Andalucía Opinión y blogs

Sobre este blog

Lívida muerte cobarde

0

Siempre tuvo Lucrecia Hevia los ojos pizpiretos, inteligentes, pero importaba más su mirada, porque su periodismo solía usar gafas de cerca para aproximarse a la realidad con emoción e inteligencia.

Seguro que recordaré su sosiego de pianista de saloon del Far West, que seguirá tocando en mi memoria las teclas del rigor y de la ponderación por más que granjeros y cowboys se enzarzaran en la balacera suicida de la polarización sin enjundia, esa que suele hablar el idioma del exabrupto y no entiende el lenguaje de la razón.

Si en las brumas de la leyenda acecha la incierta figura de don Pelayo y la Virgen de Covadonga conquistando Al-Andalus así que pasaran ocho siglos, ella, que no dejó nunca de ser asturiana por supuesto, se dejó conquistar por Andalucía y, entre el clavel y la espada, hizo por esta tierra, lo que no hacen mucho de sus hijos: defenderla.

Vino para un año y se queda para la eternidad, aunque su acento no lleve el deje de las sevillanas maneras o la cadencia de todos los Cádiz, ni le aplomara el terral de Málaga en sus conversaciones, o la lengua verdeoliva de Jaén, la intensidad de un fandango cuando cruza la ría, la sobriedad salobre de Almería, la nevada en el habla granadina o un patio al sol de su Cordópolis.

No hay hora de los adioses para gente como Lucre, aunque me salgan brazos de letras para abrazar a sus hijas y a Héctor, que siempre creyó en las buenas noticias, aunque hoy no lo sean

No le hacía falta que nadie certificara su denominación de origen para que en sus palabras y en sus ideas habitara el sur, su forma de mantener la identidad de lo diverso, su pluralismo vernáculo, su viejo diálogo de mar y tierra, que hunde las raíces en la mitología y desemboca en mar abierto, desde la humildad de los tajos, a la soledad rural, los malos barruntos de la política o la extraña esperanza que suscitan los microchips y la ciencia que amó en plena epidemia de negacionistas de la razón y exaltadores de la superchería.

Era Lucrecia Hevia andaluza y universal, como nos queremos los andaluces, los de ocho apellidos mestizos o los recién llegados con su canasto de mimbre en las pateras, con su amor a la luz y su hartazgo de estereotipos.

Hizo bien la UGT en concederle el premio que más mereció, el de luchadora. Por ella y por las suyas, con el escalofrío del feminicidio y el runrún eterno de las brechas salariales, con señoros a los que todavía suscita extrañeza que una mujer pueda ser directora o empresaria, en una profesión con mayoría de mujeres.

No hay hora de los adioses para gente como Lucre, aunque me salgan brazos de letras para abrazar a sus hijas y a Héctor, que siempre creyó en las buenas noticias, aunque hoy no lo sean. Sólo me sale, piano piano, una vieja letra del andaluz Pedro Garfias, dedicada a su cuna, como si el mapa se doblase por sus extremos en dos mitades cómplices: “Prepara tu salto último/ lívida muerte cobarde/ prepara tu último salto/ que Asturias está aguardándote/ sola, en mitad de la Tierra,/ hija de mi misma madre”.