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Ya no vengo más: una oda a las vicisitudes del viaje

Desesperación en el Aeropuerto del Prat.
29 de julio de 2026 20:56 h

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Haciendo yo las veces de cama humana en la Terminal 1 del Aeropuerto del Prat en Barcelona, mis pensamientos intrusivos me susurraban “ya no vengo más, ya no vengo más”, como un mantra. Justo en ese momento, el personal de puerta de embarque anunció por megafonía que la segunda pata de nuestro anual peregrinaje Sevilla-San Diego se cancelaba hasta el día siguiente.

De todo lo que vino antes y después de ese momento no me explayaré: cómo un niño de cuatro años se tiraba por los suelos del aeropuerto de Sevilla, habiendo despertado temprano el día después del segundo triunfo de España en la Copa Mundial de la FIFA. De cómo nos citaron temprano un segundo día para el vuelo cancelado, solo para salir con 4 horas y media de retraso. De la pesadez del viaje, y de cómo cuando elegimos viajar en avión nos sometemos a ser tratados como ganado, porcino o bovino, que ha de ser transportado.

No te lo cuento porque, supongo, te lo imaginas. A estas alturas de la globalización, el que más o el que menos ha pasado por una crisis de aeropuertos. Lo que sí me interesa contarte es acerca de ese mantra que resonaba en mi cabeza, y cómo llegó allí: “Ya no vengo más. Ya no vengo más”.

Por si acaso, mi querida lectora, no lo sabes, soy de Mairena del Aljarafe, Sevilla (un sitio raro para ser, un sitio casi de paso, pero de ahí soy), y llevo una década viviendo en San Diego, California. De ahí el particular camino del Rocío que realizo cada verano para dejar mi residencia a 20 minutos de la playa e inmiscuirme en el horno insufrible que es el Aljarafe sevillano en julio.

Este pasado martes, cuando conducía un coche alquilado las dos horas y media del aeropuerto de Los Ángeles a mi casa en San Diego, me imaginaba como una extraña rociera, con todos los sacrificios del camino, pero ninguno de los disfrutes. Nadie que salte una reja para admirar una virgen al final de estas maratonianas 48 horas de viaje, ni que cante sevillanas o toque las palmas para entretenerme y que no me canse al volante.

Esta experiencia me devuelve a una interacción que tengo guardada en la memoria: no sé quién me lo dijo ni cuándo, pero creo atisbar que era un hombre mayor. “Cuando planeamos el viaje, nos hace mucha ilusión”, me dijo. Lo que no se habló pero se dejó entender fue que el viaje, como acto, no es en realidad un acto de disfrute, sino de sufrimiento. En aquel momento de mi juventud no entendí, cuando me maravillaba yo de los glaciares en Argentina o los arrecifes de coral en Tahití, qué quería decir aquello. Pero ahora, a mis tiernos 38 años, la memoria cobra sentido. Un viaje no es más ni menos que las expectativas que nos creamos alrededor de él.

La parte racional de mi cerebro sabe que cambiaré de opinión. Que pronto, las neuronas encargadas de la memoria irán suavizando el relato, borrando las partes más dolorosas–aunque estas hayan sido particularmente dolorosas–del viaje para dejar solo las dulces. (Incisillo: este es el mismo mecanismo por el que algunas mujeres tenemos más de un hijo, si no, dime tú quién)

Cuando imaginamos un viaje, pensamos el disfrute, el descubrimiento, la algarabía, pero no lo que nos costará llegar. Nadie prevé las cancelaciones o huelgas de controladores, ni la dueña del Airbnb que se confundió y te canceló la estancia sin decirte nada.

Cuando eres (más) joven, y el mundo aún te parece insólito, la dopamina que te produce ver cosas nuevas nubla lo pasado para llegar a ellas. Si a eso le sumas que viajar con niños no es ir de vacaciones, sino mover tu trabajo a una segunda o posiblemente tercera residencia, pues tú me dirás.

Recitan así mis pensamientos intrusivos. “Que ya no voy más, que no. Que ya no me meto más con dos niños en un viaje de 24 horas en el mejor de los casos. Que no, no me da la gana, y ya está”.

La parte racional de mi cerebro sabe que cambiaré de opinión. Que pronto, las neuronas encargadas de la memoria irán suavizando el relato, borrando las partes más dolorosas–aunque estas hayan sido particularmente dolorosas–del viaje para dejar solo las dulces. (Incisillo: este es el mismo mecanismo por el que algunas mujeres tenemos más de un hijo, si no, dime tú quién).

Dentro de unos meses recordaré a los niños jugando con sus primos, las sobremesas que se alargan hasta que el calor afloja, el olor de los jazmines al caer la noche. Olvidaré el suelo de la Terminal 1, las cuatro horas y media de retraso y aquella carretera interminable entre Los Ángeles y San Diego. Y volveré a buscar vuelos.

Porque “ya no vengo más” no significa que no quiera volver. Significa que volver me cuesta cada vez más. Que tengo una casa a cada lado del mundo y que, para llegar a cualquiera de ellas, siempre tengo que alejarme de la otra.

Así que sí: ya no vengo más.

Hasta el verano que viene.

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