Los humanos que se comían a sus muertos: una investigación desmonta en Granada el mito del canibalismo por hambre
El canibalismo ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia por motivos muy diversos. Pero lejos de la imagen de un ser humano prehistórico que recurre a sus semejantes para sobrevivir a la escasez, una investigación con participación de la Universidad de Granada (UGR) apunta a que esta práctica tuvo un significado cultural y social en las comunidades neolíticas del sur de la península ibérica. Los restos encontrados en tres cuevas granadinas revelan que, en determinados momentos, algunas comunidades consumían a sus propios muertos para mantenerlos simbólicamente dentro del grupo.
El estudio, publicado en la revista científica Journal of Archaeological Science, analiza cerca de un millar de restos humanos procedentes de las cuevas de Malalmuerzo, Carigüela y Majolicas. A través de nuevas técnicas de datación y del análisis de las marcas presentes en los huesos, los investigadores han podido establecer una cronología más precisa de estos episodios y comparar las evidencias de los distintos yacimientos.
“Cuando se moría una persona del grupo, se la comían y así seguía formando parte del grupo”, explica Miguel Botella, catedrático emérito de Antropología Física de la UGR y uno de los investigadores que identificaron estos restos hace más de medio siglo. La hipótesis de partida es que el consumo de los fallecidos constituía una forma de mantenerlos vinculados a la comunidad, en lugar de separarlos definitivamente de ella mediante el enterramiento. Las evidencias materiales apuntan en esa dirección. Los restos humanos presentan marcas de corte, fracturas y señales de tratamiento similares a las que aparecen en los huesos de animales consumidos por estas poblaciones. En algunos casos, los huesos fueron hervidos y aparecen mezclados con restos de cabras y ovejas sometidos al mismo proceso. “Sufrieron el mismo tratamiento que los animales que se comieron”, señala Botella.
Uno de los elementos que refuerza esta interpretación es la proporción de hombres, mujeres y niños identificados en los yacimientos, similar a la de una población normal. Si se tratara de episodios de guerra o enfrentamientos entre grupos, los investigadores esperarían encontrar una selección de las víctimas, con una mayor presencia de hombres jóvenes. Sin embargo, los restos apuntan a una composición más amplia. “No se trata de hambre porque no se asocia a un periodo de hambre”, insiste el antropólogo. Las condiciones climáticas del momento tampoco parecen respaldar una situación de escasez extrema. El entorno era más lluvioso que el actual y los yacimientos contienen restos de animales que formaban parte de la alimentación habitual de estas comunidades.
Una práctica con distintos significados
La investigación también permite distinguir episodios con motivaciones diferentes. En algunos casos, los restos presentan evidencias compatibles con muertes violentas, lo que lleva a los investigadores a plantear que pudo existir un consumo de los enemigos tras enfrentamientos. En otros, sin embargo, la composición de los restos apunta a que se trataba de integrantes de la propia comunidad.
“En unos casos se trata posiblemente de conflictos, de conflictos en los que al enemigo se lo comen. Pero en otros, el sustrato básico es ese: es el consumo de la propia gente para que siguieran formando parte de ellos”, explica Botella. Los hallazgos de las tres cuevas granadinas se enmarcan en un fenómeno que también se ha documentado en otros puntos de la península ibérica y de Europa, como Francia e Italia. La investigación permite establecer una cronología de estas prácticas y comparar los distintos contextos, en los que se han identificado episodios separados incluso por más de mil años.
En Carigüela, además, se han encontrado dos cráneos modificados para convertirse en recipientes, conocidos como “cráneos copa”. En Majolicas, algunos restos presentan pigmentación rojiza, posiblemente relacionada con el uso de cinabrio, un mineral asociado a determinadas prácticas simbólicas y funerarias. Estas diferencias refuerzan la idea de que el canibalismo no respondía a una única motivación ni se practicaba de la misma manera en todas las comunidades.
Más allá de la práctica en sí, Botella llama la atención sobre la necesidad de revisar la imagen que tradicionalmente se ha construido de las sociedades prehistóricas. “En el neolítico no podemos hablar de salvajismo o de gentes salvajes, en absoluto”, afirma. Las comunidades de hace unos seis mil años contaban con una tecnología diferente a la actual, pero eso no significa que fueran sociedades carentes de pensamiento complejo. “Tenían su microcosmos, su pensamiento e incluso su religión. Eran una sociedad compleja como nosotros”, sostiene el antropólogo.
El investigador sitúa estos episodios en un momento especialmente relevante de la evolución de las sociedades humanas: el tránsito desde comunidades centradas en la subsistencia hacia otras más complejas, con una estructura social progresivamente estratificada. “Ese momento del neolítico es, digamos, la bisagra que empieza a cambiar las sociedades”, explica. La aparición de nuevas formas de organización, relaciones sociales y estructuras de poder pudo estar acompañada también de transformaciones en las creencias y en la manera de relacionarse con la muerte.
Más de medio siglo después, nuevas respuestas
Los restos de las cuevas granadinas ya habían sido identificados en los años setenta. La investigación actual, sin embargo, ha permitido avanzar en su interpretación gracias a técnicas que entonces no estaban disponibles. La comparación entre los distintos yacimientos y la datación de los materiales han aportado una cronología que hasta ahora no existía. “El trabajo lo que ha hecho ha sido comparar los lugares, comparar las actividades y darle una cronología que no se tenía”, explica Botella.
El estudio forma parte de una línea de investigación más amplia que trata de comprender las motivaciones del canibalismo en distintas sociedades y periodos históricos. El antropólogo recuerda que se han documentado prácticas similares en numerosos lugares del mundo y que su significado ha variado según el contexto: desde situaciones de conflicto hasta ceremonias religiosas o rituales relacionados con los difuntos. La distancia entre aquellas comunidades y las actuales, concluye, es menor de lo que a menudo se piensa. “Una persona del neolítico de hace seis mil años a un humano de ahora poco ha cambiado, poco. Físicamente poco ha cambiado y, desde luego, la nutrición es exactamente la misma”.