobre la naturaleza que son escritos como por exploradores, pero es que eso está en la sociedad. Tú ves a la gente que va a la sierra de Madrid un domingo y va vestida como si fuera al Amazonas. Y ven una vaca y le preguntan al señor si la pueden tocar. Yo pienso que el paleto nacional ahora no es Paco Martínez Soria, que venía con la boina y llegaba a Atocha y miraba un semáforo con la boca abierta. Ahora el paleto es el urbanita que sale a 30 kilómetros de la ciudad y mira a una oveja como si viera una jirafa. Hay una distorsión de la realidad que a mí me llama mucho la atención.

Se le considera, entre otras cosas, un escritor de naturaleza. Cuando hablamos de literatura de naturaleza, ¿a qué nos referimos?

La impresión que yo tengo es que la gente, cuando habla de la naturaleza, se refiere a la naturaleza del campo. Pero la ciudad también es naturaleza. Los edificios, las calles, también son naturaleza. Es un medio natural, más intervenido por el género humano, pero el campo también está muy intervenido, lo que pasa es que no te das tanta cuenta. Desde un avión ves el paisaje y está todo cultivado, está intervenido.

La nostalgia no tiene ningún sentido. Cualquier tiempo pasado fue peor, no mejor. No hay que idealizarlo. Lo único que fue mejor es que éramos más jóvenes y nos quedaba más tiempo por delante

Julio Llamazares Escritor

Hay una novela que recomiendo: Las fronteras, de Carolina Sarmiento, una chica asturiana. Es muy buena, al menos a mí me lo parece. Tiene un lenguaje muy poético y es el tipo de literatura que a mí me gusta. La novela es una distopía. El arranque es muy original: imagina que la humanidad, para salvar el planeta del deterioro continuo y cada vez más acentuado, decide solo habitar una mitad y dejar que la otra mitad se regenere. Entonces la trama es lo que pasa en la frontera. Está inspirado en un tramo de la frontera entre Finlandia y Rusia donde, en lugar de haber alambradas, ahí han dejado que crezca el bosque. Con lo cual es el bosque como frontera entre los dos países. En la novela es la frontera entre el mundo habitado y el mundo deshabitado.

Tendemos a considerar naturaleza solamente la naturaleza virgen. Pero lo es todo, el planeta entero, más o menos intervenido por el hombre, a veces para bien y a veces para mal. Para mí, El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio es literatura de naturaleza y es sobre unos jóvenes que van al río Jarama un domingo por la tarde. Y una novela policíaca en Madrid también puede ser de naturaleza porque lo es todo. No tengo muy clara la división.

Busca, como dice, fijar la memoria en palabras, pero también recuperar los paisajes que componen la infancia, ¿no? Como su casa, ese pueblo en el que nació.

Más que recuperarlos, se trata de fijarlos en la memoria para que no desaparezcan del todo, pero eso lo hacemos todos. No tanto por un ejercicio de nostalgia. La nostalgia no tiene ningún sentido. Cualquier tiempo pasado fue peor, no mejor. No hay que idealizarlo. Lo único que fue mejor es que éramos más jóvenes y nos quedaba más tiempo por delante.

La lluvia amarilla es una novela que me ha generado muchas reacciones muy curiosas. Yo he escrito una novela, pero hay gente que se la ha tomado como la Biblia de la despoblación, como que es una novela que defiende la vuelta al campo. No defiendo nada. Es más, esos pueblos, si no hubieran desaparecido, habría que ver qué hacer con ellos, porque son inhabitables. Lo que yo hago es una reflexión sobre la soledad y sobre el fin de un mundo, pero no es que reivindique volver otra vez a ese mundo. Y entonces no hay un ejercicio de nostalgia, sino un ejercicio de fijación de la memoria.

Esto no lo pienso a la hora de escribir, claro. Lo pienso cuando me preguntan por ello. Pero poco a poco voy sabiendo un poco las motivaciones de escribir. Y, contra lo que algunos piensan, yo no soy nostálgico, ni quiero volver al pasado ni nada, simplemente considero que la memoria es fundamental para todos nosotros. Lo más importante que tenemos es la memoria. ¿Por qué es tan terrible el Alzheimer? Porque convierte a una persona en un maniquí, anula la personalidad. La personalidad es la memoria, que además no es fija, sino que se va transformando.

Etiquetas
stats