Juan Carlos Romero, del flamenco a la ópera: “Hoy es difícil encontrar a alguien que no toque bien”

Juan Carlos Romero

Alejandro Luque


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En el intrincado bosque de los trasvases y las fusiones flamencas, el nuevo trabajo de Juan Carlos Romero no es una aportación más. El veterano músico onubense, cuya obra se caracteriza por una enorme exigencia, ha querido subir su propio listón con una propuesta llena de lujos y de riesgos: Arias impuras, un acercamiento de la guitarra jonda a la música de ópera que le ha supuesto no pocos quebraderos de cabeza, pero cuyo resultado –basta oírle hablar– le ha dejado más que satisfecho.

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“Después de Río de rostros, otro proyecto distinto de lo habitual, venía dándole vueltas a un hecho que aparentemente todo el mundo asume, pero en el que se repara muy poco: que el flamenco no es solo una música extraordinaria, sino que puede permitirse abordar cualquier otra música desde sí misma, sin perder su esencia. Hacer que las músicas a las que se acerca sigan siendo reconocibles, pero también la personalidad de quien las interpreta”, comenta.

Pero esta ductilidad también entraña algunos peligros: “Lo difícil es atrapar estas músicas sin invadirlas, y el flamenco siempre ha sido muy invasivo. Donde aparece, anula todo lo que está detrás. Todo suena a él, es tan rotundo que lo acapara todo. Yo he querido concebir una manera de hacerlo que no sea invasiva, pero sí clara respecto a las propias intenciones, y desde luego respetuosa”.

Hándicap y solución

Asistido por las voces de Rocío Márquez y Pasión Vega, “sin las cuales este proyecto no habría sido posible”, Romero aborda La donna è mobile  de Verdi, la Habanera de Bizet, Oh mio babbino caro de Puccini, Aria suite nº3 de Bach, Après un rêve de Gabriel Fauré, Berceuse de Gabriel Fauré, Ave Maria de Franz Schubert, Nuit d’ètoiles de Debussy y la Sarabande de Händel. “No tengo una relación directa con la ópera”, admite Romero. “Me gusta la música clásica como otras muchas músicas, la tengo muy presente. Me gusta meterme en estos jardines con el objeto de aprender. Si además le gusta al público, uno lo agradece, pero lo que te llevas en la saca como músico es la mayor recompensa”.

El principal escollo con que Romero se topó fue que “la ópera trabaja con tiempos lentos y notas largas, y yo tengo un instrumento en el que la nota muere a los tres segundos. Sabía que era un hándicap, pero también que, si encontraba una solución, me enriquecería. Podía haber hecho adagios, valses o sonatas, pero entendí que el reto estaba en las arias”.

Un reto en el que, todo hay que decirlo, al principio solo creía Juan Carlos Romero. “Lo contaba y a todo el mundo le parecía bien, pero preguntaban: ¿Y esto cómo se lleva a la práctica?”, recuerda. “Hasta el director de la orquesta, Manuel Alejandro, me decía que no lograba hacerse una idea de lo que le estaba contando. El quiz de la cuestión era que no quería dejar de ser flamenco para interpretar otra música. No quería camuflarme. Lo único que podía hacer era meterme en el estudio y grabar al menos tres arias, porque ni siquiera yo estaba del todo seguro”.   

Empezó por Bach. Lo grabó junto al veterano productor Jesús Bola, buen conocedor del flamenco y de la música clásica. Y funcionó. “Comprobé que sonaba bien, que estaba bien. Tenía el recorrido y el carácter con que yo teorizaba. Grabé otras dos, pero ya iba sobre seguro”, asegura Romero.

En casa ajena

Y una vez culminado el proyecto, la gente de la música clásica a la que el onubense pidió opinión mostraron una unánime mezcla de sorpresa y aprobación: “Si en ese momento llegan a decirme otra cosa, no sé qué habría hecho”, sonríe. “Seguramente habría seguido adelante, porque ya estaba empeñado en prestar un servicio al flamenco por esta vía. He entendido que el flamenco no es solo una música, es un lenguaje. Un lenguaje que ha conseguido labrar unos recursos y unas maneras increíbles, que hoy solo tiene la guitarra flamenca. Una música popular que parte de lo más elemental para llegar muy lejos a través de la intuición”.     

Volviendo sobre el tema de las fusiones jondas, Romero no elude la autocrítica: “Creo que se ha sido poco consciente, porque para llamar a algo fusión tienes la obligación de conocer lo tuyo y lo del otro de manera, como mínimo, solvente”, dice. “Hay que tener la humildad de considerar que con tu argumento musical no te puedes meter en casa ajena con dos patadas en la puerta. En el flamenco hemos pecado un poco de ombliguistas: nosotros hacíamos lo que quisiéramos, pero que a otro no se le ocurra meterse en una soleá, porque lo ponemos de vuelta y media. Te autorizas a ti mismo para todo, pero al otro, ¡cuidadito! No le preguntamos a la otra parte, damos por sentado que va a aceptar. Y más de una no les ha parecido nada bien que nos metamos en su terreno”.       

Con todo, a la hora de analizar el panorama actual, celebra que “hoy es difícil encontrar a alguien que no toque bien. Es más difícil encontrar a gente que componga bien, con sentido, pero así ha sido siempre. En el flamenco no está bien visto quien solo es intérprete, a un músico se le exige su propio repertorio. Algo que no pasa en otras músicas: hay quien ha vivido de interpretar a Beethoven gozando de la mayor consideración. Con nosotros no sucede, alguien que tocara el repertorio de Paco sería tachado de copista. Eso obliga a todo el mundo a ser creativo, pero no se es creativo por obligación, sino por inclinación y capacidad. Y luego tenemos techos muy altos: después de Paco y de Manolo Sanlúcar todo parece menor, pero ¿quién mejora la Alhambra?”.

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