Granada, 1922: la idea de Lorca y Falla que cambió la forma de entender el flamenco

Caricatura del concurso de hace un siglo

Alejandro Luque


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Fueron solo dos días, pero marcaron un ante y un después para el flamenco. El 13 y el 14 de junio de 1922, coincidiendo con el Corpus Christi, la plaza de los Aljibes de Granada acogió el primer Concurso de Cante Jondo, una iniciativa de Manuel de Falla, Federico García Lorca y otros destacados intelectuales muy bien acogida por el Ayuntamiento granadino, que aportó 12.000 pesetas para su celebración. El ganador fue un cantaor casi olvidado, Diego Bermúdez El Tenazas, ex aequo con un niño que daría mucho que hablar andando el tiempo: Manolo Caracol. Sin embargo, 100 años después aquel hito sigue siendo objeto de estudio y hasta de controversia, sobre todo porque marcó el rumbo de este arte hasta nuestros días.

Uno de los expertos que ha venido estudiando el fenómeno ha sido el profesor granadino José Javier León, que en su libro Burlas y veras del 22 (Athenaica) recoge varios textos sobre el mismo y analiza el concurso desde su propio rubro, palabra por palabra: “Primer, porque el hecho de que sea pionero no es baladí, y menos aún siendo publicitado con alaracas; Concurso, es decir, algo organizado con una idea clara de competencia, que remite al capitalismo más claro; de Cante, es decir, que deja significativamente fuera el baile y la guitarra; Jondo, marcando su carácter defensor de la pureza; y de Granada, respondiendo a la idea de Falla del origen andaluz de esta música”.

Revelador desde el principio, el certamen sigue suscitando interés a un siglo de su celebración, así como los abundantes artículos que se escribieron en torno a él. Muchos de ellos los recogen Samuel Llano y Carlos García Simón en Contra el flamenco (Corrientes), firmados por el propio Falla, Edgar Neville, Manuel Chaves Nogales, Santiago Rusiñol, Antonio Chacón, Gómez de la Serna, Ignacio Zuloga –que diseñó la escenografía del concurso– y muchos otros.

Ansiedades culturales

“Hay que ser cautos y evitar hacer juicios categóricos sobre eventos históricos”, asevera Llano. “En este caso es mejor mirar de forma ambivalente: el Concurso trajo cosas muy positivas y otras menos, incluso negativas. Pero fijó la conciencia sobre el valor estético del flamenco, su aceptación por parte de la llamada alta cultura, y atrajo la atención de las vanguardias internacionales, así como de los intelectuales andaluces y españoles”.

Para este historiador de la Universidad de Manchester, “el Concurso de 1922 es una respuesta concreta a una serie de ansiedades culturales provocadas por la modernización”. Así, pone el foco en el hecho de que estuviera restringido a aficionados, ya que “la profesionalización del flamenco traía el peligro de que este arte dejara de ser una expresión íntima, doméstica, y se empezara a desarrollar en él el virtuosismo vocal, incorporando adornos para impresionar al público, o admitiendo nuevos palos. Desde el siglo XVIII en Europa existía esta idea de que el folclore debía mantenerse puro, y Falla participa sin duda de ese discurso que ve las novedades como una corrupción estética”.

Por su parte, José Javier León se interesa sobre todo por “los textos de naturaleza humorística que produjo el concurso. Es curioso que una pluma como la de Gómez de la Serna, que escribe en El Liberal contratado por Falla, o Galerín, coinciden en sus opiniones a través del humor, y nos hay momentos en que no se sabe si se está riendo de los organizadores o los está apoyando. Me encanta una anécdota de Ramón, en la que cuenta que dos aficionados están oyendo a un cantaor, cuando uno saca una pistola y le pregunta al otro: ¿Lo mato ya? O cuando afirma que el jurado daba la copa graduada con la que calculan cuánto vino necesita cada concursante para inspirarse”.   

