Roger sufrió un fallo en la anestesia y la Generalitat lleva cuatro años sin atender su queja: “Sentí los cortes de la operación”
El 12 de febrero del 2022 Roger Ferrer entró al quirófano del Hospital de Granollers para una operación de apendicitis. Una intervención sin aparente complicación. Pero, al comenzar, la máquina que le suministraba la anestesia no funcionó correctamente. En vez de quedar sedado por completo, Ferrer pasó 45 minutos despierto y sin apenas oxígeno. Sintió cada corte, movimiento e incisión de la operación, sin poder mover un músculo ni emitir un solo grito para alertar que estaba sufriendo.
Cuatro años después, Ferrer narra cómo el estrés postraumático le ha condicionado la existencia mientras continúa esperando una reparación tanto del hospital como de la Generalitat. “Sentí el dolor de los cortes de la operación y cómo me hurgaban. Viví una experiencia de muerte en vida y no he vuelto a ser el mismo”, resume este hombre de 51 años.
A las secuelas psicológicas de la operación, se le suma la inacción del Hospital y la Generalitat en dar respuesta a las reclamaciones de Ferrer. En febrero de 2022, la abogada de la familia, Lucia González-Cuevas, interpuso una reclamación al Instituto Catalán de la Salud (ICS).
Aunque la queja se admitió en noviembre del mismo año, a día de hoy aún no han recibido respuesta por parte de la administración. “Estamos viviendo una situación de silencio administrativo flagrante. Es una vulneración a los derechos de Roger”, denuncia la letrada, en conversación con elDiario.es.
Según le han comunicado desde la Administración, están pendientes de que el ICAM (Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas) elabore un informe sobre el caso de Roger para poder evaluar si compete indemnizarle y por cuánto. Consultado por este medio, el ICAM (Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas), por su parte, expone que gestiona “un volumen muy elevado de expedientes, lo que comporta una lista de espera significativa”. Por eso, apuntan, los expedientes de responsabilidad patrimonial con una cantidad reclamada inferior a 50.00 euros “no son objeto de valoración por parte de esta Subdirección General”.
El problema es que Roger todavía no ha reclamado ninguna cuantía porque está a la espera del informe del ICAM. De hecho, desde el Departament de Salud, órgano del que depende el ICAM, confirmaron a Roger (mediante un correo al que ha tenido acceso elDiario.es), que el caso estaba parado porque seguían esperando el informe pericial. Y que ese es el procedimiento habitual para después interponer la reclamación a la administración.
Ante esta contradicción, desde el ICAM responden a elDiario.es que “vista la reclamación, la estimación es que [la compensación] se sitúe por debajo de los 50.000 euros”. E insisten en que la pelota no está en su tejado sino en el Institut Català de Salut. Con todo, hace ya tres años que sufren el silencio de la administración, aunque por ley deberían responder en un plazo máximo de dos.
El día de la operación
En una urbanización de Vilanova del Vallès (Barcelona) se esconde una casa que toca la montaña, rodeada de árboles. Allí vive Ferrer desde hace unos pocos años. Junto a su pareja, Laura, su hija de siete años y sus dos perros, recibe nervioso a este diario. “Estos días he estado removido”, confiesa.
Graduado en Educación Social, Ferrer ha trabajado en centros de menores y pisos para jóvenes y adolescentes tutelados. Un dolor abdominal le llevó a urgencias, le diagnosticaron un principio de apendicitis y le operaron al día siguiente. Ferrer entró consciente al quirófano, le explicaron el procedimiento habitual (que, en principio, pasaba por una anestesia total) y notó cómo se iba durmiendo. Es lo último que recuerda con normalidad. Al instante siguiente un dolor agudo le despertó mientras le ponían la sonda. Pensó que la operación estaba terminando, pero en realidad solo acababa de empezar.
“Cuando entendí que estaba despierto, empecé a enloquecer”, relata Ferrer. Intentó avisar de que algo no estaba funcionando bien. Estaba despierto y sentía cómo le hacían los cortes en la barriga. Notaba que no le llegaba el oxígeno y que tenía graves dificultades para respirar. Intentó mover su cuerpo, un dedo, un párpado, cualquier cosa para alertar al equipo médico que algo iba mal. Pero nadie se podía dar cuenta. Estaba encerrado dentro de su propio cuerpo, sufriendo el dolor de la intervención sin poder emitir un solo sonido.
