Andrés Marín, Premio Nacional de Danza 2022: “El flamenco es tan grande que lo soporta todo”

Andrés Marín

Alejandro Luque


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“La noticia me pilló haciendo mis cosas de casa. En concreto, desatascando un lavabo”. Con esa naturalidad comenta Andrés Marín (Sevilla, 1969) cómo supo que este año recaía sobre él el premio Nacional de Danza. Un reconocimiento a una larga trayectoria marcada por la búsqueda de nuevos caminos para el flamenco, sin traicionar las enseñanzas que recibió de niño de su padre, su primer maestro. 

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“Uno no se espera nunca que lo llamen para recibir el premio Nacional”, comenta. “Yo sé que he trabajado muchos años, he hecho un esfuerzo para defender una línea determinada y romper muchas fronteras sin dejar de pensar en la raíz del flamenco. Eso no es solo una cosa mía, antes que yo lo hizo Vicente Escudero, Antonio Gades y otros grandes creadores. Pero no pensé que me fuera a tocar, por edad me habían pasado ya otros premios por delante y esta vez me ha tocado”.

Dicho así suena como una carambola de la suerte, pero a su espalda quedan montajes tan atrevidos y sorprendentes como Más allá del tiempo (2002), Asimetrías (2004), El alba del último día (2006), Vanguardia Jonda (2006), El cielo de tu boca (2008), La pasión según se mire (2010), Op.24 (2011), Tuétano (2012), Ad Libitum (2014), Yatra (2015), Carta Blanca (2015), D. Quixote (2017), La Vigilia Perfecta (2020) o Éxtasis Ravel (2021). “En la primera persona en quien pensé fue en mi mujer, quien tenía al lado, la que lleva toda la vida conmigo y la que mejor sabe lo difícil que es esta carrera, porque se come todas las situaciones complicadas. Y por supuesto, en mi padre, que era bailaor y le hubiera gustado saber que me daban este premio”, añade Marín, quien siente que el reconocimiento “cierra un ciclo y me anima a seguir avanzando. Yo sigo en mi sitio, desde abajo, siempre”.

No obstante, el sevillano sabe lo que es hacer la travesía en el desierto: “Siempre ha habido gente que ha apostado por mí, sobre todo por la parte de los creadores. Muchas veces los compañeros de la profesión son los que más te quieren y los que mejor entienden lo que estás haciendo”, confiesa. “Algunos, no todos, porque los que no creen en ti te miran de reojo, y bien está que sea así. Luego, eso mismo que no veían, lo hacen ellos diez años más tarde, eso es así. Pero uno tiene que ser fiel a lo que uno siente, con inteligencia, con sabiduría. Y si tú no sabes de una cosa, te rodeas de gente que sepa más que tú, por supuesto”.

Consciente de que el debate vanguardia sí, vanguardia no, va a seguir dando juego en el flamenco, Marín asevera que "lo desconocido siempre es incómodo, porque produce vértigo

Buenas alianzas, desde luego, ha sabido hacer Marín; a menudo, con gente más o menos ajena a lo jondo, desde artistas visuales a músicos contemporáneos y hasta un danzari vasco: Pilar Albarracín, Blanca Li, Llorenç Barber, Bartabas, Kader Attou, Ensemble Divana, Laurent Berger, Marie-Agnés Gillot, José Miguel Pereñíguez o Jon Maya pespuntean su currículo, a menudo contestado por la afición más conservadora. “Yo no creo que haga nada disonante, hago cosas de nuestra época, de nuestra manera de sentir. Y siempre tengo a los referentes en mi cabeza. Siempre he pensado en un arte abierto, en un flamenco abierto, desde la profundidad, desde la hondura, no desde lo folclórico, con todo mi respeto para el folclore. Pero hay algo popular y facilón que yo he evitado para no perder el poso”.

Consciente de que el debate vanguardia sí, vanguardia no, va a seguir dando juego en el flamenco, Marín asevera que “lo desconocido siempre es incómodo, porque produce vértigo. Sin embargo, yo tengo una frase para esto que dice que el flamenco es tan grande que lo soporta todo. Y lo que no soporte, lo va a escupir. Pero uno no le puede poner puertas al campo, porque de lo contrario, salvando las distancias, no hubieran existido Picasso, Jason Pollock, Bacon, Basquiat, Rothko, Van Gogh… ¿Cuánta gente así no ha sido despreciada en su momento? Creo, además, que corren tiempos hostiles para las cosas desconocidas. Pero insisto, lo que no sirva lo escupirá el flamenco, y lo que sirva, quedará”.

“Lo incuestionable -continúa- es que muchas de esas personas que han sido contestadas últimamente saben muy bien cómo se baila por soleá, por seguiriya y por taranto. Pero hay unos señores que tienen su comidilla y están erre que erre, y de una forma a veces poco honesta, porque van evolucionando conforme les va viniendo bien. El premio que me han dado es un premio de Danza, y deberían estar orgullosos de que este año hayan recaído dos sobre el flamenco, el mío y el de Ana Morales. ¿Por qué tenemos que irnos al extranjero para ser comprendidos?”.

