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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuenta con 24 institutos o centros de investigación -propios o mixtos con otras instituciones- tres centros nacionales adscritos al organismo (IEO, INIA e IGME) y un centro de divulgación, el Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. En este espacio divulgativo, las opiniones de los/as autores/as son de exclusiva responsabilidad suya.

Bichos endémicos y viajeros: ciegos, científicos y carretera panamericana

Fotografías: Fondo Francisco Reyes, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca, México

Laura Giraudo

EEHA-CSIC —

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“Los ciegos de Tiltepec”. Así se titulaba un artículo del doctor Ramón Pardo publicado en 1927 en el periódico Mercurio de Oaxaca, México. Hablaba de los habitantes de un pueblo, Tiltepec, formado por 44 casas y ubicado en la Sierra de Ixtlán de Juárez del Estado de Oaxaca.

La primera noticia sobre este “pueblo de ciegos” se había difundido dos años antes por otro periódico, El Universal, desatando la curiosidad general y la de los científicos. Varios médicos, primero el Dr. José E. Larumbe, y después el Dr. Max Weihman y el Dr. Pardo, visitaron el pueblo y realizaron estudios sobre sus habitantes. El Dr. Larumbe los describió como “fantasmas” y las palabras del Dr. Pardo fueron aún más duras: además de ciegos, eran “sucios y andrajosos” y estaban “fuera de toda consideración geográfica y lejos de toda participación histórica”.

Se trataba, según Pardo, de un “rincón dantesco”, de donde huía no solo la civilización, sino “la vida”. De hecho, para este médico, la ceguera era tan solo un indicio de una degeneración orgánica general que estaba conduciendo a la degeneración social. Sucios, tristes, indiferentes a la vida y sin conciencia de nada, moviéndose en las tinieblas, aislados en una geografía extrema y accidentada, los vecinos de Tiltepec eran la representación más despiadada de una miseria material que en la época iba junto con la miseria moral. Pero… ¿cuál era la misteriosa enfermedad que azotaba a esa región?

El Dr. Larumbe sospechó, desde el primer momento, de que se tratara de la “oncocercosis”, una enfermedad parasitaria causada por la presencia, bajo la piel, de una filaria (Onchocerca volvulus) que produce tumores y provoca trastornos cutáneos y, en los casos más graves, la ceguera de las personas afectadas. La variante americana de la oncocercosis (hasta entonces solo se conocía en África) había sido descubierta y descrita en 1915 por el guatemalteco Rodolfo Robles Valverde. Justo el año en que se empezó hablar del “pueblo de ciegos”, el 1925, el oaxaqueño Dr. Miguel Bustamante publicó un estudio en el que consideraba que algunos casos descubiertos en Chiapas también podían ser de esa misma enfermedad.

Varios estudios y expediciones científicas, además de las campañas sanitarias, fueron confirmando las sospechas iniciales y aclarando que era la misma enfermedad la que afectaba a los habitantes de algunas zonas de Guatemala y, en México, de los Estados de Chiapas y Oaxaca.

Un curioso relato

Mientras tanto, un curioso relato se fue construyendo alrededor de esta enfermedad. Antes, solo se conocía como una enfermedad africana, así que se empezó a decir que a Guatemala la habían traído “los negros africanos” y de allí se había propagado al territorio mexicano. Además, según varios científicos, solo afectaba a “los indígenas” y no a “los blancos”. A principio de los años 1940 todavía había voces en tal sentido, a pesar de que las evidencias científicas no permitían (ni entonces) afirmar que el vector transmisor (una pequeña mosca del género Simulium) tuviera alguna especial predilección por los indígenas de esas regiones.

Sin embargo, así se enfrentó la enfermedad, como una “enfermedad endémica en regiones indígenas” y como una enfermedad “de los indígenas”. Pero… no todos estos “indígenas enfermos” se consideraban de la misma manera y no todos tuvieron la misma atención. En México, el contraste entre Chiapas y Oaxaca es más que llamativo: la campaña contra la enfermedad trabajaba bien en Chiapas, pero en Oaxaca había muchas complicaciones, no por la evidente falta de recursos y personal o las dificultades de acceso, sino, según lo que afirmaban los propios científicos, por el “difícil carácter de la población indígena”.

No aparecen, en Chiapas, descripciones tan desoladoras como las de Tiltepec, ni esa idea de una degeneración física y moral. No parece casual que el foco de Oaxaca estuviera en una zona aislada y accidentada, mientras que los focos chiapanecos se situaban en zonas de haciendas cafeteras. Como sea, siempre de indígenas se trataba, así que no sorprende que, en 1942, uno de los primeros proyectos del flamante Instituto Indigenista Interamericano (dedicado a la “cuestión indígena”) fuera precisamente sobre la oncocercosis.

Para entonces la enfermedad ya había alcanzado el nivel de “problema interamericano”. Y es que, además de endémicos, los bichos transmisores de la enfermedad eran viajeros. Las migraciones de trabajadores para las fincas cafeteras, de Guatemala a México, fueron señaladas como un peligro. Con la construcción de la carretera panamericana saltaron todas las alarmas: las nuevas vías de comunicaciones podían ser aprovechadas no solo por el comercio y el turismo…y provocar la infestación de zonas mucho más amplias. Se intensificaron las campañas y los experimentos, se usaron tratamientos con diferentes drogas y hasta se intentó extirpar al vector transmisor con el uso del DDT, con resultados bastantes discutibles.

Mientras, seguía la discusión sobre “los enfermos”: a pesar de que, en 1949, se declaró la oncocercosis una enfermedad profesional (de los trabajadores de las fincas cafetaleras), la campaña promovida por el Instituto Nacional Indigenista (INI) seguía considerando a los afectados como indígenas atrasados que se resistían al tratamiento y que había que convencer de las bondades de la medicina moderna. No era tan fácil dejar atrás representaciones tan arraigadas de “los indígenas”.

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