Ficción y realidad

León coincide en todo caso con “la necesidad de mantener una línea crítica respecto al Concurso. Los investigadores han caído con mucha facilidad de rodillas ante Falla o Lorca, pero no pasa nada por criticarlos. Además, en el caso de Lorca hay que pensar que en el 22 tiene 24 años, mientras que en el 33, cuando escribe Juego y teoría del duende, tiene 35. Cuando discutimos sobre si sabe o no sabe, ¿de qué Lorca estamos hablando? Su trayectoria cambia, evoluciona por la influencia de Sánchez Mejías y de La Argentinita. Son dos épocas distintas y dos miradas distintas”.  

Aquellos dos días de junio han saltado incluso al ámbito de la novela, como demostró el sevillano Fernando Otero con La suite jonda (Algaida). “La mejor de las ficciones la hallamos en la realidad. ¿O no es novelesco imaginar a un anciano septuagenario caminando desde Puente Genil a Granada para participar en un concurso de Cante Jondo? ¿O rememorar a Ramón Montoya, la Niña de los Peines y Manuel Torres subidos en un escenario una noche de Corpus en mitad de la Alhambra? Cada carta leída del epistolario de Falla o cada texto de los periódicos de aquella Granada eran semillas que alimentaban una novela sobre aquellos días. En ese lugar indefinido de la mente donde se funden ficción y realidad nació mi novela”.

Para el novelista, “el pathos de nuestro arte se entiende mejor” después del Concurso. “El motivo de la celebración fue salvar el Cante Jondo de las mixtificaciones. Ponerlo a buen recaudo de los cantes de ida y vuelta, de otras músicas o de la peligrosa capacidad creadora de los artistas. De ahí que su búsqueda de artistas no profesionales por toda Andalucía tuviera un objetivo: encontrar el documento primitivo del cante. Por esa razón, cuando hoy se habla de pureza y ortodoxia, es más fácil comprender esos términos con una mirada al sentir de hace cien años”.

Pureza vs Corrupción

Pero también tiene sus sombras la histórica cita. Para Llanos, lo peor fue “el discurso un tanto elitista” de sus promotores, así como “el desarrollo de un discurso canónico que señala los palos que Falla define como ‘primitivos’, como la seguiriya o la soleá, frente a otros cantes, como los de ida y vuelta, que interpretaba como un síntoma de corrupción. Eso ha generado una división entre los aficionados que todavía perdura hoy día, por más que muchos disfrutemos incluso de las fusiones de lo jondo con el jazz o el rock”.  

Para León, el término Jondo “sirve a Falla para definir qué es lo puro, lo connotado, y distinguirlo de los espúreo. Luego, por suerte, el flamenco ha hecho lo que le ha dado la gana”.  Otero señala en cambio que “eso que se dio en llamar 'despotismo ilustrado cantejondista', Falla, Lorca, Zuloaga, Barrios o Fernando de los Ríos tienen toda nuestra admiración y respeto. Probablemente fue la primera vez que las élites culturales y musicales se acercaban a una música lumpen como el flamenco. A pesar de esa actitud purista, de ese acercamiento emanaba respeto y admiración a sabiendas que arriesgaban su prestigio en su cruzada jondista. Fue el caso de Falla, muy criticado, o Zuloaga, que financió de su bolsillo uno de los premios”.

Por ello, para este novelista e investigador “el Concurso es un valioso tesoro que lega no sólo la historia del flamenco sino un trozo de la historia de Andalucía. Sin el evento de 1922 El Tenazas o Carmen Salinas serían uno de tantos flamencos anónimos en las tinieblas del tiempo”.

José Javier León hace ver también que solo un año después del certamen granadino, Huelva celebró su propio concurso, al que le seguirían otros en Cádiz o Madrid. “Desató una verdadera concursitis”, subraya. “Lo interesante es que en Huelva sí participaron profesionales. Apenas un año después de Granada, ya cogían lo que le interesaba del concurso. Lo mejor es que se produjo lo que llamo la fertilidad del error: pretendían fijar una forma de flamenco e impedir que pasara al gran formato, pero sin quererlo abrieron una dimensión mucho más interesante para el flamenco”.

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