Ferrer entendió que no podía dejarse llevar por el pánico. Y, aun así, miles de imágenes empezaron a atravesarle la cabeza. Una, muy nítida, todavía le acompaña: “Veía una línea roja y, al final, un abismo. Si la cruzaba, si me ganaba el pánico, iba a caer y desaparecer para siempre”. Con ella se mezclaban escenas de gente atrapada viva bajo tierra o en accidentes de coche. “Mi cabeza necesitaba dar respuestas a lo que estaba pasando”, añade.
Llegó a un punto límite cuando volvió a notar que le faltaba el aire. “En ese momento me vinieron a la cabeza Laura y mi hija. Me estaba despidiendo. Era consciente de que lo que me pasaba era muy grave y de que nadie se daba cuenta. Además, sabía que no iba a poder salir de ahí”. “Me sentí enterrado. Momificado. No podía hacer nada y sentía que me estaba muriendo”, explica, con la voz entrecortada incluso cuatro años después.
Para sobrevivir al resto de la intervención, se aferró a una técnica de respiración aprendida tiempo atrás, concentrándose en el recuerdo de un silbato de juguete que le había regalado su hermana. “Me imaginé ese hilo de aire y me concentré en él durante toda la operación. Eso me salvó la vida”, asegura.
Primeras explicaciones y silencio administrativo
En un correo electrónico remitido a Ferrer, al que ha tenido acceso elDiario.es, la anestesista de su operación dio al paciente una explicación a lo sucedido: según su versión, a Ferrer se le administró una “anestesia general sin incidencias”, pero al revisar el respirador de la operación se descubrió que el vaporizador del gas no funcionaba “del todo correctamente”, por lo que el paciente pudo estar en “un plan anestésico no correcto”.
El informe de la psicóloga clínica de Ferrer es más contundente y dictamina que la operación “tuvo complicaciones importantes a nivel anestésico”, que comportaron que el paciente estuviera semiconsciente. Según esta experta, el hombre tuvo “conexión sensorial, pero padeció una inmovilización absoluta”. Su capacidad de interacción con el exterior estuvo “limitada totalmente”.
Ferrer fue, poco a poco, recuperando la movilidad tras la operación. “Lo primero que hice fue morder los tubos. Necesitaba que me escucharan y contar que la operación no había ido bien. Y cuando por fin pude gritar, dije: 'horror, horror'”, rememora. Seguía en estado de shock. En reanimación, según su relato, nadie le preguntó qué le había pasado. “Me sentí completamente desatendido. La dejadez emocional también me afectó”, lamenta.
Dos años de baja
Ferrer ha vivido los últimos años tras la operación como una pesadilla, entre insomnio, ansiedad y una hipervigilancia constante. El estrés postraumático crónico, del que ha sido diagnosticado, provocó que pasara meses sin salir de casa y sin conducir. Su mujer, Laura, relata su miedo cuando él llegó a casa: “Lo vi convaleciente. Pensaba que lo había perdido”.
“Mi hija no podía contar conmigo, mi pareja no podía contar conmigo. Esto me ha generado culpa, impotencia, frustración”, explica Ferrer, que lamenta los “muchos cambios de médicos y tratamientos” que ha encadenado durante estos años en la sanidad pública.
La relación de pareja también se ha resentido, ya que Laura ha sentido que debía asumir un rol de cuidadora permanente, con el desgaste que esto le ha conllevado: “Me he sentido muy sola”, explica.
Ahora, Ferrer ha vuelto a trabajar, aunque no al puesto que ocupaba antes de la operación: asegura que ya no puede sostener la exposición emocional que exige el trabajo directo con jóvenes y menores en situación de desamparo.
Su reclamación contra la sanidad pública sigue, cuatro años después, en situación de silencio administrativo: el sistema sanitario no le ha dado una respuesta definitiva ni provisional sobre lo ocurrido el 12 de febrero de 2022. “No busco solo una compensación económica por todos los gastos médicos y psicológicos, sino un reconocimiento institucional y una reparación del error que sufrí”, concluye Ferrer.
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