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Con dos jamones por banda

Embutidos ocultos confiscados a un ciudadano estadounidense en el Aeropuerto Internacional de Seattle.
23 de septiembre de 2026 21:18 h

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Por diez sartas de chorizo, dos cañas de lomo, cuatro pancetas de compango, dos fuets de espetec, dos paquetes de sobrasada y cuatro paquetes de chorizos criollos perdió un ciudadano estadounidense sus privilegios de Global Entry, el programa que permite a viajeros considerados de bajo riesgo cruzar más rápido la frontera de Estados Unidos. Era su segunda infracción, le pusieron una multa de 500 dólares y le confiscaron casi nueve kilos de carne. Ni una loncha de jamón a la vista. El botín, para más inri, era de Mercadona.

Esta información, compartida en los grupos de WhatsApp de españoles en Estados Unidos a los que pertenezco, es motivo de chanza y risa. El que más y el que menos tiene una historia (o veinte) sobre lo que ha metido y lo que le han quitado en la aduana o, a unas malas, sobre la página web en la que se compra más barato el jamón importado.

Cuando los españoles nos vamos de España, nos obsesionamos con encontrar precisamente los productos que la aduana nos prohíbe meter en la maleta. El chorizo, la sobrasada y, por encima de todos, el jamón dejan de ser comida y se convierten en una misión. Cuanto más difícil es conseguirlos, más imprescindibles nos parecen. Luego están, claro, las normas.

La regla más importante es sencilla: hay que declarar todos los alimentos y productos agrícolas que uno lleva en la frontera de casi todos los países. En Estados Unidos, si se declaran y el inspector decide que no pueden entrar, los confisca, pero no impone una sanción. El problema empieza cuando se ocultan. El Departamento de Agricultura de este país prohíbe expresamente que los viajeros introduzcan desde España jamón serrano, jamón ibérico y salami. Para el resto de carnes importa el país de origen, el tratamiento, el envase y la documentación, y la última palabra la tiene siempre el inspector.

La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés) no publica en sus estadísticas agrícolas cuántos kilos de chorizo, naranjas o sobrasada confisca cada año. Lo que cuenta son las inspecciones y las sanciones.

El año fiscal 2019, el primero del que hay datos disposibles, fue también el de mayor actividad: 3.649.022 inspecciones agrícolas a pasajeros y 9.931 sanciones. Con la pandemia y las restricciones de viaje, las cifras se hundieron. En 2025 todavía estaban, respectivamente, un 22% y un 24% por debajo de 2019.

Me imagino a los españoles emigrados como Javier Bardem y Jordi Mollà en la escena final de Jamón, jamón, abriéndonos paso por el mundo a golpes de pata de jamón. Solo que nuestro enemigo es mucho menos cinematográfico: el agente fronterizo de turno. Y casi siempre gana él

En los últimos años, casi cada vez que vuelvo a Estados Unidos desde España lo hago a través del aeropuerto de Los Ángeles. Juro que, según me ven enfilar el último pasillo de la aduana, el oficial de agricultura ya me está esperando para revisarme las maletas y echarme la bronca si no he tirado las naranjas que llevaba para la merienda de los niños.

En estos años, el número de visitantes internacionales a Estados Unidos tampoco se ha recuperado por completo. En 2024 llegaron a Estados Unidos 72,4 millones, frente a los 79,4 millones de 2019: alrededor del 91% del nivel anterior a la pandemia.

Y, sin embargo, parece que la frontera deja buen recuerdo. En 2025, el 73,7% de los viajeros internacionales llegados por aire calificó su experiencia de entrada en Estados Unidos como buena o excelente; el 97,2% dijo que el viaje había cumplido o superado sus expectativas; y el 96% esperaba volver. La encuesta federal no preguntaba cuántos pensaban regresar con un fuet escondido en la maleta.

Una vez, a la entrada de un país cuyo nombre y coordenadas no revelaré, descubrí (o creí descubrir) el truco para entrar los jamones que quisiera. Cual ladrona de Ocean’s Eleven, escondí diez paquetes de jamón envasados al vacío en un compartimento con cremallera dentro de la maleta. A la vista dejé otros cuatro. 

De lo que sucedió después no diré nada, por no incriminarme demasiado. Pero estuve desayunando tostadas con jamón durante casi cuatro meses. Nunca una tostada me supo más dulce. 

Desde entonces, he madurado y he cambiado el contrabando por el jamón de Costco. Pero algo de aquella épica permanece. Me imagino a los españoles emigrados como Javier Bardem y Jordi Mollà en la escena final de Jamón, jamón, abriéndonos paso por el mundo a golpes de pata de jamón. Solo que nuestro enemigo es mucho menos cinematográfico: el agente fronterizo de turno. Y casi siempre gana él.

Nota: Algunas de las cifras en esta historia han sido compiladas usando la inteligencia artificial y datos de CBP disponibles aquí. Todos los datos han sido verificados por un humano.

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