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A ver quién gana el relato

Juan Manuel Moreno en la clausura del 16 congreso del PP andaluz.

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Con el rechazo del proyecto de presupuestos de 2022 empieza la cuenta atrás en Andalucía. Vox le dio al interruptor hace tiempo y acaba de cortar el cuadro de luces. Ahora la fecha de las elecciones dependerá de cómo discurra la batalla del relato, permanentemente examinada por la profusión de barómetros oficiales y sondeos privados, que en algunos casos sirven más para moldear tendencias y entreverar propaganda que para fiarse de ellos. La narrativa del mensaje político va a jugar un papel esencial: disponer de una historia que consiga ser creíble, conectar con el ciudadano y persuadirlo. El Gobierno andaluz contaba con convocar en primavera, cuando le aconsejaban sus asesores, pero una cadena de imponderables se ha cruzado en el camino. Lo único que sigue igual es el extravío de la oposición, toda, que continúa vagando como el holandés errante, aturdida y como en stand by (PSOE), o enfrascada en un laberinto de nombres imposibles de recordar (lo que hay a su izquierda). Sin embargo, quizás el manejo de los arquetipos del malvado y el libertador no sea tan fácil como parecía. La realidad es tozuda: pese al triunfalismo, la sanidad está en niveles ínfimos, la Covid coge nuevos aires, el paro sube, igual que el malestar de los empleados públicos abandonados en la cuneta. También los sindicatos se movilizan.

En el Gobierno de Juan Manuel Moreno Bonilla la llave la tuvo siempre Vox. Aunque no fueron los ultras los que le facilitaron la entrada en San Telmo, eso es cierto, sino el cambio de 180 grados de Juan Marín, quien tras apoyar sólida y devotamente a Susana Díaz varios años, decidió mudar de aliados (estrategia de Albert Rivera mediante) y constituir un ejecutivo de coalición. Los números seguían sin dar: era imprescindible Vox, cuya razón social, como se sabe, está en Madrid, donde se fraguó el acuerdo firmado bajo la mirada marcial de Ortega Smith y la media sonrisa de Teodoro García Egea. Y así se catapultó al dirigente popular, coronado con el sobrenombre de Juanma, al frente de la Junta, después de sacar el peor resultado de su formación (24 diputados menos que Arenas) y sin que las empresas demoscópicas, a las que ahora tanto se encomienda, lo hubieran siquiera sugerido. Este tipo de paradojas son las que hacen emocionante la política. No sirven los cálculos ni las proyecciones de los spin doctors. Una hilera de circunstancias tenues, no decisivas, pero en sintonía, termina por inclinar la balanza. Que se lo digan si no a Mariano Rajoy o a Pedro Sánchez.

Marín se convirtió en uno de esos cadáveres (es una metáfora, aclaro) de los vodeviles negros de Alfonso Paso de Estudio Uno, que los demás personajes intentaban esconder en los armarios y hacerlos revivir sin ninguna eficacia y mucha comicidad

El presidente Moreno conocía que Vox esta vez iba a dejar el barco. Desde marzo está incurso en el cálculo electoral, en tensión y avispado, siguiendo el manual preceptivo de unas elecciones. A saber: rebajas fiscales, exagerar logros y gestas, aumentar el presupuesto en publicidad institucional y cultivar un perfil de hombre templado y cabal, con el coro de los partidarios de ocasión cantando sus alabanzas. Más todavía, después de que a Santiago Abascal le fallase el intento de entrar en el gobierno de Isabel Ayuso y resolviera --de momento-- probar en Andalucía, sobre la que nunca ha tenido otro interés que su uso experimental y como fuente de ingresos. Lo que preocupaba en realidad en San Telmo era cuánto aguantaría Ciudadanos, casi aniquilado en las generales, con un Marín desbocado por el pánico que quiso hacer una crisis de gobierno para ampliar consejerías y colocar a seguidores que le permitieran controlar el partido. Desde entonces, mientras la formación naranja se iba desbaratando sin remedio, Marín se convirtió en unos de esos cadáveres (es una metáfora, aclaro) de los vodeviles negros de Alfonso Paso de Estudio Uno, que los demás personajes intentaban esconder en los armarios y hacerlos revivir sin ninguna eficacia y mucha comicidad. La última escena, la del sofá con Elías Bendodo en el reciente congreso del PP, es todo un homenaje al género: le faltó ponerle un puro en una mano, una copa en la otra y moverle el brazo.

De que la necesidad de conservar al aliado, aunque sea en formol, es crucial, da una idea la envergadura del sapo que se ha tenido que comer el PP con el audio en el que el líder de Ciudadanos explicaba a los suyos, poseído por un cinismo mayúsculo, la pantomima de la negociación de los presupuestos, al tiempo que les animaba a demorar la tramitación de la ley estrella de Moreno Bonilla. Ahí es nada. Los balones fuera han sido múltiples: que si está sacado de contexto, que si así es la política, que si se trataba de una reunión privada, como si Marín hablara con su prima hermana en una tasca y no con su grupo parlamentario en una convocatoria formal en sede institucional. El roto ha sido grande porque estos descaros alimentan el viejo aserto de que el comportamiento de algunos políticos tiene poco que ver con los ideales y valores que dicen defender, y que lo único que les mueve es la dinámica del poder: conseguirlo y mantenerlo. Y porque ha hecho añicos el relato de la mano tendida por Andalucía, se quiera admitir o no. La salida de que todo es culpa del lobo feroz (el ex Cs Fran Hervías) que quiere comerse a la incauta Caperucita ha desviado la atención, en efecto, si bien ha redirigido el cañón de luz hacia la crisis destornillada del PP nacional, por cierto, más federado que nunca, y las malas relaciones con Pablo Casado, que tampoco es que tal espectáculo beneficie a Moreno.

Este miércoles el Gobierno andaluz en el Parlamento quedó como un edificio desvestido tras el paso de un huracán, el de la mayoría de la Cámara (no un "máquina de destrucción", como sostiene el interesado), con su armazón desnudo, sin ropajes ni añadidos. El escenario es complicado. Para el presidente andaluz un exceso de confianza sería letal. La capacidad de las tácticas diseñadas para que siempre tenga presencia positiva e ir ganando las batallas de la opinión pública es limitada. No en todo momento ésta es manejable y propensa a seguir señuelos. La conflictividad social ha tomado una curva ascendente ante la que el silencio de la Junta es una estrategia de corto plazo. Uno de los factores decisivos que impidió a Javier Arenas sentarse en el sillón presidencial, pese a la unanimidad de los sondeos, fue la implicación en aquellas elecciones (2012) de los sindicatos. Así que Moreno ha de vigilar este flanco sin dejar de cortejar a Vox ni dinamitar puentes, por lo que pudiera pasar, que Macarena Olona ya se pasea maquillada con las pinturas de guerra. Demasiado funambulismo. Y luego está el azar y cómo se alineen los astros, que de eso él sabe más que nadie. 

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24 de noviembre de 2021 - 21:37 h

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