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El aprendiz de maltratador

Miguel Lorente

En España hay 840.000 niños y niñas que viven expuestos a la violencia que sus padres ejercen sobre las madres, menores que sufren sus consecuencias y aprenden a normalizarla, a entenderla como un hábito más de la familia, igual que puede ser ir al parque los sábados por la tarde o comer en casa de los abuelos el domingo. Si se dan las circunstancias se producen los hechos: si es sábado y no llueve parque, si es domingo y el abuelo no está enfermo comida, y si mamá “hace algo mal” gritos y golpes. Lo normal.

Eso quiere decir que, de manera aproximada, hay 400.000 niños varones que año a año asisten a esa escuela de maltratadores que en ocasiones se convierte el hogar, y que aprenden a serlo bajo la tutela y directrices del padre. ¡Qué mejor maestro en violencia que el maestro en la vida!.

Y frente a este grave problema por su realidad presente, por su significado histórico y por su trascendencia y consecuencias futuras, la sociedad, sobre todo la parte más conservadora, ha preferido cerrar los ojos, y cuando ha sido imposible hacerlo por las graves consecuencias del resultado de la violencia de género extendida hasta los hijos, ha preferido desviar la mirada para hablar de otras cosas, para comentar que es la familia la que está erosionada, o que es el ambiente doméstico el que se ha desordenado conforme el viento de la crisis ha entrado por las ventanas de esos hogares.

840.000 niños y niñas representan el 10% de nuestra infancia (recuerdo que el dato es de la última Macroencuesta, realizada por el Ministerio de Igualdad y el CIS en 2011). Sí, el concretamente 10’1%. Chicos que son más violentos en sus relaciones y juegos desde pequeños, que tienden a consumir sustancias tóxicas en la adolescencia y a cometer “delitos menores”, chicos que tienen una mayor representación en el fracaso escolar, y que inician sus relaciones de pareja en la juventud bajo ese patrón de dominio-sumisión que han aprendido. Y chicas que se identifican con la madre, que viven con miedo, que no quieren dejarla sola y apenas tienen amistades, chicas que también fracasan más en los estudios y que llevan un consumo mayor de sustancias tóxicas. Y chicas que cuando se encuentran con un joven que les promete la luna, la luna de un coche vista desde dentro, ese sentirse protegidas por algo y por alguien, lo dejan todo para irse con ellos, aunque luego vean más estrellas que luna por los golpes que reciben, y sean las nubes tormentosas las que habiten el horizonte de su relación.

Es cierto que la personalidad y la conducta humana no es una consecuencia directa de la biografía y de los acontecimientos vividos, y que por tanto muchos de estos chavales y de estas chavalas no terminaran reproduciendo los comportamientos de sus padres y de sus madres, pero también es verdad que la experiencia vital y la educación, sobre todo en los ambientes más íntimos, como es la familia, actúa como una de las fuerzas que más condicionan la respuesta ante las circunstancias que luego les presentará el futuro. Y su nivel de impacto será tanto mayor cuanto más coincidencia y armonía exista con otros ambientes, es decir cuanto más similar sea a lo que ven y viven en la sociedad y a lo que aprenden y observan en el colegio.

Por eso resulta clave desarrollar una conciencia crítica que rompa con la normalidad de la violencia de género. No es normal que un hombre imponga su criterio en una relación, y menos aún que lo haga por medio de la violencia. Todo lo que se oculta bajo los argumentos de “es que Paco es así”, “es que Pepe tiene mucho pronto”, “es que a Juan se le va la mano”, o aquello otro de “para eso es el hombre de la casa”, “alguien tiene que poner orden”, “es un poco exigente, pero luego es muy cariñoso”… es lo que permite que continúe la violencia contra las mujeres y los menores, y que un día, igual que la luz rompe la noche, sea el resultado de esa violencia el que rompa la normalidad viciada que nos hemos dado con la complicidad del silencio y de las paredes del hogar.

En estas circunstancias de violencia ocultada, y por lo tanto amparada por el contexto que se ha puesto como escenario, nos sorprendemos cuando aparece en Twitter el video de una menor realizando una felación a un compañero de clase (3-4-13), o cuando un padre mata a su hija el día que tenía que volver con su madre maltratada y luego se suicida (Campillos, Málaga, 1-4-13). Ante hechos como estos rápidamente se lanzan preguntas al aire, ¿cómo es posible que sucedan estas cosas?, pero la pregunta que habría que hacerse es, ¿qué hacemos para que no ocurran sucesos como esos?.

¿Tú que haces?

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