Por otro lado, Marín es consciente de que los teatros europeos están cambiando la manera de entender la danza flamenca a través de sus residencias, coproducciones y programas de colaboración. “Inevitablemente así es. El flamenco tiene que estar a la altura de las propuestas que el público demanda. Y el creador es el que tiene que tener la consecuencia de adentrar el flamenco en las estéticas nuevas, dentro de un orden. Sin perder lo esencial, pero hablar de lo actual. A veces no hay que hacer propuestas sofisticadas que estén a la moda queriendo incorporar cosas que el flamenco en sí ya tiene cuando está bien hecho. Y al mismo tiempo me parece un poco injusto que pongan verde a un bailaor cuando no baila por soléa. Como la cocina, la pintura o la arquitectura, ¿no sirven Serra, Chillida, Oteiza?”.

El premio que me han dado es un premio de Danza, y deberían estar orgullosos de que este año hayan recaído dos sobre el flamenco, el mío y el de Ana Morales. ¿Por qué tenemos que irnos al extranjero para ser comprendidos?

¿Tanto miedo hay a la pérdida de las esencias? “Muchas veces la gente que repite fórmulas no son de veras aficionados”, responde Marín. “Son aficionados del academicismo. Son mecanismos aprendidos de recursos, pero cuando adquieres un discurso y tienes la inquietud de buscar en otros territorios, ampliando e investigando… Yo tengo mucho respeto por los artesanos, pero hay sitio para todos. Al que le gusta la Naturaleza le gusta toda la fauna y la flora. Al que solo le gusta el león, le gusta el león, pero no es un amante de la Naturaleza”.

En lo que a él respecta, desde luego, la búsqueda no se acaba nunca. “Sí, porque al final necesitas abrir tus horizontes, y eso nunca termina. Siempre vas a proponerte cosas de riesgo, para tener nuevas relecturas y aprender a solucionar los problemas. Un creador es un solucionador de sus propios problemas. Crea situaciones problemáticas y trata de resolverlas. Lo que el flamenco no puede ser nunca es una cosa de religión, dogmática, bajo el control de unos cuantos. Porque, ¿quién es el cardenal, quién el Papa? Yo no quisiera serlo, desde luego”, afirma. 

Y el riesgo sigue siendo, según él mismo admite, un compañero de trabajo más. “Siempre he sentido vértigo y he sido muy criticado, sobre todo en mis comienzos. Y siguen sin entenderme, pero no pasa nada, yo hago lo que tengo que hacer. Es que me gusta el riesgo. La crítica no me afecta porque no tengo elección, no sé hacerlo de otra manera”.

Cuando se le pregunta qué trata de transmitir a través de su escuela, una de las más prestigiosas de Sevilla, no duda en responder: “Tengo muy buenos profesores en mi escuela de todas las estéticas, todos son unos profesionales estupendos. Enseñamos el flamenco como un juego, un arte voluble, que se puede manejar como plastilina, pero siempre desde lo básico, desde los conocimientos más profundos: Manuel Torre, Chacón, Vallejo, los Pavón, Escarcena, y eso no se enseña en muchos sitios. Se trata de ir a la raíz y enseñar el flamenco como yo lo aprendí de mi padre, y como mi padre lo aprendió de Enrique, y como Enrique lo aprendió con la Macarrona… Así me gusta a mí el flamenco, con una técnica y unos valores que tú tienes que personalizar. Es un espacio de libertad, con unos códigos, pero sin censura”.

Así se lo enseñaron aquellos a los que reconoce como maestros: “Escudero, Antonio Gades, Farruco, Mario Maya, Manolete, Güito, Canales… Yo me he mirado en todo lo que había. Uno va viendo lo que va saliendo y aprendiendo lo que le interesa. Soy de la generación en la que no había internet, aprendíamos cara a cara. Ahora creo que hay demasiada información. En el baile de mujer Carmen Amaya, Manuela Vargas, Angelita Vargas, Milagros Mengíbar, Ana María Buena, Matilde, Manuela Carrasco; también gente de mi generación como la Yerbabuena… De todo”. Pero también afirma haber aprendido de los clásicos del cine mudo con Charles Chaplin a la cabeza, y de Kazuo Ōno. “De todo lo que te puede iluminar, incluidos los musicales de West Side Story, los bailes de Fred Astaire… Son genios que vas viendo desde chico”.

Marín concluye hablando de Francia, un país al que debe buena parte de su proyección internacional y de su evolución personal y dancística. “La manager que me llevaba era francesa, Daniela Lazary, y es un país que me ha abierto muchas puertas. Pero también le debo a España y a Sevilla, porque yo no sería yo si no hubiera nacido en la calle Feria, si no hubiera paseado por la Alameda y no hubiera ido al Vizcaíno. Eso es lo bonito. Volver a tu casa, estar afuera pero regresar siempre a tu raíz. Así voy a seguir, con mi inquietud y mi curiosidad. Cada cosa llega a su tiempo, y este premio ha venido en el momento justo”.     

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