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La conspiración es asunto de ricos

Miguel Ángel Villena

Llevado de mi admiración por el escritor griego Petros Márkaris y por su magnífico personaje del comisario Kostas Jaritos he buscado en un diccionario el sustantivo conspiración y el verbo conspirar. No he utilizado, claro está, el famoso Dimitrakos del que se sirve Jaritos y he recurrido al Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco. Está claro que siempre resulta muy instructivo recurrir a un diccionario para descubrir la raíz precisa de conceptos, a veces tan difusos, como el de conspiración. Así pues, conspirar tiene dos acepciones. La primera queda definida como “Unirse en secreto para actuar contra alguien, especialmente contra el poder” y la segunda, “Tramar algo secretamente”. Conspiración, como es lógico, no es otra cosa que la acción de conspirar. Con el importantísimo matiz de que el poder o la lucha por el poder están siempre, de un modo u otro, detrás de la conspiración me ha venido a la memoria el extraordinario guion de la película Lincoln, de Steven Spielberg, donde se retrata magistralmente el juego político que permitió al mítico presidente de Estados Unidos lograr la abolición de la esclavitud en 1865 a partir de compras de votos, sobornos, chantajes de todo tipo y, en fin, una galería interminable de trucos conspirativos. Al final del filme el personaje de un congresista, interpretado por Tommy Lee Jones, resume el debate moral y político al que suelen enfrentarse los conspiradores cuando comenta a su ama de llaves y amante negra: “Es uno de los grandes avances de la Humanidad, promovido por un presidente justo y utilizando todas las formas de la corrupción y de la conspiración”. Al fondo de aquel episodio histórico y de cualquier conspiración laten algunas preguntas: ¿El fin justifica los medios? ¿Hay conspiraciones justas e injustas? ¿Es lícito moralmente conspirar con métodos sucios? ¿Puede obtenerse el poder (aunque sea un poder democrático y liberador) a cualquier precio?

No cabe duda de que la conspiración representa un fenómeno transversal y universal que recorre el mundo desde los patios de vecindad a la Casa Blanca pasando por las relaciones de trabajo, las historias amorosas o los pleitos de familia. Nada ni nadie escapan a la tentación de unirse en secreto contra alguien y si ese alguien ostenta el poder (cualquier clase de poder por mínimo que sea) la tentación suele ser irresistible. Nadie está libre, pues, del pecado de conspirar y el que esté libre que tire la primera piedra. Porque ya nos advirtió el gran intelectual francés Michel Foucault que todo en la vida y en las relaciones humanas apela en definitiva a una cuestión de poder. Por ello resulta curioso comprobar que en la misma época de Lincoln se sucedían en España las conspiraciones por todas partes bajo el reinado de Isabel II, como ha reflejado con brillantez la historiadora Isabel Burdiel en su biografía de aquella reina. Militares, políticos, nobles, revolucionarios, nacionalistas, clérigos, artesanos y campesinos se confabulaban, una y otra vez, en un bucle interminable que salpicó el entero siglo XIX español. “Todos conspiraron contra todos” podía ser un adecuado titular para aquella centuria española. No solo en nuestro país, sino en cualquier rincón del planeta, las conspiraciones a favor o en contra del poder se incrementan en el siglo XX donde la diplomacia, que es el arte elegante de la conspiración, o la milicia, que es la forma sangrienta y burda de confabularse contra el enemigo, alcanzan su máxima expresión. La guerra civil española o la Segunda Guerra Mundial representan el cénit de la historia de la conspiración, bien sea por vías políticas, económicas o militares. Un recorrido histórico, que dicho sea de paso, ya llegó a sus cotas más altas de sofisticación y de crueldad durante el Imperio romano. Si algún lector quiere disfrutar con el relato de conspiraciones para todos los gustos, bastaría con leer el Yo, Claudio, de Robert Graves, o las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. Sin embargo, este repaso histórico nos deja todavía la duda de qué conspiraciones son lícitas y cuáles no. ¿Las conspiraciones de los oprimidos tienen más categoría moral, aunque utilicen medios condenables para lograr sus fines? ¿Son justas, pues, las conspiraciones en favor de la mayoría? Los interrogantes están el aire.

Ahora bien, adentrados ya en el siglo XXI el grueso de las conspiraciones ha pasado de la esfera política o social a la económica con tal rapidez y de tal modo que los principales nidos de intrigantes se encuentran ahora en las sedes bancarias, en los ordenadores de las bolsas o en los paraísos fiscales de las multinacionales. Así pues, el peso del capitalismo financiero se ha convertido en una maquinaria tan brutal y tan global que los tiburones de Wall Street o de la City ya no necesitan derrocar gobiernos ni amparar golpes de Estado, como en la historia reciente. En la actualidad esos personajes como el Jeremy Irons, de la película Margin call, solo precisan dominar la economía. Hablamos de personajes de ficción que están encarnando, por supuesto, a los responsables de Lehman Brothers, del Banco Central Europeo, del FMI o de las grandes entidades financieras españolas. Los nombres de estos escasos pero muy poderosos sujetos están en la mente de todos. Así pues, al compás de una globalización que, según sus propagandistas, solo iba a traer beneficios a la mayoría de la población, los conspiradores dibujan cada vez más una cofradía muy selecta y reducida, donde sus miembros son cooptados y cuyo fundamental objetivo consiste en arruinar a millones de personas para enriquecerse ellos. Da la impresión, pues, de que los centros de la conspiración se reducen y se tornan más secretos y clandestinos, más opacos e infranqueables. Bastaría recordar, y solo es una amarga ironía, las inmensas dificultades para reclamar a una multinacional o a algún banco que ya solo responden a través de contestadores automáticos o de impersonales empleados que pueden estar al teléfono en la otra punta del mundo.

En apenas unas décadas hemos asistido, entre indignados y perplejos, al siniestro espectáculo de que los ricos se hayan apropiado de la conspiración con mayúsculas y a los oprimidos solo parece quedarnos ya el derecho al pataleo de las redes sociales, en la versión digital de las protestas, o la eterna ocupación de la calle, donde al final se ganan o se pierden las batallas. Es como si la conspiración hubiera iniciado un viaje en el túnel del tiempo hasta tal punto que las reuniones de los poderes financieros en Bruselas o en Washington, a pesar de los despliegues televisivos y de internet, recuerdan cada vez más a los concilios de la Iglesia medieval, a los matrimonios entre reyes o a las confabulaciones de un puñado de nobles. Este horrible regreso al pasado, este salto de siglos que suena a paradoja tiene en nuestro país un ejemplo claro, una referencia indiscutible. ¿No les recuerda Iñaki Urdangarin a los cortesanos de Isabel la Católica? ¿No puede ser Diego Torres el bufón de los aristócratas medievales? ¿No fueron Francisco Camps y Jaume Matas los usureros de las conquistas de los tercios de Flandes? ¿No representa Carlos García Revenga el papel de Antonio Pérez en la monarquía de Felipe II? ¿No juega la Casa Real a las mismas tramas y conspiraciones que la mayoría de sus ilustres antepasados desde hace siglos?

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