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Primicias, engañifas y otras perversiones

En función de la encuesta de turno, las elecciones las ganará Pedro Sánchez o Alberto Núñez Feijóo.

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El presidente del Gobierno de coalición progresista, Pedro Sánchez, está confiado, diría que muy seguro (si la gente quiere, dulcifica la afirmación), en que seguirá siendo presidente. Los consumidores de encuestas están sorprendidos de la seguridad de Sánchez, sus intérpretes dicen que es que tiene sus propias encuestas. Es decir, que una misma ciencia proporciona dos resultados diferentes: unos sondeos dicen que gana Alberto Núñez Feijóo –antes Pablo Casado– y otros, que se mantiene Pedro Sánchez.

Será que, según quién las pague, los resultados adolecen de inflación demoscópica, como diría Verónica Fumanal. Lo cierto es que entre todo este marasmo de encuestas, a las buenas, a las malas, a la de Tezanos y a las publicadas –y entre éstas, distinguir según el medio que las pague–, hay que añadir las no publicadas. Un señor muy importante dentro del PP me comentó recientemente que sus encuestas internas –otra categoría– no les dan tan buenos resultados en autonómicas y locales como se publica en su vecindario ideológico. En fin, cosas de una ciencia sin científicos, como la definió Pierre Bourdieu.

Esto de las encuestas es un mundo que no deja de fascinarme. Los críticos las califican de brujería, de meteorología, de performativas. El campo político empezó a cambiar, al menos en Europa, cuando los medios de comunicación, los franceses primero, llegaron a la conclusión de que la elaboración y luego publicación de sondeos era una buena fórmula para atraer lectores y adquirir relevancia. Además, los periodistas se sintieron legitimados porque lo que decían ellos se lo decía antes a ellos el pueblo preguntado, en clara competencia con la exclusividad de los políticos.

Algunos medios y periodistas encuentran en sus datos, concertados o no, la legitimidad para intervenir en el juego político, naturalmente en función de la línea política defendida por el medio o su tráfico de expectativas

Se hace así política sin salir de los despachos, se buscan, proporcionan y surgen datos insólitos o pseudoprimicias directas a la portada. Pero lo más destacable es que algunos medios y periodistas encuentran en sus datos, concertados o no, la legitimidad para intervenir en el juego político, naturalmente en función de la línea política defendida por el medio o su tráfico de expectativas. Los medios, así, se empoderan y se enfrentan al poder o se constituyen en sus brazos mediáticos. A veces, incluso avisan de que tienen una en el cajón y, quizá, la publiquen. Aviso a navegantes. Pero, ¿es esto bueno para la democracia?

En plena batalla madrileña, una de tantas, El País de entonces publicó una encuesta antológica que hizo escuela: la Tomás Gómez. El político madrileño que le dio nombre acabó su carrera política no solo por la encuesta, pero qué bien vino. Le pregunté a un amigo sabio demoscópico y me dijo que técnicamente estaba bien hecha pero que era imposible el nivel de conocimiento utilizado como para que la encuesta fuera algo más de lo que que pretendía. Rubalcaba, antes de su conversión, probó de la misma pócima.

La opinión pública y luego publicada es una ideología profesional que nos propone cosas que la gente habitualmente ni se plantea

Contemplen los ríos de tinta, el clamor publicado, a cuenta de la tilde de solo. Después de trece años, dicen, de habernos desprovisto de tan socorrido cachito de tinta. Cabe concluir que en todos los bares, empresas, cofradías, colas del autobús, del pan, de los calentitos, der Beti, la gente está hablando de que ya podemos poner tilde en solo. La verdad es que la mayoría no sabe ni qué es una tilde, ni leerán apenas un libro en su vida, ni saben que hace trece años tomaron en la RAE esa decisión en conflicto con la actual. Esos señores académicos, de distintos signo y postín, son los mismos que otra vez nos ilustraron con el apasionante debate sobre si se podía decir almóndiga en vez de albóndiga.

Es decir, la opinión pública y luego publicada es una ideología profesional que nos propone cosas que la gente habitualmente ni se plantea. Por cierto, si llevamos más de cinco siglos sin aprender a decir albóndiga, palabra de origen andalusí, a su vez de origen griego, apaga y vámonos.

Un ejemplo reciente. Un medio capitalino afirma sorprendentemente que la mayoría de los españoles empatizan más con Ferrovial que con el Gobierno. Nos proporciona un buen ejemplo: las encuestas exprés. Imaginemos otros tiempos, cuando Alfonso Guerra en uno de sus chascarrillos, luego corregido, dijo que Rodríguez Zapatero era un Bambi –ver diccionario de la RAE–. Una encuesta rápida, si hubiera hecho falta, podría haber dicho que la mayoría de los españoles, un 59% o así, creían que Zapatero era un Bambi. Y tan panchos. Por cierto, la mayoría de los jóvenes, sin encuesta, no creo que sepan ya ni quién es Bambi.

Jacques Fauvet, antaño redactor jefe de Le Monde, se negó a publicar los índices de popularidad y valoración de los políticos –a pesar de que daba lectores, clicks ahora– por ética política: encontraba degradante trasformar la política en una carrera de caballos, dijo.

En fin, que de todas las degradaciones de la política, no es menor la degradación demoscópica, con inflación o deflación, así que los demócratas deberíamos estar atentos.

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